5 diciembre 2020

Ayer se cumplieron 200 años del Combate de San Lorenzo

* Por el Dr. Roberto Rossi.

Los buques de la escuadra española fondeada en Montevideo rapiñaban constantemente en las costas del Paraná y el Gobierno argentino decidió darles un escarmiento. Por tal motivo envió al coronel San Martín con parte de su regimiento de granaderos a proteger la costa occidental, desde Zárate a Santa Fe. Corría Enero de 1813 y los españoles remontaban el río. San Martín los seguía, ocultándose, por tierra, con 125 hombres escogidos y con la intención de atacar a los marinos a la primera intención de desembarco. Ya habían estado éstos requisando el Convento de San Carlos, en San Lorenzo, pero no encontraron ganado, que era lo que buscaban para alimentar a la tropa. Se contentaron con zapallos, sandías y algunas gallinas que criaban los frailes. No obstante Celedonio Escalada, comandante militar de la posta del Rosario, tuvo noticias de que preparaban el desembarco de 350 hombres con cañones para realizar una incursión más a fondo. Los navíos habían echado anclas frente al después famoso Convento de San Carlos. No tenía la torre actual y algunos muros aún estaban en construcción. El Coronel los sigue de cerca por la noche, para no ser descubierto. Al atardecer del 2 de Febrero se acerca al lugar un pesado carruaje. Su pasajero es un comerciante inglés que viaja al Paraguay. El comandante de la posta le advierte del grave peligro que corre si sigue adelante. Ante ello, se desataron los caballos y el inglés se acostó a dormir dentro del coche. Lo despertó un ruido de sables y voces imperiosas que le ordenaban salir de inmediato y que se identifique. Un militar de elevada estatura se acercó a mirar por la ventanilla del carruaje. En la semipenumbra, el inglés reconoció la fisonomía del oficial a quien había conocido en la tertulia de la familia Escalada en Buenos Aires. Con gran alivio le dijo: — — Seguramente, usted es el Coronel San Martín, y si es así, aquí tiene a su amigo Robertson. Hubo entonces un saludo efusivo y cordial. Resulta oportuno comentar aquí que el tema de las tertulias en Bs.As. , pertenece al libro “Cartas de Sud América” de los hermanos Juan y Roberto Parish Robertson, donde se narran la vida y costumbres de la sociedad argentina entre 1810 y 1820. Quien presenció el combate de San Lorenzo fue Juan Robertson y el será quien describa los detalles de la acción de la que testigo privilegiado. Este hombre le pidió a San Martin que le permita acompañarlo para ver la inminente contienda. –Su oficio no es el de pelear – le dijo sonriendo el Coronel – pero si quiere venir con nosotros, ahí tiene un buen caballo. Si las cosas vinieran mal –agregó – aléjese enseguida. Robertson prometió hacerlo así, pero íntimamente no creía que aquél hombre pudiera sufrir algún contraste. Llegaron todos al Convento ya a punto de amanecer. Parecía desierto. Los 125 jinetes entraron en estrecha formación al gran huerto cercado contiguo al edificio. San Martín subió al campanario a observar con su anteojo. A la claridad del alba se dibujaban los barcos enemigos y el movimiento de los botes de desembarco. Bajó el Coronel para disponer sus hombres y prepararse para el ataque. En ordenada formación los granaderos se van alineando a lo largo de la tapia que cerraba la huerta hacia el oeste. Allì quedaron ocultos, esperando la orden. El Jefe subió nuevamente al campanario anteojo en mano. Su gesto era adusto. Robert- son lo esperaba al pie de la escalera. Llegaba el día y la luz ya iluminaba el hermoso paisaje con el río inmenso de fondo. Hay una explanada entre el Convento y el agua (conservada aún y que he tenido la satisfacción de visitar). En ella se decidiría la lucha. Se veían los buques anclados y muchos soldados subían por la barranca. Se trataban de unos 250 hombres con 2 cañones chicos ( “de a 4”). Seguro iban a buscar víveres y rapiñar lo que encontraran. Se escuchaba nítido el redoble de los tambores y el agudo sonido de los pífanos. A poco, rompieron la marcha hacia el San Carlos, bandera desplegada al viento. San Martín los observaba atentamente. De pronto, algo lo alerta. Advierte que el rápido avance puede quitarle espacio de maniobra a la caballería y entonces baja a grandes zancadas la escalera. Al pasar le dice a Robertson, serio: -en dos minutos estaremos sobre ellos, sable en mano – . Saltó sobre la montura del caballo que su asistente tenía de la brida en el patio, hubo una breve y marcial arenga, imparte las últimas órdenes al Capitán Bermúdez –“nos encontraremos en el centro de la línea, usted ‘por la derecha y yo por la izquierda” – y ¡ a la carga! .- A todo esto, Robertson observaba los acontecimientos desde su inmejorable posición, en el campanario. Los realistas se acercan tranquilos y confiados, al mando del capitán Zabala, desplegados en formación de marcha y empujando los cañoncitos. Súbitamente, como un rayo vengador, los granaderos aparecen en dos alas a todo galope por detrás de la tapia, tomando los flancos peninsulares al revoleo del corvo glorioso. La atropellada fue tremenda. Apenas tienen tiempo los godos de hacer algún disparo de cañón y de última tratar de sostenerse al borde de la barranca a punta de bayoneta. No hubo caso. Debieron bajar apresuradamente corridos a sablazos y reembarcarse como pudieron, dejando en el campo los dos cañones, una bandera, 50 fusiles, 40 muertos y 14 prisioneros. Solo habían transcurrido 15 minutos de pelea. Los granaderos tuvieron 27 heridos y 15 muertos (entre ellos el capitán Bermúdez). Relata Robertson que el campo “estaba lleno de humo y muchos caballos corrían sin jinete”.- Hubieron episodios heroicos durante la acción. Una bala de cañón dio por tierra con el caballo de San Martín, dislocándole un brazo y apretándole la pierna al caer, por lo que queda casi inmovilizado. Inmediatamente fue atacado por varios enemigos y apenas esquivó un bayonetazo que le hirió en la mejilla. Mientras se defendía como podía con el sable, un soldado correntino de fuerza hercúlea llamado Juan Bautista Cabral le hace zafar a costa de su vida de la peligrosísima situación, con lo cual colabora la lanza del granadero puntano Manuel Baigorria. El arrojo de Cabral –como dice la conocida marcha- salvó la libertad de medio continente, pero él nunca tuvo el reconocimiento oficial “ pos mortem” del grado histórico de sargento, no obstante tengo entendido la recomendación de San Martín. Por otro lado, Buchardo se apoderó de la bandera española y el teniente Manuel Díaz Vélez se desbarrancó en su briosa atropellada y murió por las heridas recibidas. Este combate no fue de gran mèrito y San Martín solo lo consideró sí como un importante bautismo de fuego de su regimiento. Pero la trascendencia de esa carga a sable fue muy grande. La escuadrilla escarmentada se fue del Paraná y ya no habrían depredaciones en sus costas. Se despidió luego Robertson del Libertador “con muy cordiales adioses, no obstante apenado por la matanza –dice él – pero admirado por el coraje y la sangre fría de aquél Jefe “. Llegados a esta altura de la crónica, nos enfocaremos por un momento en la autorizada versión del ilustrado historiador José María Rosa respecto de Juan Parish Robertson. Es así que nos relata Rosa que este comerciante llevaba en la ocasión algunas petacas de mercaderías a Santa Fe, según el mismo le dijo a San Martín. Este, que lo conocía de Bs. As., le permitió presenciar el combate y, en la euforia del triunfo, hizo revelaciones al joven que, por extranjero y comerciante, le pareció de confianza. No sabía el Coronel que se trataba de un agente del Foreing Office (Oficina de Asuntos Extranjeros) y que anotaría cuidadosamente sus palabras. Lo volverá a encontrar sin sospechar jamás del mismo. Hasta en el Perú lo verá en negocios mineros. Conforme esta corriente de investigación histórica, Robertson recogía informaciones de todos quienes actuaban en el plano militar o político de la época.-

Bibliografía consultada: José Luis Busaniche – “San Martín vivo” Ed.Nuevo Siglo
José María Rosa – Historia Argentina – Tº 3 –Ed. Oriente

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