28 febrero 2021

«La Plaza de los tilos»

** Espacio coordinado gentilmente por Nélida Spinetta de Secreto

Con motivo de haberse celebrado el pasado 27 de octubre el 154º aniversario de 9 de Julio, recordamos la poesía escrita por Armando Tejada Gómez.

Texto Armando Tejada Gómez Ciudad de 9 de Julio, Bs.As. 1977

TILOSAEREA2
Vista aérea de la Plaza Belgrano con los tilos en su esplendor.

Tela del cielo, urdimbre de la sombra en lo verde,
las hojas de los tilos desmenuzan la luz
y ella, que se demora como una telaraña,
hilando la paciencia del día al mediodía,
deja pasar el sol.
Es casi una enmelada cabellera de abejas,
un parpadeo de oro, un travieso vitró,
que trama, allá en la copa, una landa de ramas
en el aire que pasa con la camisa al aire
como una imperceptible bandera del color.

Sólo hay que alzar los ojos y mirar hacia el cielo
cuando el día visita la Plaza de los Tilos
para ver el aroma, la forma del aroma,
como una catedral que trepa al infinito
y todo vuela y todo se nos va de las manos,
nos impone modales de pájaros o niños
o sueños o costumbres de antiguos navegantes
exiliados en estas llanuras del exilio.
Sólo hay que alzar los ojos y admitir el aroma
cuando uno pasa bajo la sombra de los tilos.

Digo estas cosas, canto con este aroma verde,
desde que ella ha llegado y me lo ha dicho todo.
Entra a casa y perfuma hasta el último olvido
y hay en todas las cosas un alud de malvones,
un follaje, un regreso de la naturaleza
que hace imposible el árido suicidio de estar solo.
Entiendo la llanura sólo como horizonte:
no entiendo la llanura. Soy Montañés, no puedo.
Entiendo hacia lo algo, hacia el valle, hacia el río,
digo que llanura es ciega, pero lejos.
Hamlet se ríe, digo Hamlet Lima Quintana
no el fantasma de Shakespeare. Hamlet y Dora se ríen
y el horizonte es sólo llanura en mi silencio.
Pero un día he llegado al pueblo de Dorita,
fundado de horizonte a una legua del cielo,
y he ido de su mano, del vuelo de su mano,
de persona a persona, de puerta en puerta y luego
ya de vuelta y con todo el crepúsculo encima,
entramos a la Plaza de los Tilos, al sueño
que caminó soñando todo este largo aroma
y que, aún de mi mano, se la llevaba lejos:
a saber a qué ronda de su niñez, al patio
donde para diciembre le nevaban los jazmines,
a los primeros ojos que le abrieron los ojos,
al primer manotón de llanto incontenible.

La regresé. Le dije: qué extraño, el horizonte
huele a tilos. No es ciego. Me mira desde vos.
Al oeste crecía el sayal de la noche
tapando el horizonte. Pero ya éramos dos.

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