4 julio 2022

Un carrera con el tren

Un texto del doctor Santiago Meli (*).

Habían pasado las dos de la tarde, y sobre la ciudad caía una llovizna fina. Antes de la hora de mi consultorio, fui al Museo para recoger algunos datos históricos. Al abrir la puerta de la clásica y antigua casa, encontré en el hall central un caballo embalsamado.
Me llamó la atención. Me detuve a mirarlo: Era un caballito criollo de cogote corto, de cabeza chica, mostraba un pelaje colorado claro que reflejaba el paso del tiempo.
El encargado del área, se acercó para decirme, que ese caballo tenía una historia pueblerina: le había ganado una carrera al tren…
En ese instante entraron a desfilar los recuerdos… Habían pasado unos pocos minutos y estaba seguro de que ese era “El Pingo” de Celestino. Aquella historia que me había contado Cayetano, un viejo empleado ferroviario, que una noche de invierno de 1960, llegó a la Guardia del Hospital, para ser internado con diagnóstico de mal de los rastrojos.
Necesitaba mucha ayuda para subir los cuatro escalos de la entrada, tenía la cara abotagada, temblor fino en sus manos y las conjuntivas inyectadas. Vestían un viejo equipo ferroviario, que por tanto sol y tiempo había dejado de ser azul. Cursaba el período de la enfermedad con cifras muy bajas de glóbulos blancos y plaquetas y células redonda en el sedimento urinario.
En ese entonces ero yo un médico muy joven, que tenía la pesada responsabilidad de ser jefe del pabellón de estudio y tratamiento de la virosis hemorrágica, en el Hospital “Julio de Vedia” de 9 de Julio, al que le llegaban enfermos de toda la zona, muchos de ellos en estado de extrema gravedad. Era una enfermedad casi desconocida, con un alto índice de mortalidad. La población vivía un estado de angustia y los medios habían alertado tanto que la gente por temor al contagio, ya no se acercaba a nuestros campos.
Cayetano había cursado una de las formas clínicas más graves, pero, pasado el período crítico, comenzó de a poco a liberar su personalidad, entreteniendo a los demás enfermos, con sus cuentos y sus dichos, utilizando un lenguaje tirando a cocoliche que lo hacía muy simpático.

Recuerdo que me decía: “Dottore, no se si usted me salvó, pero cuando estaba mal, abría este ojito y lo veía acá; al rato abría este otro ojito y lo veía de este otro lado…”. Decía la verdad, nos pasábamos muchas horas en aquella sala doce, muy cerca de los enfermos. En esa época no teníamos salas de cuidados intensivos…
Una mañana, recordando cosas de su vida de ferroviario, me contó la historia de un caballo que le había ganado la carrera al tren, y de un tal Celestino que compró el billete premiado.
El cuento de Cayetano me conmovió, no se si por su contenido, o tal vez porque yo fui un niño de campo…
El encargado del Museo estaba a mi lado y me hablaba. No lo podía escuchar, estaba volando con mis recuerdos, miraba los libros pero no los leía, seguía pensando mientras la llovizna esmerilaba los vidrios de la ventana que daba al patio.
El encargado me volvió a insistir.
Le dije que conocía la historia del caballo.
Luego me pidió que se la contara y, recordando el relato de Cayetano, empecé a imaginarme todo aquello, a fines de la década de 1920, cuando nuestros pueblos mantenían la simplicidad y el encanto que le daban sus pobladores, con una aferrada cultura del trabajo. Uno de esos pueblos era 9 de Julio, que ya contaba con un buen trazado urbanístico; con sus plazas y su parque. Comenzaba una moderna iluminación y sus calles esperaban la carga de cemento y piedra que le darían el aspecto de ciudad.
La estación del ferrocarril era un lugar muy atractivo, donde la gente tenía por costumbre realizar paseos y ver el paso del tren. El edificio tenía una fachada que siempre se repetía, manteniendo un estilo inglés que sólo lo interrumpía el colorido de malvones y geranios que colgaban de las ventanas.
Los caminos del patio interior, de trazado prolijo, tenían el color negro de la carbonilla. En el corredor, la campana ya lucía la pátina del tiempo. La gente hacía largas tertulias a la espera del tren, no faltaban los curiosos, tampoco las muchachitas del pueblo, tal vez escondiendo una emoción, como decía aquella letra de tango: “Albricias muchacha, ha llegado el tres; gente forastera se ve en el andén”.
Ese día llegó Celestino, acompañado de su amigo Pedro, con su sulky “araña” y su caballo. Era un veinteañero muchacho de campo con alguna experiencia pueblerina, prolijo en el vestir, de muy buenos modales, de tez blanca, escasa barba.
Debía ser hombre de muy buena memoria para los números por todo lo que aconteció después…
El guarda del tren era un informante de la Lotería Nacional. Celestino oyó el número premiado y rápidamente recordó que ese era el de un billete que le habían ofrecido el día anterior de French (un pequeño pueblo distante 17 kilómetros) y que no lo quiso comprar.
– “Vamos Pedre que tenemos que llegar a French antes que el tren”.
– “¿Cómo, en sulky?, estás loco Celestino”.
Pero él confiaba en su pingo.
Ya estaba sobre el sulky….
Del tren bajaban bultos, baúles, de los inmigrantes que venían a trabajar nuestra tierra. Se escuchó la campana, el tren comenzó su rezongo lerdo, la caldera funcionaba a pleno, el humo envolvió a la estación; el viento del Este encaminó esa nuve de vapor y carbón en dirección al sulky de Celestino, que había sacado ventaja. El tren aumentó la velocidad, y el trote se hizo galope… Caballito criollo del galope corto, del aliento largo y de instinto fiel, parecía oírse la voz del poeta…
Después… el pingo ganó la carrera.
Celestino compró el billete premiado, pero al salir de la casa de ventas, encontró a su caballo muerto.
Había dado hasta su último aliento para complacer a su dueño… Esa fue su última carrera.
Se quedó un largo rato con la cabeza gacha, apoyado sobre una de las ruedas del sulky, no se supo cuanto lloró. Estaba como loco, no sabía que hacer…
Al poco tiempo lo mandó a embalsamar y hoy, “El Pingo”, se encuentra en el Museo Histórico de la Ciudad de 9 de Julio.
Los niños de los colegios, al visitar el Museo, lo ven solo con muchos años sobre su lomo acartonado, con arneses claveteados en bronce, como para lucirlos en un desfile…
Cayetano, después del alta hospitalaria, vivió algunos años más. Dicen que en el boliche, tras algunas copas de caña Legui, volvía a repetir este cuento. Lástima no tenerlo hoy, fue una figura pintoresca con algo de picardía y que perteneció a un tiempo casi olvidado. Tal vez fue el último testigo de la hazaña de aquel noble caballito criollo (**).

(*) Conocido y destacado médico y autor nuevejuliense. Nacido en 9 de Julio el 1º de enero de 1932 y fallecido el 21 de diciembre de 2007.

(**) Fruto de esta historia es un cortometraje dirigido por Javier Ponce Cancino y realizada por alumnos del taller de dirección de cine a cargo del mismo y que fuera premiado en el 1º Festival Audiovisual «150 Años, mi ciudad, mi identidad». El corto, titulado «Pingo» fue rodado los días 17, 18 y 19 de agosto de 2013, con varias semanas de post producción, y se estreno el 8 de septiembre del mimo año con muy buena repercusión. El corto se encuentra disponible en la web. Duración: 20’29».

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