25 noviembre 2020

Escriben los Lectores. «AQUÍ NO HAY UN MANSO PARA ACOLLARAR UN ARISCO»

[23 de diciembre de 2010] Peregrina Moya, mi abuela materna, nació en 1884 en Gral. Alvear, Provincia de Buenos Aires. Cuando era chico, me contaba historias de malones y  cautivas, ya que  su madre, oriunda del mismo pueblo, las habían vivido, no se las habían contado.

Según relataba, cuando su progenitora era joven, le había tocado esa traumática experiencia y vivió el último gran malón que asoló el centro de la Provincia de Buenos Aires, el 5 de Marzo de 1872, cuando Calfulcurá  con 6000 indios, atacó, simultáneamente el citado pueblo,  además de  25 de Mayo y Nueve de Julio mató a mas de 300 criollos y se robó unos 200.000 cabezas de ganado y miles de yeguarizos. Este hecho fue  lo que determinó y apresuró la campaña del Desierto del General Julio Argentino Roca, ordenada por el Presidente  Nicolás Avellaneda.

Ella, mi abuela  sabía  muchos cuentos y  dichos camperos,  algunos de los cuales, han caído en desuso y casi nadie los recuerda, ni comprende su significado. El cambio de costumbres y los adelantos tecnológicos los han hecho incomprensibles e innecesarios.

El automóvil que hasta fines del siglo XIX,   prácticamente no existía en la campiña bonaerense,  empezó a hacerse más popular por las primeras décadas del siglo XX , reemplazando los únicos medios de transporte  doméstico, que eran  hasta ese entonces, los carros   traccionados a sangre. A partir de ese momento muchos dichos relacionados a esos vehículos  o a los caballos de tiro, se fueron usando cada vez menos.

Recuerdo, cuando éramos chicos y nos peleábamos con mis tres hermanos, cuatro varones bastante revoltosos, mi abuela, que vivía con nosotros, se enojaba y nos decía “aquí no hay un manso para acollarar un arisco”. A esa  edad no entendía cabalmente su significado y solamente lo asociaba a que éramos todos ariscos o peleadores y no había ninguno tranquilo o manso. Con los años,  ya fallecida mi abuela, mi madre también lo repetía y a ella le pregunté por el significado exacto de ese dicho y me explicó que antiguamente los carros de dos  caballos eran el medio de transporte más común. Los dos yeguarizos podían ser dos mansos, o, uno manso y uno un poco más arisco o a medio entrenar, pero nunca dos ariscos, ya que si así lo fuesen tirarían desorganizadamente del carro y resultaría muy inseguro y peligroso el viaje.

Estos últimos días, al ver la actitud de  políticos de la Ciudad y de la Nación, con relación al tema de la toma del parque Indoamericano y otras áreas públicas y privadas, recordé ese dicho de mi abuela, acerca de los mansos y de los ariscos. Ellos  los políticos se peleaban como chicos y se echaban culpas mutuamente; se parecían a nosotros y a todos los chicos, que siempre suelen decir que el otro   empezó la pelea. Se trata de asumir la responsabilidad  de cada uno. Eso estaba de acuerdo a la edad o a una etapa de la vida, pero verlo en gente grande,  con más o menos experiencia resultaba patético.

Personalmente creo que en la Argentina, como en una familia,  empresa, club o cualquier organización social, hace falta cierto orden y respeto por el prójimo y por lo de todos, lo público o lo común. Haría falta un conductor del carro que hiciera tirar los caballos parejos y todos para el mismo lado y al mismo ritmo. Si no sobrevendría el caos e iríamos a  repetir el triste episodio del 2001. Muchos me dirán que soy fascista por pedir un poco más de orden y respeto pero creo que la situación actual de la Argentina se aproxima a una anarquía y un desorden casi total. Cualquiera se cree con derecho, por cualquier motivo a tomar lo ajeno a cortar una ruta  o una vía o a quemar un tren. Ni hablar de la actitud patoteril de algunos sindicalistas como los pilotos de aviones, que en el caso de haber otro piloto de otro gremio entre los pasajeros, no quieren volar. Todas estas cosas no ocurren en la mayoría de los países organizados y si en la Argentina actual.  Las autoridades dicen que no hay que criminalizar  la protesta social, y dan un muy mal ejemplo al no hacer caso a la Justicia, no sólo a los jueces de primera Instancia sino también a los fallos de la Corte Suprema.

Dentro de un año tendremos la oportunidad todos los ciudadanos argentinos, de elegir un nuevo conductor del gran carro, que es la Nación. Ruego a Dios nos de la capacidad de elegir al mejor que estuviese en juego, para que sea por el bien de todos  o de la mayoría.

Eduardo Gallo Llorente

Diciembre  del 2010

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