27 noviembre 2020

Una campaña agrícola complicada

Por Eduardo Gallo Llorente, Eduardo Gallo Llorente,  gallollorente@gmail.com
Por Eduardo Gallo Llorente, Eduardo Gallo Llorente,
gallollorente@gmail.com

* Por Eduardo Gallo Llorente
A fin de mes vence  la mayoría de los pagos que deben hacer los productores por sus saldos deudores de tarjetas de crédito agropecuarias, a muchos de ellos les costará cumplir con todos sus compromisos y quedarse con algo de liquidez para enfrentar la próxima campaña.
Hace algunos días volvieron a aumentar los combustibles y en el último año, el gas oíl, un componente muy importante de los costos agrícolas aumentó casi un 25%; mientras tanto la soja Rosario pasó de $2500 a $1900 en la actualidad y el maíz de $ 1380 a $ 880 en este momento, o sea ambos productos sufrieron una rebaja de aproximadamente el 25%, el maiz más en realidad.
La ecuación económica de todos los cultivos de la pampa húmeda y de las economías regionales tienen resultados muy ajustados o negativos, pero al gobierno nacional esto parece no inquietarle y sólo atina a responsabilizar al contexto internacional.
Si analizamos lo que pasó desde el 2009 luego de la pelea por la 125, los funcionarios nacionales argumentaron en varias oportunidades para justificar el aumento de las retenciones que la soja tenía un precio extraordinario  y que teníamos un gas oíl subsidiado. En diciembre de 2009 el gas oíl costaba $ 2.75 el litro y en junio de 2015 $ 11.75 el litro, sufrió una suba de cuatro veces. En ese mismo período la soja en Rosario pasó de $ 1070 a $ 1900 o sea que no alcanzó a duplicar su precio.
En este momento los productores enfrentamos  un cóctel explosivo: caída de los precios internacionales, atraso del dólar, precios muy altos del gas oíl y aumento de los costos de estructura. Mientras tanto en Brasil, nuestro principal competidor en Sud América en la producción de soja, el gasoil en el año 2009 era levemente más caro. Hoy la Argentina tiene el gas oíl más caro que todos los países de la región  con excepción de Uruguay.
El ministro de economía Axel Kicillof y todos los funcionarios de su equipo creen que producir soja equivale a pensar un modelo de país para 5 millones de habitantes, lo cual es absurdo. La Argentina es el país donde mayor grado de industrialización tiene la oleaginosa con la elaboración de harinas proteicas, aceite y bío-diesel, con relación a los principales productores EE UU y Brasil. La cadena de soja se asienta sobre innovaciones en maquinaria agrícola, semillas y protección de cultivos y se articula con sistemas de logística como los silo bolsa, tan denostado por el ejecutivo ya que le permite al productor ser realmente dueño de sus granos y venderlos cuando quiere.
Los mercados de futuros también denostados por Cristina tienen más de 100 años en la Argentina y más de 150 en el mundo. Ella afirmó que favorecen la especulación con alimentos, pero en realidad dan seguridad a productores e industriales sobre los precios futuros y facilitan la inversión y la planificaciion cuando existen circunstancias macroeconómicas políticas que empujan en la misma dirección, no como los dos gobiernos de CFK que ha puesto numerosas restricciones a la exportación con la ridícula excusa de defender la mesa de los argentinos y hoy en día muchos alimentos son más caros en los supermercados de Buenos Aires que en los de Londres como publicó una nota hace pocos días el diario La Nacion.
Esta semana, en Santa Rosa, La Pampa, Cristina, por  cadena nacional y en campaña política tuvo la valentía de reconocer que la Resolución 125 fue un error, pero tuvo una actitud cobarde al culpar a su ex ministro de economía, Martín Lousteau, sin mencionarlo explícitamente, de la famosa resolución. Todos sabemos que ésta fue una idea de Néstor Kirchner y Guillermo Moreno. Sin embargo, a los políticos no hay que tomarlos en serio cuando están en campaña, alguien debería decirle a la Presidenta que la cadena nacional no debe ser usada para tal fin.
Lejos de ser un sector primario, meramente extractivo, el complejo oleaginoso argentino está en la frontera del cambio tecnológico global del siglo XXI con la incorporación de enormes volúmenes de paquetes de información, agricultura de precisión, uso de drones y la adopción cada vez con más énfasis de las buenas prácticas agrícolas, el resto de los cultivos podría exhibir una dinámica similar si no se restringiera con políticas propias del proteccionismo industrial de la primera mitad del siglo pasado. Una agricultura competitiva y en crecimiento podría potenciar una industria competitiva y viceversa.
Eduardo Gallo Llorente
26 de junio, 2015

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