14 agosto 2022

Ramón Fenoll. El custodio del reloj de la Iglesia

Por Héctor José Iaconis

* De origen español, vivió parte de su juventud en Argelia (Africa) y participó de la Guerra de Cuba.
* Experimentado relojero y mecánico, radicado en 1911 en 9 de Julio, enseguida fue puesto a cargo del reloj de la torre de la Catedral, labor que desempeñó por más de cuatro décadas.
* Hombre culto y bondadoso, fue estimado por sus contemporáneos por su hombría de bien.

Hay quienes hablan que la poca existencia de relojes mecánicos, hace que el taller del relojero tienda a desaparecer. El oficio de relojero tradicional, que cuidaba que los relojes mecánicos cumplieran su misión de dar constancia del paso del tiempo, no era una tarea sencilla, sobre todo si se tiene en cuenta que cualquier reloj mecánico está formado por no menos de sesenta piezas.
Tal como lo sugiere Roberto Arlt en sus “Aguafuertes porteñas”, “en otros tiempos el oficio de relojero era un trabajo lleno de condiciones misteriosas, y casi sagradas”.
La vida de Don Ramón Fenoll, el legendario relojero que tuvo, durante muchas décadas, a su cargo la reparación y el funcionamiento del reloj de la Catedral de esta ciudad, un poco de misterio y aventura, de quietud y de cierto éxtasis.
* * *
Novelda es un municipio un municipio de la Comunidad Valenciana (España) situado en el interior de la provincia de Alicante, en la comarca del Vinalopó Medio. Emplazado históricamente en el contexto del cerro de la Mola, donde se levanta un ancestral castillo, Novelda se ubica en el corredor de enlace que atraviesa las sierras subbéticas valencianas, por el que el río discurre en su tramo medio. El límite septentrional del término lo constituyen las sierras de las Pedrizas y el Cid y el occidental la sierra de Horna.
Allí, en aquella población que, hacia el tercer cuarto del siglo XIX, contaba con poco más de 9000 habitantes, nació Don Ramón Fenoll en 1877.
Siendo niño se radicó tempranamente en Argelia (Africa). En aquel tiempo era una colonia francesa que recibía a cientos de miles de inmigrantes franceses, españoles, italianos, alemanes e ingleses, para explotar los recursos de su colonia, con el fin de lanzar la máquina económica del Imperio Frances; de hecho los franceses había expropiado o adquirido terrenos de los propietarios argelinos a precios muy bajos para la instalación de colonos. Allí Fenoll aprendió a hablar el francés tanto que lo convirtió en su lengua, tanto así que quienes le conocieron aún en la ancianidad notaban que conservaba aún vestigios de su acento galo.
Allí le tocó vivir a Don Ramón la era de la Algérie française, la Argelia francesa, la metrópoli convertida en departamento de ultramar de Francia, controlada totalmente por la minoría europea que había formado una élite privilegiada. Con la ayuda de grandes entradas de capital, los colonos desarrollaron en Argelia una economía moderna, con industrias, bancos, escuelas, tiendas y servicios parecidos a los de su país. La agricultura argelina se adaptó a la economía francesa; grandes fincas produjeron vinos y cítricos para exportar a Francia.
La presencia de inmigrantes españoles en Argelia, entre los cuales se hallaba Don Ramón Fenoll, fue muy notable; sobre todo en un lapso tan amplio como los ochenta y cinco años que corren desde la conquista francesa de Argel hasta el principio de la primera guerra europea.

EN LA GUERRA DE CUBA
Aunque con prolegómenos bastante anteriores, en 1895 estalló la denominada “Guerra de Cuba”, que se prolongó por un trienio hasta 1898. La dependencia política y económica de Cuba respecto a la metrópoli y los intereses geoestratégicos estadounidenses, que apoyaron a los independentistas, encendieron de nuevo la mecha en 1895, después de que el proyecto autonomista de Maura (1893) fuese rechazo en el Parlamento por sus propios compañeros de partido.
Don Ramón Fenoll se alistó en las fuerzas españolas en la Infantería. Allí formó parte de ese cuerpo y su nombre se encuentra escrito en una nómina ofrecida en la página 486 de la “Crónica de la guerra de Cuba” de Rafael Guerrero (editada en 1897).

EN 9 DE JULIO
Don Ramón Fenoll emigró a la República Argentina en 1911 y se radicó en 9 de Julio al año siguiente. Apenas se afincó en esta ciudad, y merced a los conocimientos que había adquirido en Argelia, tanto acerca de la mecánica como sobre relojería, el intendente municipal Nicolás H. Robbio lo designó con el cargo de “Relojero Encargado del Reloj de la Iglesia parroquial”, con una subvención de treinta pesos.
Tal como el propio Fenoll lo recordaba en una entrevista brindada, en la década de 1940, a un medio de prensa local, “al llegar al pueblo el reloj de la iglesia no marchaba, en razón de que no había quien conociera el mecanismo de su máquina”.
“Por esta razón –añadía Fenoll- , solicité de las autoridades municipales de entonces, una explicación de por qué el reloj no marchaba, contestándoseme que era debido a que no se contaba con el personal idóneo necesario para su cuidado. El Intendente Municipal Nicolás H. Robbio, se interesó por el asunto y me inquirió si me animaba a ponerlo en marcha”.
No era ciertamente aquel un reloj sencillo en su funcionamiento, pues desde su instalación en la torre de las entonces Parroquia de Santo Domingo de Guzmán (hoy Catedral) había sido condenado a no funcionar adecuadamente.
Donado por don Antonio Maya, uno de los primeros pobladores de 9 de Julio, y fundador de Carlos Casares, con el objetivo de dejar su nombre ligado al pueblo de sus afanes y cariños, pocos años antes de fallecer donó este reloj a la parroquia. Para entonces ya se había iniciado los trabajos tendientes a construir el nuevo templo que sería inaugurado en 1896. La donación reloj en cuestión fue aceptado por la Municipalidad por ordenanza del Concejo Deliberante de julio de 1894, disponiendo que desde ese momento sería la hora oficial en el Partido la que el mismo marque y resolviendo, que siendo desde esa fecha el mencionado reloj propiedad municipal, esta correrá con su cuidado y atención.
Al momento de ser colocado en la torre, quizá debido a un error técnico en la proyección o en el diseño, se ubicó el reloj de tal manera que la maquinaria quedó privada de su correcto funcionamiento.
Según el historiador Buenaventura N. Vita, “el reloj nunca pudo marcar la hora exactamente, debido a que para trabazón de la máquina, cuando se construyó la torre, se colocó dos gruesas vigas de hierro en cruz, las que imposibilitaban centrar la máquina, para que pueda mover con igualdad de fuerza las agujas del cuatro cuadrantes”.
No solamente con este problema inicial debió enfrentarse don Ramón Fenoll en estos días de 1912. Pero, su talento y los amplios conocimientos que poseía en este oficio le permitieron ponerlo en marcha.
Desde entonces, y por muchas décadas, Don Ramón estuvo al cuidado del reloj de la parroquia, garantizando su funcionamiento en las mejores condiciones posibles.
Fenoll manifestó alguna vez, que sus inquietudes por la mecánica lo llevó a interesarse por le relojería, que la practicó en Algería (Africa) y luego en nuestra ciudad.
En la citada entrevista, don Ramón Fenoll comentaba que, aunque el reloj puesto a su cuidado “carecía de marca empero, era de suponer que su fabricación era de origen inglés”.
“Se trata –decía don Ramón- de un típico reloje de torre, a péndulo y pesas, con un grupo de distribución a los cuadrantes. La máquina está ubicada en la parte alta de la torre, lo que facilita la distribución de la hora a los cuatro cuadrantes, pero significa un inconveniente para su atención pues exige cada vez que sea necesario, para darle cuerda o efectuar cualquier arreglo, haya que subir a la torre, con los inconvenientes que ello significa”.
Don Ramón cuidó del reloj de la iglesia con mucha diligencia. A él le sucedió otro destacado relojero de esta ciudad, el recordado Julio D’Elía, quien también realizó una tarea muy importante para preservar esa maquinaria cronométrica en inmejorables condiciones.

LA PELUQUERIA Y LA RELOJERIA
Don Ramón Fenoll vivió la mayor parte de su vida en esta ciudad en una espaciosa vivienda, edificada en 1886, ubicada en la calle Robbio entre La Rioja y Mitre. Hasta 1938 había arrendado la propiedad a Martín Betbedé y luego, a partir de febrero de ese año, a sus nuevos propietarios, Francisco Di Marco, Antonio Aita, Domingo Crosa y Luis A. Parise.
Allí, en una amplia habitación con salida a la calle instaló su peluquería, oficio que alternaba con la relojería. En una parte del espacioso salón de ubicaba la peluquería propiamente dicha, con el clásico sillón, los espejos y los útiles necesarios.
Más atrás, en otra mesa, convenientemente iluminaban se hallaban las herramientas de relojería, pinzas, lupas, esclusas, punzones, destornilladores y pequeños martillos se mezclaban con rochetes, espirales, muelles, áncoras, manecillas, esferas, volantes, ruedas y engranajes, muchas de las piezas que él mismo fabricaba.
Allí, en ese ambiente, por momento lóbrego, don Ramón transcurría su vida. Con su ojo puesto en la lupa, inclinado sobre la mesa manipulando con finas pinzas diminutos mecanismos o construyendo piezas minúsculas o buscando algún repuesto se lo veía a este valenciano, bueno y humilde, que tenía un marcado acento francés.
En la prolongada trayectoria de Don Ramón Fenoll como relojero, se corresponde perfectamente la idea de Roberto Arlt de que “el trabajo de componer relojes es un trabajo filosófico”.
“Los relojeros –escribía Arlt- no parecen haber estudiado para relojeros sino que han aparecido sobre el mundo conociendo la profesión… El oficio de relojero no se aprende. Se trae en la sangre. Y después de traerlo en la sangre, hay que hacer práctica un infinito número de años para dominar perfectamente los mecanismos, ya que de otro modo se pueden echar a perder en vez de componerlos”.

PALABRAS FINALES
Junto a su esposa Concepción formaron un hogar compuesto de tres hijos, Luis, que falleció siendo muy joven, Luisa y “Bucha”.
Irma D’Elía, quien siendo niña vivió en casa de don Ramón, solía recordarlo como “una persona de un trato muy amable, sumamente afable y muy fino”. En efecto, fue Fenoll un hombre íntegro, de sólidos valores y, sobre todo, una persona de gran rectitud, que como muchos inmigrantes europeos vino a la Argentina para trabajar con sus manos en favor del engrandecimiento de la patria de adopción.

Antiguo campanario de la Iglesia Catedral. Este aspecto lució entre 1896 y 1935.

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