20 mayo 2022

El ocio divino según Armando Poratti

Por Carlos Crosa
Vecinos en la niñez, fuimos amigos en la adolescencia. Nos acercó la empatía poética experimentada al cruzar la plaza Belgrano cada tarde que volvíamos de la secundaria arrastrando los pies al caminar, de felicidad más que por cansancio. Era el tiempo de los sentires inéditos, el placer del embuste y la potestad furiosa de los acertijos.
Quizás no imaginaste entonces, querido Armando, el hito que sentabas cuando, con apenas quince años, tradujeras del francés junto con Chine Wagner «Las puertas golpean», obra con la que el hoy cincuentenario y saludable TIN empezó su batalla cultural.
Aquellos días, una de tus quimeras era la del ocio divino entre libros. Disfrute que creíste poder alcanzar, profesión lucrativa mediante.
La bohemia noche de un lejano receso universitario compartido en el pago, estabas en ese empeño sin pena ni gloria. Lo reflejaste al preguntarte ante mí qué había podido impulsarte, sin que mediara urgencia, a ir al baño de la facultad de Abogacía, perdiendo así el turno del llamado para el exámen de Introducción al Derecho.
Llegado a este punto, no resiste mi elegía la tentación de declinar una solemnidad, que hubieras satirizado, para empardar cuando menos tu sentido del humor pensando tu cuestionamiento miccional de entonces como un interrogante metafísico que te llevó a las preguntas que, finalmente, te doctoraron en Filosofía y no en leyes.
Te sigo debiendo una, viejo amigo, por haberme hecho parte de la patota fundadora del TIN, y nos seguimos debiendo las noches para gastar que siempre nos sobraron.
Ya no habrá dilación posible. Será en una fecha tan inexorable como incierta en la que, como dijo Discépolo, aquel filósofo tanguero que empezaras a rescatar a través de mí, “allá en el horno se vamo’a encontrar”.

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