Por Héctor José Iaconis.

El 5 de agosto de 1922, el diario “La Época” de Buenos Aires dedicaba una extensa crónica para narrar con profusión de detalles las fiestas patronales celebradas en la ciudad de 9 de Julio. Aquel texto periodístico, si bien responde a los cánones del género informativo de la época, trasciende su condición meramente noticiosa para constituirse en un testimonio excepcional de las prácticas ceremoniales, las dinámicas políticas y las formas de sociabilidad que articulaban la vida de 9 de Julio, en las primeras décadas del siglo XX. Más aún, ese relato escrito encuentra un complemento de valor incalculable en el registro fílmico que Federico Valle, pionero de la cinematografía argentina, realizó de aquellas jornadas festivas, material que, gracias al esfuerzo de preservación emprendido décadas más tarde por el siempre recordado coleccionista Carlos Alejandro Raitzin, ha logrado pervivir hasta nuestros días.
La confluencia de estos dos testimonios, el textual y el audiovisual, nos permite reconstruir con precisión no solo los acontecimientos puntuales de aquella celebración, sino también comprender las estructuras sociales y las expectativas colectivas que definían la fisonomía cultural de una comunidad que buscaba transitar, aunque lentamente, hacia la modernización.
EL CONTEXTO POLÍTICO Y LA PRESENCIA DEL GOBERNADOR CANTILO
Las fiestas patronales de 9 de Julio adquirieron en 1922 una relevancia particular debido a la presencia del gobernador de la provincia de Buenos Aires, José Luis Cantilo. Según consigna “La Época,” el mandatario provincial llegó a la localidad acompañado de una nutrida comitiva que incluía al vicegobernador Solanet, los ministros de Gobierno y de Obras Públicas, el secretario de la Gobernación y legisladores provinciales.
La recepción que el pueblo dispensó al gobernador fue, en palabras del cronista, “imponente”. Desde las primeras horas de la mañana, las bombas de estruendo y las bandas de música anunciaban el clima festivo que envolvería la jornada. Una “compacta columna” se organizó espontáneamente para recibir a Cantilo a su llegada a la estación ferroviaria. En esa manifestación popular participaban asociaciones extranjeras, representadas por las colonias italiana, española y la “unión libanense”, cada una portando sus respectivas banderas. La banda de policía de la provincia y dos bandas de música locales alternaban sus marchas durante todo el recorrido, mientras que un piquete de guardias de seguridad en traje de gala flanqueaba la columna.
No es un dato menor que los niños de las distintas escuelas locales se hubieran apostado a lo largo de la avenida General Vedia, agitando pequeñas banderitas argentinas y arrojando flores al paso del gobernador. Esta escenografía cívica, cuidadosamente construida, respondía tanto a una espontánea manifestación de afecto popular como a una puesta en escena del poder político, que buscaba legitimarse a través del contacto directo con las bases sociales del interior. El corresponsal de La Época subrayaba que «el paso del gobernador señor Cantilo era saludado con grandes aplausos y aclamaciones, evidenciando el pueblo en su entusiasmo el afecto que siente por su primer mandatario».
CEREMONIAS RELIGIOSAS Y CÍVICAS
El programa oficial de los festejos combinaba, como era habitual en estas celebraciones, elementos religiosos y cívicos. A las 8:30 de la mañana, una numerosa delegación de elementos representativos de la política, el comercio, la industria y la sociedad de 9 de Julio, presidida por el intendente municipal, Natalio Chanetón, el senador Eduardo Fauzón y el diputado Taurel, concurrió a la estación del ferrocarril para dar la bienvenida al gobernador. Posteriormente, el cortejo se dirigió al templo parroquial, donde se ofició una solemne misa cantada. El periodista destaca que durante la ceremonia religiosa pronunció una “bella disertación” un prestigioso orador sagrado, monseñor Dionisio Napal. Concluida la misa, se efectuó una procesión religiosa alrededor de la Plaza “General Belgrano”, a la que asistieron el gobernador y su comitiva.

LOS BANQUETES Y DISCURSOS OFICIALES
Pasadas las 12:30 horas, el gobernador y sus acompañantes concurrieron al almuerzo popular organizado en el Prado Español, “donde fue objeto de grandes demostraciones de simpatía”. Desde luego, solamente se trató de un paso fugaz por este ya que, a las 13 horas les aguardaba, en el Teatro Rossini, el almuerzo que las autoridades municipales ofrecían al mandatario provincial. Según el diario, “tomaron asiento alrededor de la bien adornada mesa” no solo las autoridades mencionadas, sino también representantes del mundo empresarial, profesional y asociativo nuevejuliense de entonces.
Durante el banquete, el intendente Chanetón pronunció un discurso de bienvenida que el periódico reproduce. En esa alocución, el jefe comunal expresaba su “emoción” ante la visita del gobernador y afirmaba que “este pueblo que exhibe confundidos festejando vuestra llegada, el comercio con el productor, el industrial con el obrero, la iglesia con los liberales” demostraba una “conquista de la cultura social” que permitía superar los antiguos conflictos entre capital y trabajo. El tono optimista del discurso, característico de la retórica radical de la época, enfatizaba la capacidad del gobierno para generar consensos transversales y para promover una armonía social que trascendiera las divisiones de clase.
Cantilo respondió con palabras que, según el autor de la crónica, fueron “frecuente y largamente aplaudidas”. El gobernador agradeció “la calurosa recepción” y destacó que aquella demostración popular constituía “la prueba fiel del regocijo y agradecimiento que se exterioriza por vuestros proyectos ferroviarios para este pueblo”. En efecto, uno de los ejes centrales del discurso gubernamental era la promesa de obras de infraestructura que favorecerían el desarrollo económico de la región.
Sin embargo, la jornada no transcurrió según lo planeado. El artículo de «La Epoca» consigna que la noticia del fallecimiento del doctor Guillermo Udaondo, ex gobernador de Buenos Aires y figura política de relevancia, llegó a conocimiento de Cantilo durante el almuerzo, lo que determinó que el mandatario provincial no asistiera a los actos restantes del programa oficial. El diputado Alberto Dehenen, que debía tomar un tren de regreso, explicó esta circunstancia y aprovechó para “hacer, a pesar de militar en el partido conservador, un elogio de la personalidad del señor Cantilo y de su acción de gobierno, que dijo miraba con patriótica simpatía”. Este gesto de reconocimiento, poco frecuente en la áspera dialéctica política lugareña de la época, subraya el clima de relativa concordia que caracterizaba aquellas celebraciones locales.
EL PARTIDO DE FÚTBOL Y LAS ACTIVIDADES POPULARES
Además de los actos oficiales, el programa de festejos incluía actividades deportivas y recreativas destinadas al conjunto de la población. Se menciona específicamente un partido de fútbol disputado “por un team de 9 de Julio y otro de Carlos Casares”, en el cual “se disputaba una medalla de oro donada por ‘La Epoca’”. El resultado fue un empate a cero.
El redactor lamenta que “todos los actos que componían el programa de festejos se realizaron, restándole la importancia que debieron tener, la ausencia del gobernador y su comitiva”. No obstante, la jornada transcurrió en un clima de alegría popular, tal como lo testimonian las fotografías que ilustran la crónica periodística y, más significativamente, las imágenes en movimiento que Federico Valle capturó con su cámara cinematográfica.
FEDERICO VALLE Y EL REGISTRO CINEMATOGRÁFICO
Federico Valle fue uno de los pioneros de la cinematografía argentina, cuya trayectoria profesional se extendió desde las primeras décadas del siglo XX hasta mediados de siglo. Valle se dedicó a registrar eventos de diversa índole: ceremonias oficiales, acontecimientos deportivos, actividades sociales y, como en este caso, fiestas patronales en localidades del interior. Su trabajo respondía a una doble lógica: por un lado, satisfacía la demanda de las elites locales y las autoridades políticas que deseaban perpetuar mediante la imagen en movimiento la memoria de sus celebraciones; por otro lado, alimentaba el incipiente mercado cinematográfico argentino, ávido de material documental que pudiera proyectarse en las salas de cine como complemento de las funciones de ficción.
El registro fílmico de las fiestas patronales de 9 de Julio en 1922 -que incluímos al pie de este texto- constituye, entonces, un testimonio de valor excepcional. A través de sus imágenes, mudas, en blanco y negro, con la característica cadencia visual del cine mudo, podemos acceder a una dimensión sensorial y vivencial que ningún texto escrito, por minucioso que sea, puede transmitir cabalmente. La forma en que la gente se vestía, la manera en que se movía, los gestos, las expresiones faciales, la disposición espacial de los cuerpos durante los actos públicos: todo ello queda capturado en el celuloide y nos permite experimentar, casi un siglo después, la atmósfera de aquellas jornadas.
Que estas imágenes hayan llegado hasta nosotros no es, sin embargo, un hecho fortuito. La preservación del patrimonio audiovisual del país ha sido, históricamente, una tarea azarosa y fragmentaria, librada en gran medida a la iniciativa de coleccionistas privados y de investigadores que, movidos por la pasión y el compromiso cívico, han asumido la responsabilidad de rescatar materiales que de otro modo se habrían perdido para siempre. Tal fue el caso de Carlos Alejandro Raitzin, coleccionista nuevejuliense y estudioso de la cinematografía operativa, cuya labor merece ser reconocida y valorada.
A partir de una cinta original en 35 milímetros perteneciente a José María De la Plaza, Raitzin obtuvo en 1995 el procesamiento del material en formato VHS, y posteriormente efectuó su digitalización. Este proceso de transferencia de soportes, del celuloide al video analógico, y de este al formato digital, no solo garantizó la supervivencia física del material, sino que también amplió exponencialmente su accesibilidad. Gracias a esa labor, investigadores, historiadores, estudiantes y ciudadanos en general pueden hoy consultar estas imágenes y enriquecer su comprensión del pasado local.
PALABRAS FINALES
Las fiestas patronales de 9 de Julio celebradas en agosto de 1922 representan, en suma, mucho más que un episodio anecdótico en la historia local. Constituyen, por el contrario, un microcosmos a través del cual podemos comprender procesos históricos de mayor envergadura: las estrategias de legitimación del radicalismo, las formas de sociabilidad característica de las comunidades del interior, el papel del ferrocarril como vector de modernización, la creciente popularidad del fútbol como práctica deportiva, y el surgimiento del cine documental como instrumento de registro y construcción de memoria.
La confluencia del testimonio escrito, la crónica de La Época, y del testimonio fílmico, con las imágenes captadas por Federico Valle, nos ofrece una oportunidad excepcional para reconstruir con precisión aquellas jornadas.


