24 noviembre 2020

Anoche se realizó el tradicional Vía Crucis

[23 de abril de 2011] En la jornada de ayer, Viernes Santo, tuvieron lugar en la ciudad la celebraciones referidas a la Pasión de Jesucristo, una de las solemnidades de la Semana Santa. En la oportunidad, además de los oficios litúrgicos propios de este día, hacia la noche se realizó el tradicional Vía Crucis, que partió desde la Catedral por la avenida Mitre hasta la Cruz erigida como homenaje al Cardenal Pironio (en Mitre y Acceso Primera Junta).

EL MENSAJE DEL OBISPO DIOCESANO EN LA MISA DEL JUEVES

El jueves, fue celebrada la Misa de la Cena del Señor, en la cual se recuerda la institución de la Eucaristía. En la oportunidad, el Obispo Diocesano, monseñor Martín de Elizalde, dirigió el siguiente Mensaje:

“EUCARISTÍA: PARA DAR GRACIAS EN COMUNIÓN”

Iglesia Catedral, Nueve de Julio, 21 de abril de 2011

“Por medio (de su Hijo), ofrezcamos a Dios un sacrificio. ¿Qué sacrificio? Nos lo aclara él mismo: el fruto de unos labios que profesan su nombre, esto es, preces, himnos, acciones de gracias, este es el fruto de los labios. En el antiguo Testamento se ofrecían ovejas, bueyes y terneros, y los daban al sacerdote. No ofrezcamos nada de esto nosotros, sino acción de gracias y, en la medida de lo posible, la imitación de Cristo en todo. Brote esto de nuestros labios. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente, estos son los sacrificios que agradan a Dios. Démosle este sacrificio, para que lo ofrezca al Padre. Por lo demás, no se ofrecen sino por el Hijo, o mejor, por un corazón quebrantado” (S. Juan Crisóstomo, Hom. 33 sobre la carta a los Hebreos, 4).

Queridos hermanos y hermanas:

El Hijo de Dios viene a nosotros. Lo hemos acompañado en su entrada a Jerusalén el domingo pasado, cantando y agitando los ramos que llevábamos en nuestras manos en señal de alegría, pero esa llegada era en realidad una venida a nuestro corazón. Entramos con Él en la ciudad santa, pero Él vino a quedarse con nosotros y a traernos los dones de su gran amor. Por eso, por tanto amor ofrecido, expresamos hoy nuestra acción de gracias. Eucaristía significa justamente eso: acción de gracias, y lo hacemos juntos, como una familia de hermanos, sentados a la mesa que preparó para nosotros el mismo Señor, encontrándonos en comunión; miembros de una misma Iglesia y animados con idénticos sentimientos, poseemos una misma fe. Las palabras de San Juan Crisóstomo que citábamos al comienzo nos dicen que la expresión más perfecta del agradecimiento es “la imitación de Cristo en todo”, el culto que Dios quiere es “la acción de gracias”, que sería incompleta si le faltara lo más importante, como dice el Santo obispo y Doctor de la Iglesia, “la imitación de Cristo en todo”. Hoy es la fiesta de la caridad, del amor de Dios ofrecido en su Hijo, que se entrega por nosotros. Él, concluida la Cena con sus discípulos, en la cual nos ha dejado su Cuerpo y su Sangre – que son prenda de amor, para ser recibidos con amor y que engendran amor en nuestros corazones -, después de haber enseñado por última vez a sus discípulos la condición para ser ciudadanos del Reino, y haberlo demostrado con el ejemplo al lavarles los pies, se ofrece en sacrificio, mansamente, sin resistencia, y es entregado en manos de quienes lo condenarán a muerte.

La celebración de hoy es una participación muy íntima en el misterio de la caridad: caridad en el servicio a los hermanos, caridad hasta dar la vida por ellos, caridad para incorporarnos a su pueblo y familia, perdonando nuestros pecados, fortaleciendo nuestra debilidad, sosteniendo la voluntad, dirigiendo las conciencias. Recordamos la última Cena, que es la primera para nosotros, pues en ella se entregó el Señor en alimento y dejó a su Iglesia este don tan precioso, para acompañarla con su sacrificio hasta “que Él vuelva”. Es por eso que la Eucaristía es memorial y es presencia, es comunión y es envío, y en ella somos Iglesia congregada, santa, testimonial y misionera. El amor ofrecido con tanta generosidad nos invita a reflexionar seriamente sobre la riqueza y dignidad de este don y sobre nuestra responsabilidad, como discípulos y comensales. La asamblea litúrgica, cada domingo, es la expresión de nuestra respuesta, el gesto de nuestra acogida al don. ¿Cómo podemos con tanta frecuencia permanecer indiferentes a la gracia? ¿Cómo podemos privarnos de estar en comunión, de profundizar en ella? ¿Cómo es que permanecemos alejados de Aquél que nos invita y viene en nuestra búsqueda, para hacernos sus enviados? Intentemos responder a estas preguntas.

1. Fríos e indiferentes lo somos muchas veces, tal vez porque estamos acostumbrados y no nos interpela ya la novedad de la gracia. A menudo los cristianos nos quejamos, como si se tratara de una realidad ajena a nosotros mismos, por la falta de entusiasmo, las iniciativas escasas, la poca respuesta a la propuesta evangelizadora. Pero la causa está en nosotros mismos, en primer lugar, que no vivimos con ardor nuestra vocación, y no somos conscientes de la gracia de la elección. Es evidente que sin convicción y entusiasmo, sin coherencia y fidelidad, el mensaje que trasmitimos saldrá de nuestra boca sin vida ni color. Preguntémonos si la causa de semejante tibieza, de la escasa resonancia del Evangelio en la sociedad contemporánea, no se debe justamente a la poca atención que prestamos al Misterio de la fe que hoy, Jueves Santo, contemplamos en su mismo origen e iniciación. La indiferencia a la gracia tiene su expresión en la manera rutinaria, cuando no adocenada, irrelevante, con que participamos de la Eucaristía; en la falta de constancia y de continuidad, en la distracción con que seguimos estos pasos sagrados con que se hace presente el Señor, para habitar en nosotros y con nosotros. El mensaje de este día, que la inminencia de la Pasión y Muerte de Jesús vuelve sobrecogedor, impresionante, es la de adherirnos, con mayor fervor e inteligencia a la Eucaristía, y participar asiduamente en ella, cada domingo, cada día, mejor aún, cuando ello es posible.

2. Está arraigada entre nosotros la costumbre de solemnizar con la celebración eucarística ciertos momentos importantes de la vida del cristiano y de la comunidad. Lo hacemos cuando recordamos con alegría una fecha grata, y también cuando queremos rogar a Dios, de manera grave e insistente, en situaciones difíciles o en momentos de dolor. Pero no tenemos, por desgracia, la misma disposición para mantenernos cerca de Dios por el sacrificio de su Hijo, para que nuestra vida ordinaria transcurra bajo su mirada y esté constantemente inspirada por los ejemplos y las enseñanza de quien nos ha dado la Vida nueva, confiriendo sentido y orientación a nuestra presencia en el mundo. Al dejarnos el sacramento de su Cuerpo y Sangre quiso el Señor que allí estuviera el centro inspirador, la fuente de donde mana la gracia. Solamente con la constante participación en el sacramento vamos a poder descubrir todo lo que él nos aporta, y ello en la comunión de la Iglesia. Porque junto con la revelación de esta respuesta para nuestras necesidades personales, encontraremos la fuerza de la comunión, el vínculo que nos sostiene y fortalece, en la experiencia de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

3. El impulso misionero, el cumplimiento del mandato divino que hemos recibido, como Iglesia, y cada uno de nosotros como bautizado, tiene también su principio en la Eucaristía que celebramos, en el memorial de la Pascua. La forma tan leve y poco comprometida como vivimos nuestra fe, por falta de ese renovado fervor eucarístico, de una espiritualidad que se alimenta en la comunión del amor, se refleja en nuestro modo de estar presentes en el mundo. ¿Somos anunciadores del Evangelio? ¿Damos testimonio de nuestra fe? La misión no es propaganda ni difusión de consignas, sino testimonio, para poder ser anuncio, y necesita del silencio y la contemplación de la Eucaristía, de la hondura del encuentro con Dios en esos momentos privilegiados. Recordémoslo en los tiempos de la Misión continental a la que nos invita la Iglesia de América.

La coincidencia en la liturgia de esta noche del recuerdo de la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio – al confiar su celebración a los apóstoles – con el gesto de humilde servicio de lavar los pies a los discípulos, nos muestra la indisoluble unidad de los dos aspectos: la comunión en el Misterio, con el Hijo de Dios que se hace presente, nos lleva a los cristianos a reconocerlo presente en los hermanos, a quienes debemos llegar con actitud de servicio, del mejor y el mayor servicio que es ofrecerles llegar a ser hijos de Dios y asociarlos a la obra de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración del Jueves Santo, que renueva para nosotros el ofrecimiento del Amor divino en la Eucaristía, el ministerio ordenado y la caridad, en un gran signo de unidad, tiene que ser para nosotros un nuevo comienzo, la ocasión de un propósito reformulado con fervor y entereza, para servir a Dios y anunciarlo a los hermanos. Que María Santísima interceda por nosotros y nos asista, para que escuchemos siempre esa Palabra que llevó en su seno virginal, y nos la acerque para que participemos con fruto de la mesa espiritual.

LA VIGILIA PASCUAL

Esta noche, en forma simultánea, se celebrará la Vigilia Pascual, Celebración Solemne de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. La misma tendrá lugar, a las  21:30 horas, en la Catedral, en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, en el Monasterio de Hermanas Carmelitas y en la  Capilla San Pedro y San Pablo de Ciudad Nueva.

MAÑANA, DOMINGO DE PASCUA

Mañana, Domingo de Pascua, las Misas se celebrarán de acuerdo al siguiente programa de horaros:

8 horas: Carmelo

9 horas: Catedral

9 horas: El Provincial

9:30 horas: Capilla Sagrado Corazón

10:30 horas: Catedral – Misa con niños

10:30 horas: Capilla San Antonio

10:30 horas: French

11:30 horas: Bautismos en Fátima

16 horas: La Niña

17 horas: Capilla de los Dolores

19 horas: Catedral

19:30 horas: Fátima

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