1 agosto 2021

Sarmiento, el maestro

sarmientodomingo* Por el doctor Roberto Rossi. (Abogado, oriundo de 9 de Julio, actualmente radicado en la ciudad de Buenos Aires).

La partida de nacimiento del ilustre sanjuanino consigna que nació en el barrio de Carrascal, en San Juan, y se lo anotó como Faustino Valentín. Los padrinos fueron don José Tomás Albarracín y doña Paula Oro. Por tradición familiar, de niño se lo llamó Domingo, porque los Oro y los Albarracín tenían parientes que eran frailes de la Orden Dominica. Desde el vamos y para siempre, la vida se le hizo difícil a Domingo pero no obstante -aseguraba él – “..así fue mejor, porque de otra manera no hubiera sabido en qué consiste y cómo hacer el bien..”.- Su áspero camino de Maestro comenzó detrás del mostrador de un humilde almacén. Camino pobre pero digno. Es que solo esa ruta podía emprender ese muchachote hosco pero bueno, revestido con la apariencia de gruñón impenitente. Para bien de todos se dio cuenta de que su país necesitaba ESCUELAS para salir de la barbarie, ese mal que se le revelaba por doquier, con la visión de las lanzas ensangrentadas enarboladas por hordas sanguinarias. Esa bárbara anarquía postre- volucionaria únicamente podía ser erradicada con el antídoto cuya mixtura aconsejaba el visionario Belgrano: libros, maestros y escuelas. A ese fin se dedicó Sarmiento con todo el fuego de su energía. Por eso, además del creador de la bandera, fueron su guía Moreno y San Martín con sus bibliotecas, el controvertido Rivadavia con su afán civilizador, Gorriti con sus reflexiones. Para atenuar lo que él llamaba “la barbarie” escribió libros, fundó escuelas, creó bibliotecas y hasta importó docentes. ¡Qué no hizo para rasgar el oscuro velo de ignorancia que ensombre cía al país!. Y si aún hoy queda algún oscuro resabio en algún remoto lugar del amplio territorio nacional, el remedio sigue siendo el mismo: escuelas, buenos libros y buenos maestros. Sarmiento lo entendió así a partir de su triste niñez y azarosa juventud. El propio sufrimiento le hizo ver la enfermedad que nos aquejaba: analfabetismo y barbarie, consagrándose por entero a remediarla. Es así entonces que el joven dependiente de almacén lee y lee todo lo que llega a sus manos y más tarde se convierte en Maestro enseñando a leer. Este es el título que más le complace y le sienta, pese a que también más tarde será literato, periodista, orador, legislador, Presidente de la República, militar. Peleará “con la espada, con la pluma y la palabra”. Pero, en verdad, “Maestro” es lo que fue por encima de todo. Nos transmitió el legado ejemplar de la enseñanza y el tesoro del conocimiento, que perduran por siempre, como imprescindibles opciones válidas de cara al futuro, sostenidas por su tesón y fe inquebrantables, cualidades que había heredado de
su madre, doña Paula, la laboriosa viejecita que inclinada sobre el rústico telar hogareño, allá lejos, bajo la higuera y con callada resignación, tejía y tejía las varas de lienzo que ayudaban a criar la numerosa prole.- A ese ideal el “padre del aula” dedicó sus desvelos, arremetiendo por temperamento, coraje y profunda convicción contra todos los obstáculos que se le interponían y las ofensas con las que lo hería la malidicencia de quienes jamás podían elevarse a la altura de su genialidad, que más tarde y con justicia se perpetuaría en el bronce. Hasta que, menguada su salud y cual guerrero caído sobre su escudo, se le fue la vida, mirando el fulgor del amanecer en la Asunción del Paraguay, el país que regó con su sangre el hijo amado. Vaya pues para el insigne Maestro, el sincero reconocimiento de todos los que alguna vez pasamos por las aulas de las escuelas de la patria, por habernos señalado, con su obra y con su ejemplo, el camino hacia el horizonte de grandeza que todavía nos cuesta alcanzar, tal vez porque aún, a más de un siglo y por motivos de diversa índole, no hemos logrado comprender en su vital trascendencia, el mensaje ecuménico de Don Domingo. “Honra sin par” –hoy más que nunca – para aquél grande entre los grandes, “provinciano en Buenos Aires y porteño en las provincias”.-
(Basado en la obra de Bernardo González Arrilli “Hombres de nuestra tierra” -1938 ).-

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