8 julio 2020

El ángel de cuero

* Por Monica Walger.

Tengo al ángel de cuero en mi mano. Tanto tiempo deseado, codiciado, llorado. Por fin ha muerto Paulina. Me da pena, pero la pena es infinitamente menor que la dicha de haber recuperado el ángel de cuero. Lo tomo con suavidad extrema, lo acaricio, lo sobo, lo agarro con fuerza, entonces puedo sentir algo parecido a pequeños choques eléctricos. No son agradables, me desconciertan hasta percibo las chispas pugnando por salir. Me asombro porque empiezan a surgir imágenes y lo veo todo. La casa y su sempiterno olor a pescado. Mi olor después de la jornada de trabajo de pesca y faenado, pescado, sudor, ajo y la olla caliente con la comida que preparó Paulina. El anzuelo que me sacó Pedro del dedo índice derecho, dolorosamente enganchado por la mala maniobra que hice al tirar la tanza, está sobre la mesa lleno de sangre, inofensivo ahora aunque triunfante por el daño hecho. Me sorprende ese collar de mostacillas, no es un regalo mío a Paulina y ella no se compra nada sin mi autorización. Y ahí está Paulina, ha hecho sus petates: un bolso de género de tapicería con un dibujo dudoso y manijones de cuero. Parecería que espera algo, sentada, nerviosa, en la mano el rectángulo de cartón rosado, un boleto de tren. Golpean a la puerta, nerviosamente toma todo con sus manos regordetas y torpes, no le alcanzan porque son muchas sus cosas: el infaltable sombrero de fieltro desteñido, la bufanda que le tejió la abuela para los 15, la revista que compra los martes, el bolso, el boleto. Quién la busca? Quién es? Qué pasa? Paulina te vas? Con otro? Con quién? Quiero oír la voz del que de ti se ha enamorado, quiero saber quién es. Pescado, sombrero, anzuelo, bolso, revista, pico de tucán, llantos, pena, boleto, silla, Pedro, son todos uno en mi asombro. No entiendo que dices, solo oigo tu voz desesperada, chillona y doliente. Te veo volver contrita y humillada. Lloras a mares con ese dolor que sale de las vísceras y cuyo clamor sólo detiene el estrechamiento de la garganta. Y comprendo que me ibas a dejar Paulina, pero antes te han dejado a ti. Fue porque no te quisieron que te quedaste a mi lado. Tantos años de mentira. Tampoco te quería yo Paulina, pero me ligaba a ti mi palabra de cuidarte para siempre, dada a tu padre. Estaba lleno de culpa por mis amoríos, discretos, pero de los cuales siempre estabas enterada. Y ahora el ángel me ha redimido, me ha liberado revelándome la verdad. Estamos a mano Paulina y me siento salvado. Te veo retomar la rutina, el farol sobre la mesa, las papas que pelarás para agregar al guiso que incompleto me dejabas antes de que tu mundo se desmoronara y te encontraras hueca y vacía, como mis años a tu lado. Ay, Paulina si hubiéramos hablado!

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