22 septiembre 2020

Mujeres en la historia de 9 de Julio: Las fundadoras anónimas de la comunidad

El rol de la mujer en la historia de 9 de Julio, es una temática todavía poco estudiada; de hecho, hasta la fecha, no existe un trabajo de investigación que aborde esta interesante temática. En efecto, durante muchos años se olvidó tener en cuenta el protagonismo que, las mujeres, tuvieron en la vida social, institucional y cultural de la comunidad.
Sólo por citar, resultarían un tema interesante de estudio el rol de la mujer en las instituciones en el siglo XIX; en la fundación de la Sociedad Protectora de los Pobres o en los Comités auxiliares de las Sociedades Italiana y Española en el siglo XIX y XX; la Iglesia y el protagonismo de la Mujer a través La Liga Argentina de Damas Católicas en 9 de Julio y la fundación del Asilo de Huérfanas “Nuestra Señora de Luján”, en las primeras dos décadas del siglo XX; la mujer en el mundo del trabajo y el aporte de la mujer nuevejuliense en el arte, en el siglo XX, entre muchos otros.
En esta escueta semblanza queremos referir acerca del rol de la mujer en la fundación de 9 de Julio; teniendo en cuenta lo que significó para aquellas, formar parte de una avanzada dar en la lucha contra el aborigen, en el medio de un contexto de peligro, angustias y privaciones.

EN LAS HORAS DE LA FUNDACION
Cuando en octubre de 1863, Julio de Vedia, movilizó las fuerzas que instalaron la Comandancia 9 de Julio, en el Paraje Tres Lagunas, en torno a la cual se fundó la actual ciudad de 9 de Julio, no solamente conformaban aquel contingente los soldados del ejército de línea. También había un conjunto de civiles, hombres y mujeres que, con el correr de los meses, se fue incrementando.
¿Quiénes fueron las primeras mujeres que habitaron estas tierras? Sin dudas, las aborígenes de las tribus que habitaban la zona, de las cuales, lamentablemente no han quedado registros concretos.
En el período fundacional de 9 de Julio, los esposos de los oficiales y de los soldados, las esposas de los civiles y, más dispersas, las mujeres de los gauchos, fueron las primeras en habitar el Partido de 9 de Julio. Sus nombres parecen perderse en un mar de documentos olvidados y, apenas, han salido a la luz, de aquellos años de la fundación, los nombres de algunas pocas: Lasthenia Videla, esposa del Julio de Vedia; Mercedes Vázquez de Labbé, educadora; Bonifacia Vieyra de de la Plaza, esposa del capitán Alejandro de la Plaza, también maestra; Gerónima Bustamante de Tobal, lavandera de las tropas; Mercedes Gache de Calvete; Emilia Agudo de Cristobo; Máxima Bonahora de Vío; Josefa Gandulfo de Iraizos; Marciana Barrera; Pilar Rubio; Inés Suárez; Tomasa Nuñez; Laura Rosetti; Natalia Pores de Díaz; Ecília Plaza; Martina Maritorena e Isidora Córdoba de García, son los nombres de algunas de aquellas mujeres que se instalaron en estas tierras acompañando a sus esposos y, en algunos casos, afrontando luego la dura viudez cuando su marido caía en combate. Pero la lista debería continuar, pues es mucho más extensa; más aún si se complementa con los nombres de las adolescentes y niñas que también se encontraban en el lugar.
Gerónima Bustamante de Tobal, llegó a estos lugares junto con las tropas del general Vedia, sirviendo como lavandera. En 1938, cuando contaba 108 años de edad, fue entrevistada por un periódico local y, en esa oportunidad, recuerda: «Llegué a 9 de Julio con las tropas que vinieron para fundar el pueblo. Me desempeñaba como lavandera de los oficiales. En esa época mi trabajo lo hacía en cómodas bateas, sino en cueros de vaca, o lo que se formaba el recipiente para contener el agua necesaria».
«Permanecí –añade doña Gerónima- en la guarnición de 9 de Julio hasta que, en 1868, un año después de perder a mi primer hijo durante la epidemia de cólera que se desató en el pueblo, pase al fuerte General paz, cuando la línea de fronteras fue avanzadas hasta ese punto”.
En la década de 1930, ya anciana, Amelia de la Plaza, quien se radicó junto a sus padres apenar fundado el pueblo, siendo niña, en una entrevista periodística, narraba parte historia y de la familia. En un pasaje del relato, aseguraba: “Vivimos horas de intensa angustia, por la vida arriesgada llena de peligros que padecían no solamente los militares sino también los vecinos que vivían allá por el año 1863 a 1875”.
“Estas tierras –agrega doña Amelia – estaban, en cierto modo, bajo el dominio de los indios. En el año 1864 mi padre fue destinado, con el Batallón 9º de Infantería del cual formaba parte, a la guarnición de 9 de Julio, radicándonos entonces junto con mi madre y hermanos en este pueblo, que en esa época recién comenzaba a poblarse”.
Cuando, en 1865, estalló la Guerra del Paraguay, muchos fueron los soldados -que vivían en 9 de Julio- que debieron dejar sus familias para ir al frente de batalla. Una gran parte de ellos no retorno con vida cuando, en 1870, concluyó el conflicto bélico. Ese fue el caso del padre de doña Amelia de la Plaza:
“En el año 1866 -prosigue el relato doña Amelia- fue destinado el Batallón 9º a la Guerra del Paraguay, marchando mi padre con él. Luego intervenir en diversas acciones, como parte el Asalto de Curupaytí, donde fue gravemente herido, muriendo en la ciudad de Corrientes ocho días más tarde… La muerte de mi padre dejó en el mayor desamparo a mi madre y sus hijos o todos menores…”

LAS MUJERES EN LA FRONTERA
Además de aquellas mujeres que se ubicaron en torno a la Comandancia Militar y que habitaron el pueblo de 9 de Julio, otras lo hicieron en condiciones peores aún; en los fortines de avanzada, que custodiaban la frontera.
En el Partido de 9 de Julio; mejor aún, en el territorio que entonces ocupaba el distrito, existían los fortines: “Pozo Pampa” o “General Acha” (a casi 30 kilómetros del cantón «Bragado» entre el límite de Bragado y 9 de Julio), “Tapera del Hinojo” (a a 26 kilómetros al sureste de la comandancia de «Tres Lagunas»), “Tapera del Médano Mangrullo” (establecido en mayo de 1863), “Médano de Illesca” (ubicado a 28 kilómetros al oeste de la Comandancia «Tres lagunas»), “Bagual o Guevara (fortín-Comandancia), “Loncaguë”, “Picaso” o “Coronel Sosa” (en el Cuartel Segundo de 9 de Julio, cerca del límite con el partido de Bragado), «Rauch» (en el cuartel 6 de 9 de Julio), “Los Angeles”, “Tapera del Médano Socavón” (también en el Cuartel Segundo), Tapera de Silva (en tierras arrendadas por Pedro Silva, instalado desde 1862 en la propiedad de los hermanos Naón), entre otros. También, años más años menos, completaban la Línea de Frontera, “Fortín Comisario”, “Fortín Algarrobos”, “Fortín Maya”, “Fortín Luna”, “Fuerte General Paz” y “Fortín Rifles”; la “Azotea Barreras” y la “Azotea Sommariva” . En todos ellos, en mayor o en menos medida, había mujeres que colaboraban con las tropas allí guarnecidas.
El comandante Manuel Prado, en su famoso librito “La guerra al malón”, afirma que, “…las mujeres de la tropa eran consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos – se les daba racionamiento y, en cambio, se les imponían también obligaciones: lavaban la ropa de los enfermos, y cuando la división tenía que marchar de un punto a otro, arreaban las caballadas”.
“Había algunas mujeres -como la del sargento Gallo- que rivalizaban con los milicos más diestros en el arte de amansar un potro y de bolear una avestruz. Eran toda la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible…”, refiere Prado.
Otro autor, el teniente coronel Eduardo Ramayón, nacido en 1865 y fallecido cerca de cumplir un centenario de vida, dice: “Unas casadas por la iglesia, y otras detrás de la puerta; sus viviendas era ranchos con un cuero de puerta; por todo racionamiento recibían una libra y media de carne y alguna onza de arroz, lo que unido a la parte del marido, cuando estaba presente en el campamento, les permitía mantenerse durante el día, ayudándose con un mate amargo…”.
“El agua y la leña –continúa Ramayón- las traían desde lejos, y siempre con sus hijitos a cuestas. Durante el año lavaban la ropa de la tropa a cambio de una parte de la quincena, que consistía en yerba, jabón, tabaco muy malo y dos pliegos de papel de fumar, raciones que, con la desaparición del indio, quedaron definitivamente suprimidas”.
Estas mujeres con destino inesperado tomaron parte de aquel ejército al que el gaucho fue enganchado de prepo. Compartían la vida de los fortines donde se padecía hambre y frío; no pocas dieron a luz en la vasta soledad y muchas formaron parte del cuerpo militar. Algunas tenían sueldo del Estado, que muy tarde o nunca percibían.
Hicieron de curanderas sólo con yuyos y tisanas, cuidaban los enfermos, lavaban la ropa, cocinaban, cazaban avestruces para comer y además combatían jugándose la vida a cada instante. Los únicos momentos de alegría era en ocasión de los bailes, donde alguna vez también se batieron a duelo por un amor disputado. Se las llamó despectivamente “chinas”, “milicas”, “cuarteleras” o “chusma”. Algunas eran esposas, otras novias y muchas madres.

“MAMA CARMEN”
Eduardo Gutiérrez, en su libro «Croquis y siluetas militares», menciona reiteradamente una tal Carmen Ledesma, mujer de agallas, fortinera, que había llegado a alcanzar el grado de sargento, pese a su condición de mujer. Este personaje militaba el Regimiento 2º de Caballería, cuerpo que llegó a comandar en el Fuerte General Paz, entonces Partido de 9 de Julio, en ausencia de los hombres.
En efecto, Carmen Ledesma, conocida como «la negra Mamá Carmen», en cierta ocasión en que el coronel Lagos tuvo que abandonar con la tropa el Fuerte General Paz, debió quedar el frente del mismo.
Antes de la partida de la tropa, administraba el almacén de provisiones y se daba maña para cocinar tortas, dulces, galletas y empanadas. Cuando Lagos se fue, en el fuerte había solamente tres soldados enfermos.
Ante la inminencia de un ataque indio, la negra Mamá Carmen vistió con ropa de soldado a las mujeres, y les distribuyó las contadas carabinas. Mantuvo el izamiento y arrío de la Bandera para sugerir que existía un auténtico batallón. Tenía en el mangrullo dos pequeños cañones de bronce.
Repelieron el ataque de un malón con fiereza y, por ello, fue ascendida al rango de sargento. Tuvo 16 hijos, de los cuales 15 murieron en las sucesivas guerras. Uno solo le quedaba, el cabo Angel Ledesma, que murió en ese fuerte. Su propia madre le rindió honores formando la Guardia de Honor para el caído.
Sobre las mujeres cuarteleras dijo Sarmiento: «Las mujeres, lejos de ser un embarazo en las campañas, eran, por el contrarío, el auxilio más poderoso para el mantenimiento, la disciplina y el servicio (…) Su inteligencia, su sufrimiento y su adhesión sirvieron para mantener fiel al soldado que, pudiendo desertar, no lo hacía porque tenía en el campamento todo lo que amaba.».

LAS CAUTIVAS
En la historia de la guerra contra el aborigen hubo pocas experiencias más dramáticas que la de las cautivas. La escena se repitió casi sin variantes durante los siglos de lucha fronteriza.
Después de cada malón, los indios se llevaban consigo no sólo los ganados de las estancias, sino también un grupo mujeres (a veces también de muchachos o de niños) para las cuales comenzaba una nueva vida: una vida entre sus captores, allá, en las lejanas tolderías de «tierra dentro».
¿Qué tareas realizaban las cautivos en las tolderías?. Lucio V. Mansilla las sintetizó muy bien en su célebre «Excursión a los indios ranqueles»: debían lavar, cocinar, cortar leña con las manos, cuidar los ganados y servir «de instrumentos para los placeres brutales de la concupiscencia». Pero, además, las cautivas cumplían otras funciones en la sociedad indígena: podían ser ante todo objeto de comercio intertribal; es decir, de intercambio entre las distintas etnias aborígenes.
Las cautivas, especialmente, introdujeron en la cocina indígena comidas de origen criollo. En los toldos ranquelinos, Mansilla fue invitado a comer unos pastelitos preparados por una de ellas.
El destino de la mujer cautiva fue muy diverso. En la mayoría de las ocasiones convertidas en esposas o concubinas de los indios, formaron familia en los toldos. Los vínculos afectivos arraigaron a muchas de ellas en la pampa, por lo que ya no quisieron volver.
Regresar, ¿para qué?, ¿para ser despreciadas por haber vivido y procreado entre los indígenas, entre los bárbaros?. En “La Cautiva”, el poema de Echeverría, Brian no deja de despreciar el pasado de María, la cautiva de sus amores.
Algunas de las mujeres que convivieron con los indios, a pesar de todo, retornaron a sus hogares. Sin embargo, con el tiempo, muchas optaron por desandar el camino y reencontrar la familia que habían abandonado.

EN EL SIGLO XIX
Las estadísticas surgidas de los relevamientos censales nos permiten conocer el movimiento de la población femenina en el Partido de 9 de Julio.
Según el Censo Nacional de Población de 1869, vivían en el interior del Partido de 9 de Julio 821 mujeres (1312 varones). En el pueblo, habitaban 390 mujeres (522 varones). 203 mujeres eran casadas, 182 solteras y 47 viudas.
Ciertamente, era alto índice de analfabetismo en las mujeres:165 sabían leer y escribir y 178 solo escribir.
El Censo Provincial de 1881 indica que 680 mujeres, habitaban la planta urbana de 9 de Julio; y 2551 mujeres, la zona rural. Es decir, había 3231 mujeres, en la totalidad del Partido.
Al leer esos datos, es inevitable formularse una pregunta: ¿Qué profesiones realizaban las mujeres entonces?. El mismo censo de 1881, aunque parcialmente, lo revela: en el Partido de 9 de Julio había 40 cocineras, 24 costureras, 1 comerciente, 44 mucamas, 89 hacendadas, 80 jornaleras, 3 lecheras, 37 lavanderas, 4 maestras, 6 planchadoras, 1348 mujeres desocupadas y sin especificación (aquí se solía ubicar también a las prostitutas). El auge de la inmigración hizo aumentar, lógicamente, la población y para 1895, sobre una población de 17.100 habitantes, 7161 mujeres en el Partido de 9 de Julio.

PALABRAS FINALES
La vida de las mujeres en los años de la fundación de 9 de Julio no fue fácil. Por el contrario, en muchas ocasiones llegaron a combatir con valor sereno y firme, jugándose la vida a la par de los soldados.
Ellas fueron compañeras abnegadas del soldado, del gaucho y de los civiles que vivía en la Comandancia que, a paso firme, se iba convirtiendo en el pueblo de 9 de Julio. Cuidaba de los enfermos, se las ingeniaba para ser más agradable la vida en el desierto. En el Sesquicentenario de la fundación de 9 de Julio, nuestro homenaje a aquellas mujeres.

Fuentes: “Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1870”, por Buenaventura Vita/ Album “El Orden”, 1938/“El General Julio de Vedia. Su vida y trayectoria militar”, por Meinrado Hux/ «Croquis y siluetas militares», por Eduardo Gutiérrez/ “Una excursión a los indios ranqueles “, por Lucio Mansilla/ “La guerra al malón”, por Manuel Prado/ “Las cuarteleras: cuatro mil mujeres en la conquista del desierto”, por Vera Pichel/ «Historias de cautivos en tiempos de lucha fronteriza», por Carlos Mayo (artículo en «La Nación»)/ “Las olvidadas mujeres fortineras”, por Carlos Alberto Del Campo/ “La mujer del soldado”, en www.revisionistas.com.ar/ «Historia de Carlos Casares», por Simón Sigal/ ediciones oficiales de los Censos Nacionales de Población de 1869 y 1895 y del Censo Provincial de 1881.

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