Por Héctor José Iaconis

Hoy nos ocuparemos de tres interesantes fotografías tomadas entre finales de la década de 1920 y comienzos de la de 1930 en la avenida General Vedia, entre la calle La Rioja y la avenida Bartolomé Mitre. Estas imágenes ofrecen un documento visual de valor excepcional. La ciudad aparece, en el conjunto, en plena transformación, oscilando entre la modernidad que recién comenzaba a instalarse y la rusticidad que todavía no había terminado de retirarse.



EL SOPORTE FOTOGRÁFICO COMO FUENTE HISTÓRICA
Si bien lo hemos sostenido en otras notas publicadas aquí con antelación, conviene recordar que antes de leer el contenido de una fotografía, es dable examinar la fotografía en sí misma, porque el modo en que fue tomada dice tanto como lo que muestra. Las tres imágenes aquí analizadas responden a convenciones técnicas propias de su época. Las dos vistas generales de la avenida, una en blanco y negro de alto contraste, otra en tono sepia con inscripción tipográfica, fueron capturadas con cámaras de gran formato montadas sobre trípode. Esto explica la profundidad de campo extensa y la nitidez uniforme desde el primer plano hasta el horizonte. La tercera fotografía, dedicada en exclusiva al frente del «Richmond Hotel», exhibe una composición más deliberada, con encuadre frontal levemente oblicuo que enfatiza la perspectiva del edificio y la longitud de la manzana.
La imagen sepia con la leyenda original errónea de «AVENIDA GENERAL MITRE – 9 DE JULIO» es, desde luego, una postal comercial, en la que puede apreciarse un formato apaisado, el texto impreso en la parte superior y una composición calculada para ser reproducida en serie.
LA VÍA DECAUVILLE Y LA LÓGICA DE UNA OBRA COLOSAL
La fotografía más temprana del conjunto no muestra simplemente la avenida antes de pavimentarse. Los rieles visibles sobre la calzada de tierra no pertenecen a una vía férrea temporaria de trocha reducida, del tipo conocido como Decauville, de uso corriente en obras de infraestructura de la época. La misma fue tendida expresamente para el transporte de los materiales de construcción. A partir de 1927, una pequeña locomotora tiraba vagones de carga desde la estación del Ferrocarril del Oeste hasta el frente activo de la obra, recorriendo la extensión de la avenida Vedia hacia el centro de la ciudad.
Este dato transforma la lectura de la imagen. Lo que a primera vista podría parecer una calle ordinaria en su estado previo a la modernización es, en realidad, el registro visual de un proceso activo: el de una ciudad que se está rehaciendo a sí misma.
La vía Decauville es, en ese sentido, el símbolo más elocuente de la obra. Efímera por naturaleza, ya que sería desmontada al término de los trabajos, resultaba imprescindible para llevar hasta cada calle o tramo a pavimentar el hormigón, los áridos y los materiales de encofrado que la nueva calzada demandaba.
El sistema elegido para el transporte de materiales no era improvisado. Las vías de trocha reducida con locomotoras livianas constituían, en la Argentina de entreguerras, la solución logística más eficiente para obras lineales de cierta extensión, especialmente cuando el camión, vehículo todavía incipiente como herramienta de carga pesada, no ofrecía la capacidad ni la regularidad necesarias. La conexión directa con la estación del Ferrocarril del Oeste permitía, además, recibir materiales transportados por tren desde Buenos Aires u otras plazas, integrando la obra local a la red de abastecimiento nacional.
La presencia de esta infraestructura temporaria en la fotografía permite estimar con mayor precisión la datación de la imagen. Dado que la vía fue tendida a partir de 1927 y que el asfalto aparece ya concluido en las fotografías posteriores, la toma sin pavimento debe ubicarse entre 1927 y, presumiblemente, 1929 o 1930, período en que los trabajos habrían estado en plena ejecución. Los automóviles visibles en la imagen son coherentes con esa cronología.
EL ASFALTO Y LA RECONFIGURACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO
La diferencia entre la fotografía de la obra en curso y las dos restantes no es meramente estética: es, en términos urbanísticos, una transformación profunda. La incorporación del asfalto de hormigón a la avenida Vedia implicó no solo un cambio en la superficie de rodamiento, sino una rejerarquización del espacio urbano. La calzada asfaltada delimitó con mayor precisión los ámbitos del peatón y del vehículo, introdujo una lógica de ordenamiento del tránsito y dotó a la avenida de una imagen de ciudad moderna que las autoridades municipales de la época consideraban indispensable.
En las fotografías se observan además luminarias de fundición de doble brazo, montadas sobre columnas centrales de hierro colado. Estas piezas, de tipología claramente Art Déco o de transición entre el modernismo tardío y el racionalismo incipiente, eran importadas en su mayoría de fábricas europeas, especialmente belgas y alemanas, o fabricadas en talleres nacionales que reproducían esos modelos. Su presencia en la avenida Vedia data de 1912, cuando la nueva concesión del servicio eléctrico reconfiguró la red del alumbrado público.
EDIFICIOS Y ESTILOS. ENTRE LA SOLIDEZ Y LA PRETENSIÓN
El tejido arquitectónico visible en las tres fotografías es homogéneo en su escala. Predominan las construcciones de una y dos plantas, pero heterogéneo en su calidad. Los edificios de mayor envergadura, ubicados sobre la acera occidental de la avenida, responden al lenguaje italianizante que dominó la arquitectura comercial y residencial argentina entre 1880 y 1920. Entre sus elementos arquitectónicos constitutivos se destacan frontispicios triangulares o mixtilíneos, balcones corridos con balaustradas de hierro forjado, pilastras lisas o estriadas, cornisas de yeso con dentículos y vanos de proporciones verticales coronados por arcos de medio punto o rectos con molduras. Estas características son propias de lo que podríamos denominar «academicismo tardío», corriente que llegó a 9 de Julio, presumiblemente, de la mano de constructores inmigrados, italianos en su gran mayoría, quienes reproducían fórmulas decorativas aprendidas empíricamente.
El «Richmond Hotel», protagonista indiscutido de la tercera fotografía, merece una mención particular. Su fachada de dos plantas, con tipografía pintada directamente sobre el revoque, combina un lenguaje arquitectónico austero con una escala que lo convierte en un hito visual de la manzana.
LOS ÁRBOLES COMO ELEMENTO URBANO
Otro aspecto que merece atención específica, porque suele pasar inadvertido ante la monumentalidad de los edificios o el dinamismo de los vehículos, es la forestación de la avenida. En las fotografías tomadas en invierno, las que muestran los árboles sin follaje, se aprecia la estructura desnuda de ejemplares de porte mediano, probablemente plátanos o fresnos, dispuestos en doble hilera sobre cada vereda. Esta configuración de arbolado en filas paralelas sobre una avenida de calzada ancha es propia de los trazados urbanos de influencia francesa, inspirados en el modelo del Boulevard Haussmann, y su presencia en 9 de Julio habla de una planificación del espacio público que excedía la mera funcionalidad.
En la fotografía con asfalto correspondiente a una estación de mayor temperatura, puede apreciarse que la forestación estaba ya consolidada y que los ejemplares habían sido sometidos a poda de formación para mantener una copa regular. Esta práctica, que hoy denominaríamos «poda ornamental», era habitual en las avenidas principales de la ciudad y respondía tanto a criterios estéticos como a la necesidad de evitar que las ramas interfirieran con el tendido eléctrico y telefónico que comenzaba a ramificarse paulatinamente.
LECTURA DEL CONJUNTO. LO QUE LA ESCENA URBANA REVELA
Consideradas en su conjunto, las tres fotografías trazan una narrativa de modernización gradual y relativamente ordenada. Podemos inferir que 9 de Julio no era, en los años veinte, una ciudad improvisada.
Para entonces, contaba con servicios de electricidad, telefonía, comunicaciones férreas por tres ramales y albergaba una actividad comercial visible incluso en estas imágenes al valorar los carteles y las fachadas de sus edificios. Lo que las fotografías revelan es el momento preciso en que esa ciudad comenzó a adoptar los atributos formales de la modernidad urbana.
Hay en estas reproducciones, también, una cierta solemnidad del espacio público que contrasta con el dinamismo que ese mismo espacio tendría décadas más tarde. Las figuras humanas son escasas y su presencia parece accidental, casi involuntaria, como si la cámara hubiera capturado la ciudad en un momento de pausa.
Esta característica no es del todo atribuible al azar. Los tiempos de exposición prolongados propios de las cámaras de la época tendían a difuminar o a excluir a los sujetos en movimiento, y los fotógrafos solían elegir las horas de menor tránsito para lograr imágenes más nítidas y menos congestionadas.
Mirar estas fotografías casi un siglo después nos produce una extraña mezcla de reconocimiento y extrañeza. La avenida General Vedia existe todavía, con su traza, su escala y, en algunos tramos, algunos de sus edificios. Pero la ciudad que esas imágenes muestran es, en cierto sentido, ajena a estos tiempos presentes.
Esa distancia, sin embargo, no debería interpretarse como pérdida, sino como perspectiva. Las fotografías históricas no deberían ser un medio para lamentarse de lo que fue sino para comprender mejor lo que es, el presente de nuestra ciudad que sigue creciendo y transformándose.