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Nueve de Julio
domingo, julio 19, 2026

La ciudad que no reconoció a su pastor. Un forastero que golpeó la puerta de su propia catedral

Por Héctor José Iaconis.

Toda fundación institucional, eclesiástica, civil o urbana, suele narrarse desde la solemnidad de sus actos fundacionales (bulas, decretos, ceremonias protocolares, discursos que consagran una fecha como hito). Esa es, sin duda, la historia que merece ser preservada. Sin embargo existe, casi siempre soterrada bajo el relato oficial, una historia menor, hecha de gestos anónimos e imprevistos, que revela con mayor crudeza la esencia humana en los procesos históricos.

La creación de la Diócesis de Santo Domingo en 9 de Julio, en 1957, no escapa a esta doble condición. Junto al andamiaje jurídico-canónico que dio origen a la nueva jurisdicción eclesiástica, sobrevive, transmitido por vía oral durante más de medio siglo, un episodio singular. La llegada incógnita de su primer obispo, monseñor Agustín Adolfo Herrera, a la ciudad sede de la Diócesis que habría de gobernar, y el inadvertido rechazo que recibió a las puertas de lo que sería, poco después, su propia catedral.

Este artículo se propone reconstruir, dentro de la limitación del espacip, ambos planos de esa historia. Por un lado, el proceso de reorganización territorial y demográfica que explica por qué, en la década de 1950, el mapa eclesiástico de la provincia de Buenos Aires debió redibujarse. Engarzado en él, el pequeño incidente humano que, sin figurar en ninguna fuente escrita, ilumina acontecimientos que se sucederán años después as{i como la tensión que existió entre dos de sus actores.

La cuestión territorial

Hacia mediados del siglo XX, la provincia de Buenos Aires atravesaba una transformación demográfica de proporciones considerables. Entre 1920 y 1950, según observaba el historiador Néstor Auza, la población del país había crecido en más de ocho millones de habitantes, generando particularmente en el ámbito bonaerense un desajuste manifiesto entre la distribución territorial de las jurisdicciones eclesiásticas existentes y la ubicación real de los nuevos centros urbanos.

Durante casi un cuarto de siglo, entre 1923 y 1947, se habían erigido pocos nuevos obispados en todo el país. En cambio, proliferaban, alentados por la migración interna, pueblos y ciudades cuya densidad poblacional excedía largamente la capacidad pastoral de las diócesis preexistentes.

El territorio que hoy ocupa la Diócesis de 9 de Julio, 57.016 kilómetros cuadrados, repartidos entre diecisiete partidos bonaerenses, había dependido sucesivamente de la Arquidiócesis de Buenos Aires, luego de la de La Plata (desde 1897) y finalmente de la de Mercedes (desde 1934). Esta cadena de dependencias jurisdiccionales revela cuán tardíamente las jurisdicciones eclesiásticas fueron capaces de adaptarse a la geografía real de la ocupación humana del territorio pampeano.

No es casual que, ya en 1928, la Cámara de Diputados hubiese aprobado una moción para crear la Diócesis de 9 de Julio, iniciativa que, sin embargo, naufragó en el clima de tensión diplomática entre el gobierno argentino y la Santa Sede de aquellos años.

La solución llegaría recién tres décadas después, bajo circunstancias políticas particulares. Tras el derrocamiento del segundo gobierno peronista, el gobierno de la autodenominada Revolución Libertadora se propuso restablecer los vínculos con la Iglesia católica, deteriorados por la sanción de leyes como la n.º 14.404 y la n.º 14.405, orientadas a modificar el régimen de relaciones entre el Estado y las confesiones religiosas.

El decreto-ley n.º 584, del 18 de enero de 1957, autorizó los trámites canónicos y civiles necesarios para la erección de doce nuevas diócesis y dos arquidiócesis en todo el país, entre ellas la de 9 de Julio. El 11 de febrero de ese mismo año, el papa Pío XII promulgaba la bula “Quandoquidem Adoranda”, dando nacimiento canónico a la Diócesis de Santo Domingo en 9 de Julio (en la nomenclatura latina, Sancti Dominici Novem Iulii), redactada por la Cancillería Apostólica y tramitada ante la Sagrada Congregación Consistorial[1].

Conviene subrayar, para comprender cabalmente la dimensión jurídica del proceso, que en 1957 aún regía en la Argentina el derecho de patronato, herencia colonial por la cual el Poder Ejecutivo nacional intervenía, junto al Senado, en la designación de los obispos y en el otorgamiento del «pase» o exequatur a los documentos pontificios. Al no sesionar entonces las cámaras legislativas por tratarse de un gobierno de facto, fue el propio Poder Ejecutivo quien ejerció, por decreto, las facultades que constitucionalmente correspondían al Congreso.

La creación de la Diócesis de 9 de Julio, sin dudas, es un acto inspirado por la Providencia. A partir de ese hecho de trascendencia divina, es también el resultado de una compleja negociación que conjuga la voluntad política y el derecho canónico.

Izquierda: Pbro. Domingo Güida; derecha: Mons. Agustín A. Herrera.

Un hombre sin nombre: la llegada incógnita del primer obispo

Sobre ese vasto entramado institucional se recorta, sin embargo, un episodio de escala radicalmente distinta, cuya conservación se debe exclusivamente a la memoria oral. Preconizado obispo el 13 de marzo de 1957[2], apenas conoció la noticia y antes de su consagración episcopal[3], monseñor Herrera decidió conocer, de manera extraoficial, la ciudad que habría de convertirse en sede de su gobierno pastoral. No medió aviso ni protocolo alguno.

Viajó acompañado únicamente por un amigo, cuya amistad se había forjado años atrás, en Roma, circunstancias azarosas, durante la juventud  del futuro obispo, y por la familia de aquel.

El vínculo, vale la pena recordarlo, tenía su origen en los años sombríos de la Segunda Guerra Mundial. Monseñor Herrera, entonces joven presbítero que completaba sus estudios en Roma, se veía privado de recursos para regresar a su patria y solía acudir al puerto de la ciudad en busca de algún barco de carga que aceptara llevarlo.

En una de esas caminatas conoció casualmente a un joven de familia acomodada, quien, conmovido por su relato, le facilitó el dinero necesario para el viaje. De aquella amistad imprevista, que perduraría en el tiempo y que llevaría, más tarde, a que su benefactor se radicara en la Argentina, derivaría, años después, el curioso itinerario que condujo a ambos hasta las puertas de la futura catedral de 9 de Julio.

Al caer la tarde, el grupo llegó a la iglesia parroquial (el templo llamado  a convertirse en sede catedralicia) y solicitó ingresar a conocerlo. Quien salió a su encuentro no era un sacristán ocasional, sino el propio párroco: el padre Domingo Güida, sacerdote nacido en Chivilcoy en 1887, doctorado en Teología y especializado en Derecho Canónico en Roma. Estaba  al frente de la parroquia de Santo Domingo desde 1921 y, para entonces, con treinta y seis años ininterrumpidos de ministerio parroquial sobre ese mismo templo.

Hombre de carácter recio y de convicciones firmes, rasgos que le granjearon tanto el respeto como la oposición, el padre Güida, ajeno por completo a la identidad de su visitante, se negó a franquearle el paso, alegando que el templo no permanecía abierto durante esa franja horaria. La respuesta habría sido brusca:

– ¡Yo no voy a abrirle la iglesia a forasteros!

Ni la insistencia de los viajeros logró conmoverlo. Tampoco ofreció hospedaje al sacerdote que vestía sotana y tenía frente a sí. Ante la consulta sobre dónde podrían alojarse, se habría limitarle a indicarle, con análoga descortesía,  la existencia del “Plaza Hotel”, ubicado a pocas cuadras.

En ningún momento monseñor Herrera reveló su condición, de hecho aún no había sido consagrado obispo. Y Güida, por supuesto, no tenía forma alguna de saber que aquel hombre, a quien acababa de negar el ingreso a su propio templo, asumiría –pocos meses después- el gobierno pastoral de la diócesis entera, incluida la parroquia que él mismo administraba.

La memoria de un desencuentro. Lo que no guardan los archivos

El episodio llegó hasta nosotros por un cauce estrictamente oral. Primero, fue Noel Villar, comerciante de la ciudad, quien lo recogió de labios de María, la hermana de crianza de monseñor Herrera,  quien lo transmitió, con las inevitables variaciones que introduce el paso del tiempo, a quienes después lo recordarían.

La piadosa mujer, que además estaba al cuidado de los padres del prelado, quienes vivieron una temporada en la sede de la curia eclesiástica, por esos años frecuentaba el comercio de Villar, que justamente poseía el rubro de santería. En estas circunstancias, cultivó una relación de amistad con su proveedor ocasional de artículos religiosos.

Otros vecinos contemporáneos y vinculados a monseñor Herrera también comentaron acerca del episodio. Incluso hubo quienes aseguraron que, el incidente habría llegado antes a conocimiento del obispo de Mercedes, monseñor Anunciado Serafini, quien enseguida se lo habría transmitido telefónicamente a Güida, para disgusto de este.

Cuando una delegación de vecinos de 9 de Julio viajó a Catamarca para participar, al mes siguiente, de la consagración episcopal de monseñor Herrera, algunos coterráneos de este les manifestaron conocer ese hecho.

El que nos ocupa, se trata, en rigor, de un episodio que jamás podría documentarse por vía archivística  y que sobrevive únicamente merced a una forma particular de conservación.

La transmisión oral que preservó este episodio, de labios de María, la hermana de crianza del obispo a Noel Villar, constituye la forma más antigua y más viva en que las comunidades custodian su pasado. Maurice Halbwachs observó que, junto a la historia escrita, subsiste siempre “una historia viva que se perpetúa y renueva a través del tiempo y en la que se pueden encontrar muchas corrientes antiguas que aparentemente habían desaparecido”[4]. Ese vínculo se transmite, sobre todo, a través del contacto entre generaciones.

Algo de esa misma dinámica opera en la cadena que salvó del olvido la llegada incógnita de monseñor Herrera. Una mujer, depositaria de la memoria y un testigo intermedio, atento a recogerla antes de que se disolviera. Ningún archivo podía custodiar aquel episodio, precisamente porque nunca perteneció al orden de lo documentado. Sobrevivió, en cambio, en ese territorio que Halbwachs describe como propio de la memoria colectiva, donde los hechos se conservan no por su registro, sino por el afecto y la continuidad de quienes los repiten.

Precisamente por tratarse de un testimonio no verificable con el aparato crítico habitual de la historiografía documental, conviene sopesarlo con la prudencia debida. Pero su verosimilitud interna y su persistencia entre distintos informantes autorizan, cuando menos, a rescatarlo como parte legítima de la tradición local, con la salvedad metodológica que corresponde a toda fuente de transmisión oral.

Según el mismo relato, aquel desencuentro inicial, tan involuntario como irreparable, sembró una distancia perdurable entre el obispo y el párroco. No fue armoniosa la relación entre ambos y esto acentuó aún más sus diferencias de criterio pastoral y de gobierno.

El desenlace fue expeditivo para los tiempos eclesiásticos. El 13 de enero de 1958, a poco más de medio año de la llegada de monseñor Herrera, el padre Güida presentó su renuncia al curato de la Catedral, y el 28 de febrero siguiente fue incardinado a la Arquidiócesis de La Plata.

Sería una aseveración demasiado económica pretender sugerir que aquel episodio subrepticio,  haya sido causa directa de su alejamiento. No obstante, la coincidencia cronológica entre unos y otros hechos (el desaire involuntario, las diferencias surgidas desde el comienzo junto con las objeciones y observaciones efectuadas por el obispo  y, por último,  la partida apresurada del sacerdote- autoriza, cuando menos, a sospechar que la memoria oral conserva algo más que una simple anécdota pintoresca.

Resulta significativo que, poco más de un par de meses después de aquella visita anónima, la ciudad entera se preparara para recibir con extraordinaria pompa a monseñor Herrera. El comisionado municipal, capitán Roberto Latino Córdoba, decretó feriado en todo el partido. Fue conformada una comisión oficial de festejos; el obispo de Mercedes, monseñor Serafini, exhortó al clero y a los fieles a recibirlo “con filial caridad y generosidad”. El 2 de julio de 1957, en la festividad de la Visitación de María, se celebró la toma de posesión canónica de la nueva sede episcopal, con discursos, procesiones y la asistencia de las principales autoridades civiles y eclesiásticas de la región.

El contraste no podría ser más elocuente. El mismo hombre a quien se le había negado el ingreso a un templo por simple desconocimiento de su persona, era ahora recibido como padre y pastor por la totalidad de una comunidad que, esta vez sí, sabía exactamente ante quién se inclinaba.

Monseñor Herrera, en ocasión de su consagración episcopal en Catamarca, luego de una merienda servida a quienes participaron de la ceremonia. A ambos lados sus padres y el comisionaro municipal de 9 de Julio, Roberto Latino Córdoba.

Palabras finales

Queda, entonces, esta historia menor a contraluz de la historia mayor. Mientras la Santa Sede tramitaba las bulas, mientras el Poder Ejecutivo nacional dictaba los instrumentos formales, mientras la Sagrada Congregación Consistorial deliberaba en Roma sobre la conveniencia de erigir nuevas sedes episcopales para acompañar el crecimiento demográfico del interior bonaerense, un hombre de sotana golpeaba, sin ser reconocido.

La puerta cerrada de un templo parroquial en una tarde cualquiera del otoño de 1957. Ese instante fugaz revela quizás, en buena medida, la trama subyacente de los orígenes institucionales: siempre solemnes en la formalidad de los pliegos; pero, quizá, más ambiguos, humanos y azarosos en la experiencia concreta de quienes los protagonizaron.

Acaso allí resida el valor último de rescatar estos episodios menores, para devolverle a la historia su condición esencialmente humana. La historia de nuestra querida Diócesis de Santo Domingo de 9 de Julio se encuentra edificada sobre las fuentes históricas, pero también sobre esos recuerdos de puertas que, por ignorancia o por simple rutina, permanecieron cerradas ante quien, sin saberlo aún el resto del mundo, ya era su primer pastor.

 

Bibliografía

Anales de Legislación Argentina, año 1957. Vol. XVII-A. Buenos Aires: La Ley, 1958.

Auza, Néstor. “La Iglesia Católica (1914–1960)”. En Nueva Historia de la Nación Argentina, editado por Academia Nacional de la Historia, vol. 8. Buenos Aires: Planeta, 2001.

Ferreres, Ignacio Bautista. Institutiones Canonicae. Vol. 1. Barcelona: Eugenius Subirana, 1920.

Iaconis, Héctor José. “Agustín Herrera. Tras las huellas del buen pastor”. Diario El 9 de Julio, 18 de marzo de 2016. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/65440.

Iaconis, Héctor José. “Domingo Güida. Fe, autoridad y compromiso pastoral en la vida parroquial de 9 de Julio”.  Diario El 9 de Julio, 30 de noviembre de 2025. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/191134.

Iaconis, Héctor José. Historia de la Diócesis de Nueve de Julio: Un acercamiento. Tomo 1. Manuscrito inédito, 2007.

Iaconis, Héctor José. “Monseñor Agustín Herrera y la erección de la Diócesis de Nueve de Julio”. Archivum: Revista de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina 30 (2014): 201-16.

Notas

[1] Dicasterio de antigua raigambre, instituido por Sixto V en 1587 con el fin específico de atender la erección de nuevas sedes episcopales.

[2] Héctor José Iaconis, «Monseñor Agustín Herrera y la erección de la Diócesis de Nueve de Julio,» Archivum: Revista de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina 30 (2014): 201-16.

[3] Celebrada el 11 de mayo de ese año en la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle. Si bien Catamarca no era su provincia natal, lo era por adopción.

[4] Maurice Halbwachs, La memoria colectiva, trad. Inés Sancho-Arroyo (Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004), 66.

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