22 septiembre 2020

La señora Tristeza

* Por Marisa Foresi (marisaforesi@yahoo.com.ar).

He aquí un breve comentario sobre esta señora que parece no tener cuerpo propio. Lo digo con conocimiento de causa porque un día se metió en el mío casi sin avisarme.
Al comienzo la acepté como amiga, buscando en ella consuelo, pero al poco tiempo su presencia se tornó abusiva y contro- ladora de mis emociones y mis acciones.
Me di cuenta que su tamaño no era siempre el mismo. Podía ser muy grande y ocupar mucho lugar. El día que lo noté yo parecía pesar más de lo acostumbrado, porque cuando caminaba me agitaba y casi arrastraba los pies, al punto que cada tanto debía sentarme. Creo que ella se había acomodado sobre mi espalda.
También podía hacerse menuda hasta pasar casi desapercibida, como la otra vez que se acurrucó detrás de mis ojos y yo no veía lo mismo que siempre, porque ella quería convencerme de que todo se resuelve en la gama de los grises.
Otro día se transformó en una cosa alargada y finita, tiene que ser así, porque sino, cómo hizo para entrar en mis oídos y enroscarse detrás de ellos para confundir los sonidos que antes me eran familiares.
Parecía tener manos fuertes, como no saberlo, si apretaba mis labios para que de ellos no salga una sola sonrisa y trababa mi lengua confundiendo las palabras con torpeza.
También creo que trabaja para la muerte, otra que tampoco tiene cuerpo propio, ya que un día se adueñó sorpresivamente del de mi querido hermano.
Durante mi duelo, parecía la compañía perfecta y por eso la metí hasta en mi cama. Pero esa mañana cuando ella apretó mi garganta hasta casi asfixiarme y con las sábanas hizo un túnel del que yo no podía salir, me levanté temprano con la determinación de despojarme de ella.
Me puse las zapatillas, ropa para trotar y salí de mi casa. Primero caminé con pasos lentos hasta la esquina, y al doblar aceleré, por si se le había ocurrido seguirme, luego comencé a correr y correr con la esperanza de desprenderme al fin, de tan sugestiva presencia. Tanto corrí, que cuando me senté en un banco de la plaza, me ví sin ella en mí.
Respiré con ganas y noté que me había alejado de su influencia, cuando disfruté mirar la mágica creación de la naturaleza expuesta por un florista y me escuché reir cuando un grupo de jóvenes se alborotaba sin aparente causa, sólo porque el viento le había arrebatado el sombrero a uno de ellos.
Esa noche, soñé a mi hermano… estaba lejos, y venía caminando tranquilo hacia mí.
Sin sobresaltos desperté liviana.
Ella había encontrado otro cuerpo donde anidar y la reconocí en la mirada triste de aquella anciana solitaria que parecía arrastrar la vida, y llevaba en sus manos algo enroscado que me pareció un rosario.

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