19 enero 2020

9 de Julio en la lucha contra la fiebre hemorrágica

Historias y curiosidades

Por Héctor José Iaconis
A comienzos de la década de 1960 se produce el recrudecimiento de la denominada epidemia de la virosis hemorrágica Argentina (1). También llamada “mal de los rastrojos”, se trataba de una enfermedad infecciosa endemoepidémica, producida por el denominado “virus Junín”. Al respecto, cabe recordar que se lo denominó así (“virus Junín”) en razón de que fue descubierto, en 1958, a partir de análisis en sangre realizados a personas residentes en la localidad de Junín, provincia de Buenos Aires, por el doctor Julio Barrera Oro, del Instituto Nacional de Microbiología de Buenos Aires.
Las manifestaciones clínicas de esta enfermedad se caracterizaban por un síndrome febril, diátesis hemorrágica, leucoplaquetopenia y compromiso variable del sistema nervioso central(2).
El agente etiológico, perteneciente al género de los “arenavirus”(3), era excretado por roedores que transmitían el virus al hombre. La presencia de los mismos se daba en las extensiones donde existían cultivos, por lo cual los afectados eran habitantes de la zona rural.
En 9 de Julio, esta enfermedad, tiene un precedente más remoto, que describe Graciela Agnese, en un artículo publicado en la “Revista de Historia & Humanidades Médicas”. Según esta autora, “los primeros registros datan de 1943, cuando pobladores de los alrededores de Nueve de Julio, pequeña localidad en el Noroeste bonaerense, experimentaron síntomas de una gripe con fiebre muy alta que evolucionó con un 60% de mortalidad, según los registros efectuados en el Hospital Julio de Vedia de la mencionada población”.
“Los lugareños -prosigue Agnese- denominaron a esta extraña dolencia simplemente como “la fiebre”. La nueva virosis fue descripta científicamente por el doctor Rodolfo Arribálzaga, de Bragado, en 1955 y, reconocida como un problema sanitario de importancia por parte de las autoridades nacionales y provinciales en 1958…”(4).
En efecto, el foco endemo-epidémico apareció en Bragado, luego se expandió hacia vecinas ciudades como Alberti, propagándose luego a 9 de Julio, Junín, Chacabuco y O’Higgins ya hacia 1958.

ESTUDIO Y TRATAMIENTO
En 1961, 9 de Julio, se había convertido en un lugar de referencia en el estudio de la fiebre hemorrágica argentina de referencia. Entonces, los principales trabajos científicos fueron realizaron por profesionales del Hospital “Julio de Vedia” y del Clínica Independencia, encabezado por el doctor Santiago Meli, jefe del Pabellón de Estudio y Tratamiento del Mal de los Rastrojos del Hospital.
A partir de un fichero con tarjetas elaboradas por el Instituto Bacteriológico “Manuel Malbrán”, se llevaba un registro pormenorizado de las dosis de vacunación aplicadas a los pacientes afectados. Este fichero fue elaborado a partir de pacientes vacunados tanto en el Hospital local como en la Clínica. En la actualidad, ese invalorable documento histórico se conserva en el Centro Cultural, Museo y Archivo Histórico local.
Los doctores Ignacio Pirosky (director del Instituto de Microbiología de Buenos Aires) y Ernesto A. Molinelli, crearon esta vacuna a virus vivos inactivados, obteniéndola del macerado del cerebro de ratas lactantes de pocas horas, infectadas con el virus humano(5). Esta fue elaborada en su mayor parte en el Hospital de 9 de Julio y sometida a estudios experimentales tanto en esta ciudad como en otros centros urbanos de la región.
Con la precipitación del gobierno de Arturo Fron- dizi, en marzo de 1962, y la renuncia del ministro de Asistencia Social y Salud Pública, Héctor Noblía, que apoyaban el proyecto, aún cuando estaba comprobado que la vacuna era inocua para el receptor y otorgaba cierto grado de inmunidad, las nuevas autoridades impidieron se prosiguiera con la investigación. El doctor Daniel J. Goldstein hace referencia a la persecución hacia el equipo de Pirosky en su libro Biotecnología, universidad y política ( México, Siglo XXI Editores, 1989, pág. 180).
Entre 1963 y 1964 se registraron los picos más altos(6) de caso de fiebre hemorrágica. A tal punto que, en poco tiempo, los centro de internación con que contaba la ciudad y el Partido de 9 de Julio, quedaron desbordados en su capacidad por la excesiva cantidad de enfermos.
Para entonces recibían pacientes para internación, además del Hospital, otros tres efectores privados: Sanatorio “Nueve de Julio”, Clínica Independencia y Clinica Oeste.
En una entrevista mantenida en 2007, el doctor Santiago Meli, recordaba que, “Clínica Independencia recibió pacientes de distintas zonas, para su tratamiento”.
“En ese momento -decía Meli- encontramos algo muy importante: seres solidarios. En esa circunstancia, todo con el hombro, los acompañantes de los pacientes, quienes colaboraban activamente con el personal; sentíamos, a cada paso, en cada paciente crítico, que no estábamos solos».
Como en su mayoría los pacientes internados vivían en la zona rural, muchos debían permanecer internados y sus familiares permanecían también. Con el recrudecimiento de la enfermedad, algunos centros debieron, incluso, colocar camas en las dependencias donde funcionaban los consultorios externos.
«A nuestro Hospital llegaban enfernos en estadio crítico, de distintos puntos de la Provincia. Eso hizo que se fuera adquiriendo mucha experiencia en el tratamiento, siendo la primera institución que presentó al mundo médico un trabajo sobre la Fisiopatología de esta enfermedad», referia el doctor Meli.
Por otra parte, fruto de la experiencia en el tratamiento de pacientes con fiebre hemorrágica Argentina, los médicos que conformaban el plantel de Clínica Independencia, elaboraron un pormenorizado informe basado en el estudio de ciento veinte pacientes internados.
Para entonces llegaban pacientes provenientes de ciudades lejanas, hasta hubo casos de gente que provenía de Necochea afectadas por la virosis. De acuerdo a lo explicado por el doctor Meli, “el trabajo realizado por la Clínica fue inédito hasta ese momento, puesto que se determinaron variables relacionadas con la afluencia de los pacientes, la época del año, las condiciones climáticas, las fases de la luna, entre otros aspectos”.

NOTAS
(1) Acerca de los primeros aportes científicos realizados sobre esta enfermedad, existen una completa bibliografía en un estudio publicado por la Cátedra de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, conjuntamente con el Laboratorio de Patología del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas de Buenos Aires: B. Elsner et. al., “Estudio de la disección experimental del cobayo con virus Junín”, en Revista “Medicina”, órgano de la Sociedad Argentina de Investigación Clínica, Buenos Aires, año XXXIV, nº 1, enero-febrero de 1974, pág. 205s.
(2) MARTA NEGRONI, Microbiología estomatológica. Fundamentos y guía práctica, 2ª edición, Buenos Aires, Editorial Médica Panamericana, 2009, pág. 455.
(3) Una definición sucinta sobre este tipo de virus hay en Diccionario Mosby Pocket de Medicina, Enfermería y ciencias de la salud, 4ª edic., Madrid, Elsevier, 2004, pág. 122.
(4) Graciela Agnese, “’Una rara enfermedad alarma a la modesta población de O’Higgins’. Análisis del discurso de la prensa escrita sobre la epidemia de Fiebre Hemorrágica Argentina de 1958″, en «Revista de Historia & Humanidades Médicas», vol. 3 nº 1, julio 2007, disponible en https://es.slideshare.net/niedfeld/articulo-fiebre-hemorragica-argentina-de-1958.
(5) Véase el testimonio del doctor Meli, del 27 de diciembre de 2004, que se conserva en la sala de Medicina del Archivo y Museo Histórico “General Julio de Vedia” de 9 de Julio). Sobre el equipo de Pirosky y Molinelli hay referencia en Graciela Agnese, «El Doctor Rodolfo Arribálzaga, un médico rural entre investigadores y peones», en ADRIANA ALVAREZ-ADRIAN CARBONETTI (ed.), Saberes y prácticas médicas en la Argentina. Un recorrido por historia de vida, Mar del Plata, Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, 2008, pág. 292.
(6) Véase el cuadro con la distribución anual del total de casos notificados con su diagnóstico clínico, publicado en “Boletín Epidemiológico”, órgano de la Organización Panamericana de la Salud, Washington, vol. 3, nº 2, 1982, pág. 2.

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