Por Héctor José Iaconis

Hay figuras que sin haber pertenecido a nuestra comunidad, pueden resultar decisivas para comprender cómo se configuró nuestro territorio. James Gaynor, conocido en estas latitudes como Diego Gaynor, es una de ellas. Irlandés de nacimiento, estanciero por vocación y pionero por necesidad, su nombre quedó inscrito en la geografía del Partido de 9 de Julio. Su historia es, al mismo tiempo, la del avance de la frontera bonaerense, de la comunidad irlandesa en Argentina y de aquella generación de hombres que construyeron el país sobre suelo disputado, a riesgo propio y sin más garantía que su propio coraje.
DE WESTMEATH EN EL RÍO DE LA PLATA
James Gaynor nació alrededor de 1802 en el condado de Westmeath, Irlanda, región de tradición agropecuaria ubicada en el corazón de la isla. Como tantos compatriotas suyos que durante el siglo XIX atravesaron el Atlántico en busca de horizontes más amplios que los que ofrecía una Irlanda sometida y empobrecida, Gaynor llegó al Río de la Plata en la década de 1830, y sus primeros pasos en América del Sur los habría dado probablemente en Uruguay, antes de asentarse definitivamente en la provincia de Buenos Aires.
Dotado de un temperamento emprendedor y de una tenacidad que lo distinguiría durante toda su vida, Gaynor se volcó rápidamente al trabajo rural. En 1836 ya era propietario de una estancia en el Partido de Exaltación de la Cruz, lo que revela cuán velozmente logró insertarse en la estructura productiva ganadera de la época. Desde allí extendió sus actividades con notable energía. Organizó un saladero en Zárate y adquirió campos en Uruguay, donde poseyó propiedades en la región de Fray Bentos. Era, sin duda, un hombre de vasta ambición y recursos crecientes.

EL HOMBRE Y SU FIGURA
El escritor John Walter Maguire, cuya familia estuvo íntimamente ligada a Gaynor por lazos comerciales y familiares, dejó de este personaje un retrato que trasciende la mera descripción costumbrista. Según su testimonio, recogido en su brillante libro Loncagüe,
Diego Gaynor tenía por costumbre vestir levita, pantalón, bota fuerte, galera de copa y un poncho de paño azul forrado de bayeta colorada. Esta combinación, podemos inferir, fusionaba la sobriedad burguesa del inmigrante europeo con la funcionalidad del estanciero criollo.
El apero que usaba era igualmente revelador de esa síntesis: bajera de tres cueros esquilados y bien sobados, carona de cuero de vaca, matra, lomillo, cojinillo de lana de oveja, sobrepuesto de plumas de cogote de avestruz y cinchón de dos vueltas; cabezadas, fiador y maneador trenzado de cinco hebras, estribos de aro de hierro y lazo. Maguire añade que Gaynor montaba un soberbio caballo blanco, elegido entre una tropilla muy famosa en el pago, pues era gran aficionado a la cría de buenos caballos y seleccionaba sus manadas y sementales con criterio. Ese caballo blanco, ligero y bien adiestrado, le salvaría la vida más de una vez en el trato con los indígenas.
LA EXPEDICIÓN DE 1860
El capítulo más significativo de la vida de Gaynor, y el más directamente vinculado con la historia de 9 de Julio, comenzó a gestarse en 1860. Ese año llevó a cabo una expedición por la provincia de Buenos Aires, acompañado de su yerno Juan Maguire y de Patricio Mac Donell, en busca de nuevos campos para poblar más allá de la línea de frontera. Tres hombres internándose en la llanura abierta, dejando atrás las últimas poblaciones de Chivilcoy y Bragado para adentrarse en lo que entonces se denominaba, con una mezcla de temor y fascinación, “el desierto”.
Después de varios días de marcha, la expedición llegó a las orillas de la laguna de Loncagüé (topónimo de origen mapuche que puede traducirse como “cabeza de caballo”) y en sus inmediaciones Gaynor encontró las tierras que buscaba. El proceso de adjudicación no fue sencillo. Dado que los campos estaban fuera de la línea de frontera con los indios, debió gestionar su adjudicación ante el Gobierno de Buenos Aires. Los trámites fueron largos y los tres asociados lograron finalmente que se les adjudicaran doce leguas cuadradas a ocho mil pesos la legua. La ocupación efectiva del campo tuvo lugar en mayo de 1865, cuando Gaynor llegó al lugar con 3.400 ovejas. Ese mismo año arrendó al gobierno 16.198 hectáreas en el Partido de 9 de Julio, propiedad que compraría definitivamente años más tarde.

LA FUNDACIÓN DE LONCAGÜÉ
La toma de posesión fue un acto solemne. Maguire lo describe con precisión: ante la inmensa soledad de la pampa y en presencia de quienes compartían esa empresa, don Diego tomó posesión de las tierras y denominó la estancia Loncagüé. Desde ese momento todo fue actividad.
Pero el precio de esa actividad fue inmediatamente alto. Pocos meses después de instalados, varios vascos que fabricaban ladrillos para las casas fueron atacados y muertos por los indios, en diciembre de 1865. Comenzaba así lo que el mismo cronista describió como una guerra constante. Desde el combate de Loncagüé hasta el año 1876, las invasiones indígenas, llegaban desde la misma cordillera. Esta situación era conocida y documentada para el conjunto de los partidos de frontera bonaerense. Marta Valencia y Guillermo Banzato, en su estudio sobre los jueces de paz y la tierra en la frontera bonaerense, señalan que los primeros solicitantes de tierras en el Partido de 9 de Julio fueron Alberto Trejo y Diego Gaynor, quien reclamó 18.900 hectáreas, estableciéndose también en la zona inmigrantes irlandeses y vascos.



EL CORAJE DEL VIEJO LUCHADOR. UN EPISODIO SINGULAR
En ese contexto de beligerancia permanente, la figura de Gaynor adquiere una dimensión que trasciende lo meramente biográfico. Un episodio narrado por Maguire nos permite observar al estanciero, ya con sesenta y cinco años, enfrentarse solo a dos atacantes que le exigen su caballo blanco en medio de la llanura. Este condensa en pocas páginas todo el carácter de este personaje.
“El estanciero, apuntándolos con su carabina Spencer, replicó: es difícil que les entregue el blanco porque son mis piernas y no estoy dispuesto a quedarme de a pie en medio del campo; si creen que pueden sacarme el caballo, dispónganse a pelear y tengan la seguridad que recibirán una bala cada uno”, refiere Maguire..
Lo que siguió fue una tensión sostenida durante casi una legua. Gaynor retrocedía sin darles la espalda, apuntándoles cada vez que se adelantaban. Cuando el más decidido desató sus boleadoras, el viejo disparó con serenidad y lo alcanzó en pleno pecho. El otro, atónito, lo vio alejarse sin intentar nada más. Este episodio ilustra la condición de quienes poblaron la frontera bonaerense en aquellos años, hombres que debían defender su propia vida con la escopeta o el revolver.
EL HOMBRE PÚBLICO Y LA VIDA INSTITUCIONAL
La presencia de Gaynor en la vida pública no se limitó al ámbito productivo. Fue miembro del primer Concejo Municipal de Capilla del Señor. En 1856 ya participaba en el primer gobierno de ese importante asentamiento de estancieros irlandeses, antes incluso de aventurarse hacia las tierras del oeste.
Esta dimensión cívica es coherente con el perfil de los colonos irlandeses de su generación, que tendieron a reproducir en Argentina ciertos patrones de organización comunitaria propios de su cultura de origen. En 1869, Gaynor era propietario de una estancia en Luján, 30.000 ovejas y ocho suertes de campo en Uruguay, lo que confirma que su sentido empresarial nunca estuvo confinado a una sola región.
PALABRAS FINALES: EL PATRIARCA Y SU LEGADO
James Gaynor murió el 15 de junio de 1892, a los noventa años de edad. Había casado con Luisa Wallace, irlandesa, con quien tuvo once hijos, y dejó a su muerte una extensa descendencia de hijos, nietos y bisnietos que lo convertían en un verdadero patriarca en toda la extensión del término. En los orígenes de 9 de Julio, algunos miembros de su familia se vincularon con la joven sociedad local. Por ejemplo, a su hijo Tomás Gaynor Wallace (184 -1917) se lo contó entre los estancieros británicos que, en 1874, fundaron la Sociedad de Carrera de Salto y Tío de Rifle de 9 de Julio.

Según algunas fuentes, las que no siempre coinciden con exactitud en las cifras, al morir habría dejado unas 90.000 hectáreas de tierra para ser distribuidas entre los aproximadamente 150 miembros de su familia que le sobrevivían, una cifra que habla por sí sola de la magnitud de lo construido desde el punto de partida de un inmigrante sin otro capital que su determinación. Más allá de la precisión relativa de esas extensiones, es indudable que había logrado convertirse en un hombre acaudalado, cuya fortuna legaba a sus descendientes de manera copiosa.
Un periódico publicado en lengua inglesa en la Argentina, señaló que su familia bien podía sentirse orgullosa de quien, desde un origen humilde y a través de muchas penalidades, por el camino del trabajo honesto sentó las bases de la independencia y la posición social que todos disfrutaban.
Su legado material se proyectó incluso más allá de su muerte. El 31 de diciembre de 1894, su hija Elena Gaynor de Duggan donó dos parcelas de tierra para la construcción de una estación de ferrocarril que llevaría el nombre de su padre.
La historia de Diego Gaynor es, en muchos sentidos, el derrotero de muchos hombres y mujeres, aventureros o entusiastas, que apostaron su vida a un proyecto de futuro. No podemos decir que Gaynor fue un héroe en nuestra historia local o regional, mucho menos un prohombre; aunque, quizá no menos interesante, podamos considerarlo como un pionero pragmático, tenaz y longevo, que supo leer las oportunidades de su tiempo sin perder de vista las raíces de su gente.













