13 abril 2021

25 años después…

iaconis23No he sido, ni lo soy, prono a escribir en las páginas del Diario notas de carácter personal o que, en su contenido, revelen pensamientos o ideas íntimas.  En esta ocasión, me permito hacerlo con el imperativo de saldar, en cierta forma y en una mínima medida, una gran deuda de gratitud.
Hace, exactamente hoy, 25 años que comencé mi transitar por el camino de los estudios y la investigación de la Historia de 9 de Julio, en la hermosa tarea de historiar el rico pasado de mi querida comunidad. Fue, en efecto, el 23 de octubre de 1989, que feché mi primer trabajo de investigación sobre historia local; un pequeño y perfectible ensayo que, años después, en mayo de 1992, con algunas correcciones y sutiles ampliaciones, fue presentado ante el Primer Congreso de Historia de la Fotografía en Argentina  y publicado en Buenos Aires, bajo el título de “Historia de la Fotografía en 9 de Julio”.
Tal como lo expreso al iniciar esta nota, fluye en mi pensamiento y en mi corazón un sentimiento de gratitud hacia muchas personas que, en todos estos años, me han favorecido e incentivado, y lo siguen haciendo, en este camino.
En los comienzos, fueron muchos quienes, con absoluta generosidad, me recibieron -siendo apenas un adolescente- en interminables tardes, para brindarme sus testimonios, sus referencias, sus experiencias; permitiendo grabar sus voces, sus relatos, tomar apuntes o consultar sus documentos, fotografías y otros recuerdos de familia ligados directamente con la historia  de 9 de Julio o con algún acontecimiento concreto… La mayor parte de esas personas pertenecían a una generación ya casi extinguida, los nacidos en las dos primeras décadas del siglo XX. Al escribir estas líneas, sus nombres llegan a mi mente y me refreno en el impulso por mencionarlos; pues, nombrarlos, me llevaría, indudablemente, al imperdonable desliz de omitir alguno.
Es inmensamente grande la gratitud hacia Antonio y Alberto Aita, Estela y Ana Manfredi, quienes desde octubre de 1993 hasta hoy, me han brindado el espacio donde publicar mis notas sobre historia, en este Diario, que es mi segundo hogar y mi segunda escuela. A Hugo Aita que, en marzo de 1994, me confío el cuidado del Archivo de Publicaciones Periodísticas del Diario… A Jesús A. Blanco y Manuel A. Rey quienes, desde el verano de 1992 y durante muchos años, me permitieron acceder al océano de documentos, poco explorado, del Archivo de gestión municipal… A Alicia Granato, que tantas veces me atendió con solicitud cada vez que iba a buscar la llave del archivo para subir al viejo y penumbroso  altillo del Palacio Municipal donde reposaban, ávidos de ser estudiados, miles de legajos…
Son tantas las personas a las que debo agradecerle, en bibliotecas y archivos de Buenos Aires, La Plata, Luján y Salta, quienes me abrieron las puertas, y lo siguen haciendo, en la búsqueda de alguna referencia acerca de la historia nuevejuliense.
Desde 1993 y hasta 1999, el inolvidable monseñor Alfredo Pironio, canciller de la Curia de 9 de Julio fue mi generoso cicerone en el acervo del Archivo del Obispado. Jamás olvidaré su paciencia y su predisposición.  El mismo sentimiento, tan lleno de emoción, va hacia mi querido amigo, padre Meinrado Hux, un gran historiador.
No es menos grande mi agradecimiento para Oscar Ormaechea, Martín Callegaro (nuestro querido Martín) y Horacio Delgado, quienes en sus sucesivas gestiones en el Ejecutivo municipal, me confiaron la tarea de atender el Archivo y Museo Histórico local. Ahora, mi gratitud se hace extensiva hacia Roberto, su actual director, como así también hacia Néstor, mi compañero en el Diario, custodios de dos de los más importantes archivos documentales de esta ciudad. Ambos, Roberto y Néstor, siempre me demuestran solicitud y buena disposición toda vez que les requiero una información.
La distancia de 9 de Julio, en los años en que permanecí ausente de la ciudad, no debilitó en lo más mínimo mi interés por la historia local. Muchos atardeceres de 2006 me encontraron, tomando apuntes en la hemeroteca de la Biblioteca Provincial de Salta o en la biblioteca de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Salta, aprovechando el tiempo libre que me restaba, luego de terminar mi jornada de trabajo. Allí reunía información acerca de la historia de la Diócesis de 9 de Julio o sobre otros acontecimientos acaecidos en 9 de Julio que, en su tiempo, tuvieron proyección en los medios de prensa nacionales o en alguna bibliografía especializada.
Los años anteriores, vividos en Buenos Aires, también sirvieron para recabar información en los repositorios documentales, tan prolíficos por cierto.
Si alguna vez pudiera, desde mi humilde lugar, aportar algo al conocimiento de la historia de 9 de Julio, no será mérito mío, sino de muchas personas que me tendieron su mano en estos 25 años.
Quizá huelgue decirlo, quienes abrazamos la tarea de investigar la historia lugareña lo hacemos con un sentido de absoluta vocación. No existe otra retribución que la inmensa satisfacción de ver difundido el conocimiento histórico en la comunidad, para que las nuevas generaciones conozcan la riqueza de un pasado que se encuentra mucho más presente, en nuestro presente, de lo que suponemos. Ese hecho, recompensa sobremanera las horas dedicadas al estudio.
Cada tarde, al disponerme a leer una fuente histórica y aplicar sobre ella las técnicas de la interpretación documental; al mirar por detrás del cristal de la lupa los trazos caligráficos en algún manuscrito o, en el simple acto de observar la presión del molde tipográfico sobre un impreso antiguo, siento la misma pasión y el mismo entusiasmo que sentía aquel adolescente hace 25 años.
Más aún, 25 años después, puedo advertir que, aquel 23 de octubre de 1989, cuando concluí ese primer trabajito de indagación, escrito con una caligrafía casi infantil,  tuve la certeza interior que, ese iba el ser el camino, la militancia que abrazaría para toda la vida.
Hoy, 25 años después, reboza en  mi corazón un inmenso agradecimiento.
Siento la extraña sensación de pesadumbre al saber que, a la mayoría de las personas a las que van dirigidas, ya no pueda testimoniarles mi gratitud con palabras. No obstante, en muchas ocasiones, al recordar sus nombres, elevo una plegaria para que Dios haya recompensado a esas bellas almas con el ciento por uno de los que ellas me brindaron a mí.

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