2 diciembre 2020

El Ciro´s Bar. Recuerdos del 9 de Julio de ayer

[1º de agosto de 2011]

* Soliloquios de un memorioso…

Cada vez que escucho el tango Cafetín de Buenos Aires lo asocio con el Ciro´s Bar,  tal vez por aquella parte tan significativa de su letra cuando lo asimila a “como una escuela de todas las cosas”.

Es que efectivamente un bar  era donde se aprendían muchas cosas, cosas de la vida mundana y de la relación con otros y por eso sabiamente lo describió así ese gran poeta popular que fue Discépolo.

Era el lugar al cual, después del almuerzo y antes de la cena, los que estábamos casi al final del secundario concurríamos fiel y asiduamente para reunirnos con amigos, mayores muchos de ellos, y a través de los cuales manejábamos anécdotas, chistes, chimentos y despuntábamos las primeras disputas por nuestros prematuros alineamientos políticos.

Generalmente con vista a ese ventanal que se avecinaba a la puerta de comunicación entre el bar y el cine y a través del cual aprovechábamos para ver a los que pasaban y, especialmente, a las que paseaban.

Era regenteado por sus dueños, Renato Potetti y  “el Flaco” Mantese, que provenían del ramo de la joyería y relojería pero que parecían hechos a medida para este tipo de negocios ya que si allí reinaba la cargada, el apodo, la anécdota y todo aquello que caricaturizara a los concurrentes, ellos eran los reyes. Era difícil saber cuando allí se hablaba en serio o en broma lo que desconcertaba  a los que no los conocían.

Cerraba ese círculo original el mozo “Piro” que entre gastronómico y boxeador alineaba y catalogaba a los clientes.

El público era variado y heterogéneo, casuales, viciosos, románticos, veleidosos, “puraspintas”, quinieleros, timberos, cultos y de los otros, pero fundamentalmente toda gente que allí encontraba un punto de referencia para sus vidas y sus relaciones.

No faltaría, seguramente, quien podría repetir aquello tan hermoso del mismo tango que decía “sobre tus mesas que nunca preguntan lloré una tarde mi primer desengaño”.

Este bar tenía una particularidad en su impronta musical. A través de potentes parlantes, que hoy mismo cuando los evoco pareciera que me aturden, se escuchaban invariablemente los tangos de la orquesta de Héctor Varela. Un amigo decía que tenían un “long play” con mil grabaciones y para los que no éramos partidarios de esa orquesta nos cansaba escuchar repetidamente a Argentino Ledesma con aquello de “fumando espero….” o  “no llores no muchacha la gente está mirando…”. Siempre Varela…a toda hora, en todo momento.

El bar tenía sus momentos de apogeo, especialmente como kiosco de golosinas, en los intervalos del cine. En sus vitrinas se agolpaba la gente para comprar algo en el poco tiempo que había, recordando que en esas épocas el cine daba dos películas y de cine argentino los martes y viernes. Películas éstas, en algunos casos muy repetidas que hasta ostentaban la leyenda de “copia nueva” y que según algunos ya venían solas desde Buenos Aires, de acostumbradas que estaban.

El bar tenía como tres ambientes, entrando a la derecha estaban las mesas con paredes espejadas, sector que podría decirse que era el de mejor categoría y aunque no lo fuera exactamente el de “familias” como se solía poner en algunos bares y confiterías.

Dividido por una mampara de madera y vidrio estaba otro sector con otras mesas ya más simples y con otro tipo de concurrencia, son las que estaban frente a la barra del bar.

En continuación por ese pasillo y hasta el fondo estaban los sectores de juego, especialmente los billares, al que concurrían especialmente los más jóvenes.

Su vecindad con el cine le daba una dinámica especial como lugar de paso y por su ubicación en una de las calles de mayor movimiento sus puertas también servían de parada y en las noches de verano se poblaban sus mesas en la vereda adquiriendo otras características y diferente vitalidad.

Estoy seguro que el Ciro´s Bar ocupa el recuerdo de muchos porque fue emblemático para su época y quienes despuntábamos la primera juventud encontrábamos allí un lugar propicio para nuestras inquietudes, especialmente políticas,  y una forma de acercarnos a las  primeras informaciones sobre la vida mundana.

Las voces de la experiencia eran debidamente escuchadas y acreditadas como las que a veces nos dictaba, en sus repentinas apariciones y desde su mesa, Miguelito Di Siervi cuando las variables de su salud lo mostraban temporalmente alterado.

Mucho le debo al Ciro´s Bar aunque fueran pocos los años en los que fui su cliente y ahora le expreso mi reconocimiento a través de los gratos recuerdos que trato de volcar en forma de emociones.

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