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6 diciembre 2022
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Nadie es la patria, pero todos lo somos

Por Eduardo Gallo Llorente, Eduardo Gallo Llorente, gallollorente@gmail.com
Por Eduardo Gallo Llorente
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Que tarea difícil, podría decir, desde mi punto de vista, casi una misión imposible. Defender lo indefendible, justificar lo injustificable; a los soberbios, los corruptos, los prepotentes y engreídos que se creen próceres salvadores de la patria. No les envidio la tarea a los militantes, tener que soportar como aliados o jefes a los Moreno, Bonafini, De Vido y Cristina que se sienten que están por encima del resto de los mortales. Algunos creen, como la Sra. de Bonafini, que la justicia no puede citarlos y si  llegan a presentarse se amparan en el derecho a no declarar.
El ciudadano honesto, que no tiene nada que esconder no le teme a la justicia, no teme presentarse ante ella y dar todas las explicaciones necesarias.  Tampoco aceptan presentarse en el Congreso como  hizo el ex ministro De Vido, esta semana en una señal de desprecio a la democracia y a las instituciones. Ellos nos miran de arriba  y muchas veces son muy prepotentes, como Moreno, o groseros y mal educados, como  D´Elia y Bonafini. Recuerdo ahora una frase de Cristina que la muestra de cuerpo entero “ hay que temerle a Dios y un poquito a mi también.” Si esto no es soberbia que lo es.
Fueron 12 años de la famosa década ganada, que de ganada no tuvo nada en muchos aspectos: perdimos el superávit energético y comercial, se perdieron diez millones de cabezas de ganado y estuvimos a un paso de tener que importar trigo. En el país del trigo y las vacas, si seguían ellos en el poder,  ambas producciones se iban a reducir drásticamente.  Nos querían hacer creer que no había pobres, inflación e inseguridad, que vivíamos en el mejor de los mundos, era el paraíso en la tierra, mientras tanto se robaban todo con miles de maniobras que han quedado últimamente al descubierto. Dejaron todo muy “maneado” y desarreglado, como el tema de las tarifas de los servicios públicos que ni la Corte sabe como solucionarlo. Ahora que no están más en el poder y que supuestamente están en el llano no se acostumbran a perder los privilegios con que contaron, extrañan no poder pisar  las alfombras rojas y no poder viajar en helicóptero, no tener un ejercito  de aplaudidores y a los que no pensábamos o pensamos como ellos, nos consideran enemigos, oligarcas y que nos creíamos y nos creemos las mentiras de Clarín. Esas pueden ser, pero las que no me creí nunca fueron las de Moreno y Cristina, les respondo.
Para todos ellos, héroes de pacotilla y militantes obsecuentes, que llenaron la Patria de cosas bautizadas o rebautizadas Néstor Kirchner, les recuerdo una poesía del gran maestro Jorge Luis Borges escrita en 1966:
ODA A LA PATRIA
Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

Esta última parte resaltada, se encuentra en el frente principal del edificio del Centro Cultural Néstor Kirchner, de la Ciudad de Buenos Aires. Ignoro quien la hizo poner, pero supongo que no fue el anterior gobierno.

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