Por Héctor José Iaconis.

– Hoy: La vida cultural. Publicidad oral, bibliotecas y poesía popular –
Antes de la consolidación de los medios de comunicación radial en su formato contemporáneo, la ciudad de 9 de Julio desarrolló formas de difusión que hoy podríamos considerar rudimentarias, pero que en su momento resultaron decisivas para la circulación de información y la configuración de una esfera publicitaria local. Entre ellas, la publicidad oral, las propaladoras por red, emitidas a través de altoparlantes fijos o móviles, ocuparon un lugar central.
Estos sistemas de comunicación funcionaban mediante vehículos equipados con dispositivos de amplificación o a través de instalaciones de parlantes en puntos estratégicos de la ciudad. La voz del locutor, repetida a intervalos regulares, se convertía en parte del paisaje sonoro cotidiano. Anuncios comerciales, mensajes institucionales y noticias locales se difundían de este modo, alcanzando a una población que carecía de otros medios inmediatos de información.
El carácter oral de estas prácticas confería a la comunicación un tono particular. La dicción, el estilo y la personalidad del locutor influían de manera directa en la recepción del mensaje. No se trataba simplemente de transmitir noticias, sino de establecer una relación con el oyente. En este sentido, puede afirmarse que estos pioneros desarrollaron formas tempranas de comunicación persuasiva.
Entre estas iniciativas, la publicidad “El Imparcial”, vinculada a la familia García, se destacó por su dinamismo y alcance. «Tito» García, en una práctica que hoy podría juzgarse ardua, emitía los mensajes mientras conducía el vehículo, en una época en la que los dispositivos de grabación eran aún incipientes o inexistentes, lo que imponía la reiteración constante de los anuncios. No resulta desmedido afirmar que “El Imparcial” operaba como un temprano multimedio, pues conjugaba publicidad fija, móvil e incluso la edición de un periódico propio. Décadas atrás, también el periódico «El Gráfico», dirigido por el maestro Enrique Cano, había incursionado en esa misma forma de publicidad.
En este ámbito, la figura del genial locutor Juan Amerio («Juancito») adquirió un particular relieve. Dotado de una locuacidad natural y de un temperamento afable, recorría los alrededores de la avenida Vedia prodigando saludos y sonrisas, aun cuando una limitación física pudiera haber sido óbice para otros. Su particular dicción del inglés, notoria al anunciar los combinados “Ken Brown”, daba lugar a equívocos que, lejos de empañar su labor, contribuían a una atmósfera de cercanía y simpatía. Tales episodios, decantados por el tamiz del tiempo, han quedado inscriptos en el recuerdo.
Otra de las experiencias dignas de mención fue la publicidad “Splendid”, impulsada inicialmente, en buena medida, por Walter Moscato, joven de notable sensibilidad cuya muerte prematura truncó una trayectoria promisoria. Poseedor de una voz bien timbrada y de cualidades de recitador, Moscato estructuraba emisiones en las que confluían música clásica, fragmentos poéticos y reflexiones de tono intimista.
La evolución hacia el periodismo radial supuso un paso significativo. La creación de programas estructurados, con horarios definidos y contenidos específicos, marcó el inicio de una nueva etapa. La radio permitió ampliar el alcance de la comunicación, diversificar los temas abordados y profesionalizar la tarea de los comunicadores.
Una fecha de inequívoco carácter fundacional marca el surgimiento del periodismo deportivo oral sistematizado: la noche en la cual, desde los estudios de “Radio-Publicidad Splendid”, bajo la coordinación de Oscar Luján Novas, salió al aire el programa titulado «En la Mesa del Café». El nombre, surgido apenas instantes antes de la emisión, se inspiró en la lírica de un tango, circunstancia que revela la impronta cultural de la época. Integraron su staff inicial Alberto Caligiuri, Rogelio Monti, Inocencio Arias y Victorio Vaccari.
La trayectoria del programa se articuló en dos etapas: una primera entre 1954 y 1960, y una segunda, iniciada en 1960 en “Publicidad El Imparcial”, que se prolongó hasta 1967, atravesando diversos traslados. A partir del 27 de mayo de 1966, el ciclo alcanzó asimismo proyección televisiva a través de “Telecircuito 9 de Julio”. En conjunto, sumó catorce años de actividad ininterrumpida. El anhelo de una emisora radial se materializó finalmente el 26 de agosto de 1973, cuando “LT33 Radio 9 de Julio” comenzó sus transmisiones en la frecuencia de amplitud modulada de 1560 kilohertz.
La incorporación de la televisión, aunque inicialmente limitada en su alcance y calidad, introdujo nuevas formas de percepción. La posibilidad de ver imágenes en movimiento, aunque fuera de manera rudimentaria, transformó la experiencia comunicativa. La congregación de personas frente a una pantalla para presenciar eventos deportivos o programas específicos señala un cambio en las prácticas de consumo cultural.
En este contexto, la comunicación dejó de ser un fenómeno estrictamente interpersonal para convertirse en un proceso mediado, donde la tecnología desempeñaba un papel creciente.
No podemos soslayar, en esta sucinta relación, la contribución de los hermanos Testa, «Pepe» y Ernesto, propietarios del establecimiento “El Hogar de la Radio”. Su labor pionera en el ámbito de la radiodifusión local fue de capital importancia. Fue en dicho comercio donde se instaló una segunda antena de televisión, y Ernesto Testa formó parte del reducido grupo que, en la trastienda del Bazar «El Inca», asistió a la primera recepción de señal televisiva en la ciudad, acontecimiento que bien puede considerarse liminar en la historia de los medios locales.
Las bibliotecas populares
La historia cultural de 9 de Julio no puede comprenderse sin considerar el papel de las bibliotecas populares. Estas instituciones, que promovían el acceso al conocimiento, constituyeron espacios fundamentales para la formación intelectual y la vida comunitaria. El surgimiento de la primera biblioteca pública en 9 de Julio, a poco más de una década de fundarse el pueblo, de final aciago, tuvo el impulso del propio presidente Sarmiento.
En 9 de Julio, diversas bibliotecas desempeñaron un papel destacado. Su funcionamiento no se limitaba al préstamo de libros: organizaban actividades culturales, promovían la lectura y actuaban como centros de reunión. La figura del bibliotecario adquiría, en este contexto, una dimensión que excedía lo técnico, convirtiéndose en un mediador cultural. Encontrar en la Biblioteca Popular «José Ingenieros» al maestro y poeta José Gerardo García o en la Biblioteca del Club «Agustín Alvarez» al notable Arturo A. Cano, ambos bibliotecarios, respectivamente, constituía una experiencia prodigiosa.
La localización de estas bibliotecas , en la sede municipal (la Biblioteca Popular “José Ingenieros”), escuelas (entre las primeras, la Biblioteca del Colegio “Cavallari”, la Biblioteca “Mitre” de la Escuela N° 1, entre otras), clubes (la Biblioteca Popular “Germán Camou” del Club Libertad y el Club y Biblioteca “Agustín Alvarez”, entre otras) o edificios propios, refleja su integración en el tejido urbano. No eran espacios aislados, sino nodos de una red cultural que articulaba distintas instituciones. Su presencia contribuía a reforzar la identidad comunitaria, ofreciendo un ámbito donde el conocimiento se compartía y se discutía.
El valor simbólico de la biblioteca radica en su capacidad para proyectar la comunidad hacia el futuro. A través de la lectura, los individuos acceden a experiencias, ideas y saberes que trascienden su entorno inmediato.
En un contexto donde el acceso a la información era limitado, las bibliotecas populares desempeñaron una función democratizadora. Permitieron que sectores amplios de la población accedieran a materiales que de otro modo hubieran permanecido fuera de su alcance. De este modo, contribuyeron a la formación de ciudadanos más informados y participativos.
Poetas y payadores: la literatura popular como identidad
La producción literaria en 9 de Julio no se restringió a los circuitos formales ni a las publicaciones estrictamente eruditas. Los casos de Enrique Catani, Mariano Arroyo Vázquez, José Gerardo García y Mary Rosa Calviño Citro, solo por citar algunos referentes, se circunscriben en el poemario culto y escapan ahora a nuestro análisis.
Ahora, nos ocupan quienes encontró en la poesía popular y en la tradición de los payadores una de sus expresiones. Este tipo de literatura, vinculada estrechamente con la oralidad, refleja de manera directa las experiencias y sensibilidades de la comunidad.
Los poetas locales, entre quienes pueden mencionarse a Segundo José Torlasco, José Torres, Remigio Brescia, Juan P. Carriso, entre otros, muchos de ellos vinculados a oficios modestos, desarrollaron una obra que combina sencillez formal y profundidad emocional. Sus composiciones abordaban temas diversos: la vida cotidiana, el trabajo, los afectos, los paisajes. La métrica, en muchos casos heredada de la tradición gauchesca, otorgaba a los versos un ritmo particular que facilitaba su memorización y transmisión.
La figura del payador, en tanto improvisador, introducía una dimensión performativa en la literatura. La creación no se limitaba al texto escrito, sino que se producía en el acto mismo de la recitación. Este carácter efímero no implicaba fragilidad, sino una forma distinta de permanencia, aquella se inscribe en la memoria de quienes escuchan.
La circulación de estas producciones se realizaba a través de las publicaciones en periódicos locales, venta de hojas impresas, recitaciones en espacios públicos. Este circuito permitía una difusión amplia, aunque no siempre sistemática. Sin embargo, su impacto cultural fue significativo.
La relación entre literatura y comunidad se hacía evidente en este contexto. Los poemas no eran solo expresiones individuales, sino formas de interpretación colectiva de la realidad. La poesía, al igual que otras artes, ofrecía una representación del mundo que invitaba a la reflexión.
La recuperación y preservación de estas obras constituye una tarea necesaria para comprender la historia cultural de la ciudad.
















