
La historia del movimiento obrero en 9 de Julio hunde sus raíces en las postrimerías del siglo XIX. El testimonio de Emilio Repetto, vecino de la ciudad desde el último cuarto de esa centuria, da cuenta de las condiciones a que eran sometidos los trabajadores, incluyendo niños que se iniciaban como aprendices o boyeros sin acceso a derecho alguno, alojados en galpones o depósitos y privados de todo descanso que no fuera el nocturno. Esa realidad era, a la vez, el caldo de cultivo del que habrían de surgir las primeras organizaciones.
En 1905, la Federación Obrera Socialista celebró una conferencia en la Plaza “General Belgrano”, con la presencia del orador Alejandro Mantecón y de varios militantes que serían figuras recurrentes en la vida gremial local: Nazareo Iscaro, Emilio Aperlo, Enrique Catani y Pedro Pincirolli, entre otros. Ese año también se sancionó la ley de descanso dominical, cuya aplicación tardó en llegar al interior bonaerense. En 9 de Julio, numerosos comercios la ignoraron por años, al no existir organismos locales que fiscalizaran su cumplimiento. Los dependientes de almacenes y corralones seguían durmiendo sobre los mostradores hasta el día de franco que les correspondía.
La huelga agraria de 1912 y la ferroviaria de 1917, esta última impulsada por La Fraternidad, la Federación Obrera Ferrocarrilera y la Asociación de Telegrafistas, que paralizó los trenes del país durante tres semanas, tuvieron resonancias directas en el partido. La adhesión de los trabajadores de Patricios a ese paro quedó registrada en una fotografía que constituye un documento histórico de valor excepcional. La presencia del Partido Socialista en la ciudad contribuyó, entretanto, a dar mayor visibilidad a las condiciones laborales y a proyectar políticamente las demandas de los trabajadores.
En la calle Libertad, entre Cavallari y Tucumán, funcionaba la Casa del Pueblo, sede que congregaba a las distintas organizaciones obreras de la ciudad. Allí se redactaban las actas que regulaban la vida interna de los sindicatos, se debatían plataformas, se elegían delegados y se tramaba la acción colectiva. A partir de 1920, la actividad gremial experimentó un impulso notable. El 8 de agosto de ese año se constituyó la Unión Obreros del Campo, en respuesta a un llamado de la Federación Obrera local, que ya nucleaba a panaderos, obreros en calzado, albañiles, metalúrgicos y afines.
Los objetivos de aquella novel asociación de trabajadores rurales eran, según reza el acta fundacional, estrechar los vínculos de solidaridad entre quienes ejercían las tareas agrícolas y ganaderas, conquistar mejoras salariales y reducir una jornada laboral que podía extenderse de catorce a dieciséis horas. El lenguaje de sus documentos trasluce una familiaridad con la doctrina marxista que sorprende por su elaboración: la convocatoria abierta a trabajadores de toda nacionalidad, raza e ideología, siempre que acataran las reglas del debate fraterno, revela una conciencia gremial madura y cosmopolita, infrecuente en el interior bonaerense de entonces.
Nazareo Iscaro, secretario de actas y delegado de la Federación Obrera local, aparece como figura articuladora de esa red. Los manifiestos de la época apelaban a la conciencia de clase con una retórica encendida y sin ambages: denunciaban la Liga Patriótica, la Asociación Nacional del Trabajo y los Círculos de Obreros Católicos como instrumentos al servicio del capital para dividir a los trabajadores. En agosto de 1921, los obreros del campo convocaban a sus pares desde el local de la calle Independencia (hoy Hipólito Yrigoyen) al 328, invitándolos a ocupar su puesto en la organización como único medio de defender sus intereses y los de sus familias.
La edición del 4 de mayo de 1924 del periódico EL 9 DE JULIO reconstruye con detalle la conmemoración del Día del Trabajador de ese año. El proletariado nuevejuliense había suspendido sus labores cotidianas. Los gremios se replegaron en sus respectivas sedes, y una banda de música recorrió las calles desde las primeras horas de la mañana, entonando el himno de la Internacional. Por la tarde, una columna compacta de personas marchó hacia la estación ferroviaria para aguardar a los oradores llegados desde Buenos Aires, representantes de las federaciones obreras de la capital.
La crónica periodística señala que la marcha se hizo sin ostentación de banderas ni símbolo alguno, en dirección a la Plaza Belgrano, donde se erigió la tribuna que ocupó el representante de la Federación Obrera de la Capital Federal. Por la noche, el Teatro Rossini fue escenario de una velada patrocinada por el Centro Socialista de 9 de Julio. Era el 1° de Mayo de 1924, y la jornada presentaba ya los rasgos de una festividad obrera consolidada: acto público en la plaza, palabra de los delegados, y encuentro cultural nocturno.
No todos los actores de la vida local veían con beneplácito la gravitación de las organizaciones de izquierda en la conmemoración del 1° de Mayo. El periódico “El Orden”, cuya línea editorial se hallaba próxima a un sector del radicalismo marcadamente hostil a las expresiones gremiales de izquierda, publicó en mayo de 1922 un editorial que sintetizaba esa animadversión con elocuencia poco disimulada.
Para ese periódico, el 1° de Mayo no debía ser una jornada de reivindicación clasista sino una fiesta de concordia entre obreros y patrones, en la que capital y trabajo marcharan juntos hacia el progreso común. Desde esa premisa, fustigaba a quienes organizaban los actos bajo el signo de la Internacional, acusándolos de olvidar el Himno Nacional, de enarbolar insignias partidistas y de disolver la armonía social con lo que denominaba prédica disolvente. La virulencia del lenguaje, que llegaba a comparar al movimiento soviético con la barbarie y a denunciar a los oradores socialistas como lobos con piel de carnero, revela el grado de crispación que la cuestión obrera generaba en ciertos sectores de la sociedad nuevejuliense.
Significativamente, ni el periódico “El Pueblo” ni “El Régimen”, afines al Partido Conservador, llegaron a publicar editoriales de similar vehemencia. Era un sector específico del oficialismo radical el que, en más de una oportunidad, irrumpía con gritos o agresiones en las conferencias del Centro Socialista o de la Federación Obrera, según consignan diversas crónicas de época. La tensión entre quienes reclamaban derechos y quienes defendían el orden establecido se expresaba, en 9 de Julio, con la misma intensidad que en el escenario nacional.
Una década más tarde, el clima había mutado de manera perceptible. El 1° de Mayo de 1934 fue conmemorado bajo los auspicios del Centro Socialista de 9 de Julio con un espíritu distinto. El programa incluyó un almuerzo de camaradería en la Casa del Pueblo al mediodía, una conferencia del profesor Numa Romero y una velada cinematográfica nocturna en el Cine “9 de Julio”, donde la lluvia restó concurrencia, y un error en el envío de la película desde Buenos Aires retrasó el inicio del acto, con la gentil cesión del Teatro Rossini para complementar la programación. En las localidades de Patricios y 12 de Octubre también se realizaron actos conmemorativos.
Promediando la década de 1930 un editorial del periódico “El Liberal”, alusivo al 1° de Mayo, refleja una mirada más serena y comprometida. El periódico, de tendencia socialista, dirigido por el concejal y legislador Miguel Navello, advertía sobre los peligros de la reacción, denunciaba las actitudes de quienes llamaba oligarcas locales y arengaba al proletariado a no desfallecer en su lucha. Ese tono de exhortación militante coexistía, sin embargo, con una disposición más tolerante hacia el hecho conmemorativo en sí. Ya no se discutía si el 1° de Mayo era legítimo, sino cómo debía aprovecharse para reafirmar conquistas y prevenir retrocesos.
Esa inflexión no era casual. Los años treinta habían traído a 9 de Julio una crisis económica sin precedentes con desocupación masiva, quiebras comerciales, colapso de los precios agrícolas, huelgas rurales y emigración de familias enteras hacia las ciudades. La organización sindical se había intensificado a pesar de las presiones de los sectores de poder; y la sanción en 1929 de la ley que reguló la jornada laboral de ocho horas había representado un hito que los trabajadores sentían como propio.
EL LARGO CAMINO DE LOS DERECHOS. UN BALANCE
Entre la conferencia de 1905 en la Plaza “General Belgrano” y los actos de las décadas de 1920 y 1930, la clase trabajadora de 9 de Julio recorrió un trecho arduo. Los sindicatos gremiales de panaderos, albañiles, metalúrgicos, obreros del campo, fueron construyendo su organicidad en un entorno que alternaba la tolerancia con la hostilidad. Los concejales socialistas Enrique Polino, Antonio Bono, Carlos Gornati y Miguel Navello llevaron al Concejo Deliberante las demandas de ese mundo del trabajo. Los manifiestos y actas de la Federación Obrera local documentaron la tenacidad de quienes, con escasos recursos, procuraban que sus compañeros supieran que la dignidad no era un privilegio de clase.
La historia del 1° de Mayo en 9 de Julio es, podemos decir, la historia de una disputa por el sentido: ¿era la jornada una fiesta de concordia entre el capital y el trabajo, como quería “El Orden”, o una jornada de lucha y reivindicación, como proclamaba más tarde el periódico “El Liberal”?
La respuesta que la comunidad fue dando a lo largo de las décadas inclinó la balanza hacia la segunda lectura; pero el debate en sí, con su energía y sus contradicciones, forma parte inescindible de la historia de la ciudad.
Hoy, cuando el calendario vuelve a señalar el 1° de Mayo, vale la pena detenerse un instante sobre ese pasado. Los trabajadores que marcharon por las calles de 9 de Julio entonando el himno de la Internacional, los que durmieron sobre mostradores sin derecho a un día de descanso, los que firmaron manifiestos a la luz de un farol en la calle Independencia, los que se congregaron bajo la lluvia en el Cine “9 de Julio” para celebrar una fecha que consideraban suya: todos ellos forman parte de un derrotero que no debe quedar en el olvido.
La efeméride que cada año se conmemora no es una abstracción universal. En la historia de 9 de Julio tiene nombres propios, tiene plazas y teatros específicos, tiene periódicos que la interpretaron con pasión y actas que la registraron con pulcritud.



CHICAGO, EL FUEGO Y EL ESCÁNDALO












