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sábado, julio 4, 2026

Donde el bañado era una herida abierta, comenzaba a nacer un parque

Centenario de la creación de la Comisión Pro Fomento Edilicio de 9 de Julio (1926–2026)

Por Héctor José Iaconis.

Hay decisiones políticas que trascienden la coyuntura y se instalan en la memoria de una ciudad como marcas fundacionales. El decreto del 5 de junio de 1926, mediante el cual el intendente municipal Florentino Valenzuela dispuso la creación de la “Comisión Pro Fomento Edilicio de la Ciudad”, es una de esos hitos. Se trató, en efecto, de la respuesta institucional a un problema real que amenazaba la salud pública y la habitabilidad de 9 de Julio y la expresión de una convicción que probablemente cruzaba la conciencia de aquella gestión municipal.

Al cumplirse cien años de aquella decisión, vale la pena detenerse en el proceso que la antecedió, en las personas que la llevaron adelante y en el legado que dejaron: el Parque “General San Martín”, hoy paisaje cotidiano y patrimonio verde de la ciudad, orgullo de toda la comunidad.

EL PROBLEMA QUE LA CIUDAD HEREDÓ

Antes de que existiera la ciudad tal como hoy la conocemos, el terreno que ocupa el actual parque era un bañado alimentado por las aguas de la laguna histórica ubicada en la quinta de Juan José Malcorra, de ahí su denominación. Su proximidad al centro urbano, apenas algo más de quinientos metros de la Plaza “General Belgrano”, convertía a esta laguna en una amenaza sanitaria constante.

A comienzos del siglo XX, las aguas estancadas propiciaban la proliferación de insectos y animales nocivos y la topografía deprimida concentraba los desagües pluviales de buena parte de la ciudad.

Como sabemos, esa zona baja tenía, además, una memoria más antigua que la de la higiene pública. Identificada como una de las “Tres Lagunas”, que daban nombre al paraje, era el territorio en torno al cual tantas veces transitaron los indígenas  y, más tarde, donde se ubicaron las tropas del coronel Julio de Vedia que habrían de fundar la ciudad. Un espacio cargado de historia, que la expansión urbana del siglo XX redujo a una laguna insalubre y olvidada.

El problema no era nuevo ni ignorado. Hacia 1916, el escribano Carlos Ortiz Costa, por entonces concejal, consideró urgente abordarlo y elaboró un proyecto para transformar ese sector en un parque público, un paseo de esparcimiento para el vecindario. La iniciativa fue sensata y bien fundada, pero chocó con la realidad de las arcas municipales de esa época. Las dificultades económicas impidieron su concreción inmediata.

La idea quedó latente durante una década, aguardando la voluntad política y los recursos que habrían de llegar.

Aspecto que presentaba la Laguna de Malcorra a comienzos del siglo XX.
Intersección de las actuales avenidas San Martín y Tomás Cosentino. Hacia la Laguna de Malcorra desagotaba una tubería desde el Molino «San Martín». Como el agua era limpia, allí se había formado un lavadero público.

EL GOBIERNO DE VALENZUELA Y LA DECISIÓN DE ACTUAR

La historia política de 9 de Julio en los años previos a 1926 no había sido precisamente apacible. La escisión de la Unión Cívica Radical en facciones antipersonalistas e yrigoyenistas había desgarrado el tejido político local.

En 1924, una sesión del Concejo Deliberante terminó con dos muertos (Agustín B. Lucero y Eugenio Rigamonti) en un episodio que marcó a fuego la memoria institucional del distrito. Justamente en esa sesión se iba a tratar otro proyecto que venía demorándose: la pavimentación de las calles.

A fines de 1924 la disputa por la conducción municipal derivó en la constitución de una doble municipalidad, llegándose al extremo de que algunos contribuyentes pagaron sus impuestos dos veces, a dos cuerpos que se atribuían simultáneamente la legitimidad del gobierno comunal.

Fue en ese clima de recomposición institucional que Florentino Valenzuela asumió el gobierno comunal el 1° de enero de 1926, luego de que el interventor provincial Juan J. Maiztegui normalizara la situación y le hiciera entrega de la municipalidad. Valenzuela, lejos de quedar paralizado por la pesada herencia política que recibía, desplegó una gestión orientada a las obras concretas.

Entre sus primeras decisiones de gobierno figuró retomar aquella  idea del escribano Ortiz Costa y ponerla en marcha.

Por decreto del 5 de junio de 1926, el intendente Valenzuela designó una comisión de vecinos caracterizados bajo la denominación de “Pro Fomento Edilicio de la Ciudad”, con el mandato explícito de dirigir la construcción de un parque municipal en el lugar donde existía la Laguna de Maldorra. A esta comisión se le encomendó también la tarea paralela de dirigir el saneamiento de la laguna de “Beraza”.

Intendente Florentino Valenzuela.

LA ADQUISICIÓN DE LOS TERRENOS: UNA OPERACIÓN QUE FUE TAMBIÉN UN ACTO DE GENEROSIDAD

Para construir el parque era necesario, antes que cualquier otra cosa, contar con la tierra. La Comisión Pro Fomento Edilicio debió gestionar la adquisición de los terrenos y podemos decir que, ocurrió a continuación, habla en buena medida  de la calidad moral de los vecinos que rodearon esa iniciativa.

El intendente Florentino Valenzuela y su señora contribuyeron con cinco mil pesos para la adquisición de la quinta de Ernesto Poggi, quien a su vez donó a la Comisión una parte de la misma. La quinta perteneciente a José Creixell, fue adquirida en dos mil pesos, aportados por los vecinos Emilio Repetto y Tomás Garbiso. La quinta de Dionisia Benedit, se obtuvo en mil quinientos pesos mediante donación de la sucesión de Domingo Apraiz.

Una fracción de la quinta número 8 fue aportada con fondos donados por Nicolás H. Robbio. La quinta número 9 se adquirió en tres mil pesos. La fracción de la quinta de Urbano Sánchez valió mil pesos. Finalmente, la quinta de Bernardo Gamiotes, se obtuvo en doscientos cincuenta pesos, reunidos con fondos propios de la Comisión  y con la cesión de una parte de la quinta número perteneciente a la sucesión de Anastasio Prieto.

El conjunto de estas operaciones revela un mecanismo que combina la gestión institucional con la generosidad privada en proporciones que hoy resultarían difíciles de replicar. No se trató de expropiaciones ni de transacciones puramente mercantiles,  parte de los terrenos llegó a la comisión a través de donaciones totales o parciales de sus propietarios, que renunciaron al valor de mercado de sus bienes en beneficio de un proyecto colectivo.

LA COMISIÓN: UN FRENTE CÍVICO POR ENCIMA DE LAS BANDERÍAS

Lo más notable de la Comisión Pro Fomento Edilicio no fue su constitución formal, sino su composición. En un período en que la política local estaba fracturada en facciones irreconciliables, la nómina de vecinos que integraron el cuerpo reunía, bajo un mismo objetivo, a hombres de procedencias políticas e ideológicas diversas. Ocupó la presidencia, Tomás Cosentino; la secretaría recayó en Emilio Adobato; la tesorería, en Juan Calandro. El resto de los cargos fueron cubiertos por Ramón N. Poratti, el ingeniero Juan Carlos Gómez, Juan B. Baztarrica, Enrique P. Cano, Zenón Gamboa, Gustavo Ferrere, Tomás Garbiso y Emilio Repetto, además de los representantes de la totalidad de las entidades sociales de la ciudad.

La primera visita oficial a los terrenos quedó registrada para la posteridad. En 1926, el intendente Valenzuela encabezó el recorrido acompañado por los miembros de la Comisión Pro Fomento Edilicio, en lo que constituyó el acto preliminar del proceso. Una fotografía de época documenta ese momento: una larga fila de hombres sobre el terreno aún inhóspito, mirando a la cámara con la seriedad que la ocasión merecía.

La presencia del ingeniero Juan Carlos Gómez en la comisión, y la posterior intervención de los ingenieros Burzaco y Herbin, quienes confeccionaron los planos definitivos del futuro paseo y establecieron el plan de trabajo, aseguraron el sustento técnico que requería una obra de esa envergadura. El agrimensor Luis Mondelli, jefe de Obras Públicas de la municipalidad, ejerció la conducción operativa de los trabajos junto a Cosentino y Repetto.

Tomás Cosentino, presidió la Comisión.
Emilio Repetto, en un retrato de juventud. Fue un vecino que colaboró activamente con la obra del parque.

LAS DONACIONES: EL TEJIDO SOLIDARIO DE UNA CIUDAD

La obra del parque se financió en una medida significativa con donaciones privadas que muestran la amplitud del compromiso ciudadano. Entre las más destacadas figuran cinco mil pesos aportados por la Municipalidad; sumas equivalentes donadas por el Club Atlético “9 de Julio” y por las sociedades Española, Italiana “Amicizia e Lavoro” y Cosmopolita. Otra  suma de mil ochocientos pesos correspondió a la firma “Ramón N. Poratti y Cía.”.

A esos aportes institucionales y empresariales se sumaron contribuciones individuales de Luis R. Catela, Leonardo Dodd, Juan Tisera, José V. Tassara, Germán Mouremble y numerosos vecinos que colaboraron con dinero, materiales o trabajo en fiestas y eventos organizados para recaudar fondos. El conjunto de las donaciones de los vecinos alcanzó una suma aproximada de veinticinco mil pesos, a la que se agregó el respaldo del Ministerio de Obras Públicas de la Provincia, cuya contribución fue calificada por las crónicas de la época como muy valiosa para la concreción de la obra.

Juan Calandro, el viverista que integraba la comisión, aportó plantas de ornamentación de su propio vivero. El ingeniero Luis Herbin trajo especies arbóreas de su establecimiento de campo “El Trébol”. El gobierno de la provincia hizo llegar quinientas plantas, aunque la cantidad resultó insuficiente para la extensión proyectada. El domingo 28 de agosto de 1927, en el Día del Árbol, los alumnos de la Escuela N.º 1 plantaron veintidós árboles en el sector destinado a los juegos infantiles.

Plano del proyecto del parque.

LA OBRA: TRANSFORMAR UN BAÑADO EN PASEO PÚBLICO

La empresa que emprendió la comisión no era sencilla. Transformar un bañado en un parque público implicaba, antes que plantar árboles o diseñar senderos, sanear un espejo de agua que arrastraba décadas de abandono. El proceso demandó la movilización de lo que las crónicas de la época describen como “un verdadero ejército de hombres”. Se profundizó la porción destinada a conformar el lago central y se elevó el nivel del terreno circundante mediante tierra extraída de las calles que habrían de pavimentarse.

El parque que emergió de ese esfuerzo colectivo no fue una explanada polvorienta con algunos árboles dispersos. El predio debía con un bonito kiosco, un gran portal de entrada, obras de arte internas, un puente sobre el canal de desagüe, y grandes y valiosas plantaciones que adornaban el conjunto con exuberancia. Lo que había sido una zona pantanosa e insalubre debía convertirse en el espacio verde de referencia de 9 de Julio.

En 1927, el acto de inicio de las obras del parque contó con la presencia del intendente que sucedió a Valenzuela, Ramón N. Poratti, quien fue acompañado por el secretario municipal Rafael Adobato, el encargado de Obras Públicas Luis Mondelli, el concejal Emilio Adobato, el secretario del Concejo Deliberante Ambrosio Martínez, así como también, José Bettoli, Emilio Repetto, Lorenzo Marini y Antonio Vanina.

La naturaleza intervino con sus propias lógicas. En los años ‘30, una intensa sequía secó la laguna y dejó al descubierto bancos de arena que fueron removidos para darle mayor profundidad al lago. Los cúmulos de arena que se extrajeron formaron dos islotes que el tiempo y la vegetación fueron fijando, dando origen, con los años, a una pequeña reserva ecológica. En la década siguiente se incorporaron cedros de hoja perenne para reforzar la zona ornamental.

Vaciado y dragado para el emplazamiento del nuevo espejo de agua.

LA CONTINUIDAD COMO VIRTUD CÍVICA

Una de las lecciones que nos deja esta historia es la del valor de la continuidad. La construcción del parque no fue obra de una sola gestión ni de un solo intendente. Las administraciones municipales de Florentino Valenzuela y de Ramón N. Poratti, respectivamente, llevaron adelante el proceso con coherencia y persistencia. Esa tríada de gestiones sucesivas, protagonizada en buena medida por las mismas personas bajo distintos roles institucionales, es lo que explica que el parque llegara a tener la fisonomía que terminó por consolidarse.

Cuando Valenzuela retornó a la intendencia, en su segundo mandato, continuó con los trabajos de relleno de la laguna de “Beraza” y con las obras finales del parque. El 4 de mayo de 1930, el Concejo Deliberante aprobó el despacho que autorizaba diversas mejoras urbanas, entre ellas obras en la Plaza “General Belgrano”, proyectadas también por el ingeniero Herbin. Para entonces ya estaban avanzadas otras grandes obras edilicias proyectadas por Herbín que exceden, por ahora, los alcances de este artículo.

El proceso fue interrumpido por el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, pero el parque ya tenía entonces una fisonomía consolidada que las turbulencias políticas no pudieron deshacer.

PALABRAS FINALES

Han pasado cien años desde que Florentino Valenzuela firmó el decreto que le dio forma institucional a una idea que llevaba ya una década esperando su momento. El Parque “General San Martín” existe hoy, sin dudas, porque en 1926 un grupo de vecinos decidió trabajar juntos, por encima de sus diferencias, para resolver un problema que afectaba a todos. También, por mérito de los propietarios que donaron sus tierras, de las instituciones que  aportaron su dinero; de los ingenieros y agrimensores que brindaron su saber y de los obreros que  pusieron sus brazos.

Tal vez podríamos afirmar que el parque es, en sentido estricto, un monumento colectivo. No tiene una placa con un solo nombre porque no le correspondería tenerla. Es el resultado de una suma de voluntades que el devenir del tiempo ha vuelto anónima, pero que la historia puede restituir.

En este centenario, nombrar a Cosentino, a Repetto, a Mondelli, a Calandro, al ingeniero Herbin, a Valenzuela, a Ramón N. Poratti y a todos los que donaron tiempo, dinero o trabajo, es el reconocimiento más simple y más honesto que esta ciudad puede hacerles.

Cada vecino que hoy camina por el Parque “General San Martín” transita, quizá sin saberlo, sobre el legado de quienes apostaron por la ciudad mucho antes de que tuviera la fisonomía que hoy le es familiar. Es laudable, en este centenario, hacer ese reconocimiento en voz alta.

Portada monumental de acceso en hierro forjado del Parque «General San Martín» realizada por Nicanor Bengoa junto a sus hijos e instalado el 31 de agosto de 1929.

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