
Poesía: Nora Cappelletti.
Reloj, no marques las horas…
En mí ciudad
en la torre de la Catedral,
la hora no cae
se queda, apenas,
como una luz que no encuentra superficie donde apagarse
las campanas ya no insisten,
el bronce aprendió a callar
la plaza sigue, sí,
pero con ese leve desfasaje
de las cosas que no quieren interrumpir algo invisible
algunos hablan de fallas,
de engranajes fatigados,
de un invierno particularmente húmedo
pero hay otra hipótesis
que no se escribe en los registros:
que a esa hora
ocurrió algo
y en ese algo
hubo una plenitud extraña,
ninguna urgencia,
ningún nombre pronunciado a medias,
ninguna despedida disfrazada de rutina
sólo el aire en su lugar exacto,
las sombras coincidiendo con sus cuerpos,
y el pulso de la ciudad
sin querer adelantarse a sí mismo
fue tan raro
que el reloj dudó:
avanzar le habría parecido un exceso,
una forma de arruinar
esa proporción irrepetible
siete y cincuenta y cinco
entonces eligió quedarse,
como se queda un ojo abierto en la oscuridad
cuando algo, sin verse, está completo
desde entonces, el tiempo continúa,
pero con una pequeña pérdida de fe,
como si supiera
que ya tocó
su única forma perfecta
los relojeros subieron una vez, dicen,
escucharon el mecanismo,
tan calmo, tan exacto en su quietud,
que bajaron sin tocarlo
a veces, cuando la tarde se vuelve casi transparente,
la aguja intenta un gesto
-mínimo, indeciso-
pero vuelve,
como quien entiende
que no todo lo inmóvil está roto,
y que hay instantes
que no se prolongan
sin deshacerse
desde aquel momento el resto ocurre
con una leve nostalgia de precisión,
como si todo estuviera apenas corrido
de aquello que ya fue suficiente
pero hay aún otra versión,
más tenue,
que aparece en los reflejos
cuando la luz se vuelve oblicua:
que no fue el reloj el que se detuvo
sino la ciudad entera
la que, por un instante imperceptible,
decidió suspender el tiempo
un gesto mínimo,
casi de pudor
como si algo hubiera estado a punto de revelarse-
un nombre,
una pérdida,
una forma exacta del destino-
y alguien,
o algo,
hubiera preferido conservarlo intacto
entonces las agujas obedecieron
como obedecen las cosas que no tienen voz
desde entonces la ciudad continúa
con esa leve inclinación hacia lo inmóvil,
como si todo lo que vive allí supiera, en secreto,
que algo ocurrió exactamente en esas horas y que arreglarlo
sería borrar
la única certeza…
NORA CAPPELLETTI
Imagen: Carlos Blanco- fotografía.
Este poema se inscribe en una convocatoria que hizo Guillermo Blanco y de la cual tomé conocimiento a través de Ana Cappelletti , mí hermana.