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Nueve de Julio
domingo, octubre 11, 2026

Pan, techo y medicina. La red benéfica nuevejuliense a mediados del siglo XX

Solidaridad y asistencia social en 9 de Julio ochenta años atrás

Por Héctor José Iaconis.
Ochenta años median entre nosotros y aquel en que algunos artículos periodísticos de la época, escritos con legítimo orgullo cívico, pasaron revista a las instituciones que en 9 de Julio se consagraban al alivio de la enfermedad, la orfandad, la ancianidad y la penuria. Tales páginas constituyen hoy un testimonio de singular valor, pues son la imagen que la comunidad quiso dar de sí misma cuando se detuvo a contar lo que había hecho por los vecinos más necesitados.
Interesa examinarlas con la mirada del historiador, que no se contenta con la enumeración de las obras y procura discernir el espíritu que las animó, los medios que las sostuvieron y las limitaciones que las condicionaron. Se advierte, desde el primer momento, que la asistencia social de entonces no era obra de un solo agente. Concurrían a ella el Estado en sus tres niveles, la Iglesia y sus congregaciones de fieles, las damas y los caballeros de la sociedad local, las cooperadoras escolares y el vecindario anónimo que acudía con su cuota, su donativo o su asistencia a las fiestas benéficas.

EL HOSPITAL DE LOS POBRES
El Hospital de la Sociedad Protectora de los Pobres de 9 de Julio u Hospital de los Pobres como lo llamaba el común (hoy Hospital Provincial “Gral. Julio de Vedia”), fundado en los últimos años del siglo XIX, llegó a contarse entre los principales establecimientos de su índole en el provincia de Buenos Aires. Las comodidades de sus amplios pabellones para mujeres, hombres y niños, su sala de maternidad, su pabellón infantil, su sala de operaciones, su servicio de rayos X, su laboratorio, su farmacia y su ropería, lo distinguían. En 1946 disponía de siete salas y ciento veinte camas.
Anexa al nosocomio se levantó la Capilla del Carmen, inaugurada en 1934, y la atención interna quedó confiada a las Hermanas de la Congregación de San Antonio de Padua. La administración recaía en una Comisión de Damas y en un Consejo Consultivo de Caballeros, mientras que la asistencia médica, odontológica, obstétrica y de laboratorio estaba a cargo de profesionales de la ciudad.


SANIDAD PÚBLICA Y AUXILIO DE URGENCIA
Junto a la iniciativa particular operaba la acción oficial. La Dirección de Sanidad Municipal tenía a su cargo la sanidad de todo el Partido, y de ella dependían la Asistencia Pública y la Asistencia Social. La primera ofrecía, además de la atención de primeros auxilios, consultorios externos de obstetricia, odontología, ginecología, garganta, nariz y oído, ojos y piel, vacunación antivariólica y antidiftérica, dispensarios para lactantes y antivenéreos, farmacia, laboratorios y servicio de ambulancia.
A este dispositivo se sumaba el Pabellón Standard de Vías Respiratorias, dependiente del Consejo de la Lucha Antituberculosa de la Provincia, con treinta y dos camas, dispensario y visitadora de higiene para la atención profiláctica de los enfermos y sus familias. Cuando se piensa en el temor que inspiraba entonces la tuberculosis, se advierte la importancia de una institución que no solo curaba, sino que vigilaba al entorno del enfermo.

LA INFANCIA. ESCUELA, ALIMENTO Y TUTELA
Quizá sea la infancia el campo donde con mayor claridad se manifiesta la sensibilidad de la época. El Hogar Escuela Taller “Nuestra Señora de Luján”, dependiente de la Liga Argentina de Damas Católicas, fue fundado en 1924, ocupando parte del edificio donde hoy se encuentra el Colegio Marianista “San Agustín”.
Su designio fundacional era el arrancar de los peligros de la calle a más de cincuenta niñas de corta edad, a las que se cuidaba, mantenía, vestía y educaba hasta los diecisiete años, para que al cabo de ese tiempo, convertidas en verdaderas señoritas útiles a la sociedad y a la familia, pudieran bastarse a sí mismas. La enseñanza abarcaba desde el primero hasta el sexto grado escolar, e incluía las tareas, labores y artes propias de la atención de un hogar, cuyas exposiciones anuales daban cuenta del arte y el exquisito gusto de las enseñanzas impartidas.
Al hogar se anexaban una escuela, que admitía también alumnos externos, y un taller de costura y manualidades, bajo el cuidado de las Hermanas de San Antonio de Padua. A las niñas que contaban con familia se les procuraba, si mostraban aptitudes, la posibilidad de proseguir estudios superiores.
A la necesidad del alimento respondían el Comedor Escolar y la Asociación “Miga de Pan”. El primero distribuía diariamente comida sana y abundante a más de trescientos alumnos de las escuelas urbanas, y mantenía además la atención médica e higiénica necesaria para su buena salud.
La “Miga de Pan”, por su parte, proveía en los meses de crudo invierno un panecillo a cada alumno que concurría a clase, sin distinción alguna, de suerte que el reparto alcanzaba un promedio de tres mil quinientos panecillos diarios. Es de notar el carácter universal del beneficio, que evitaba la humillación del señalamiento al niño menesteroso.
Completaban esta trama las Cooperadoras Escolares, formadas por vecinos y padres de alumnos, quienes mediante festivales, romerías y otros beneficios reunían los fondos para vestir, calzar y proveer de útiles a los niños que los requerían. El cronista las juzgaba una gran economía para el Estado, pues tomaban sobre sí obligaciones y gastos que este habría debido costear.

Asilo de Huérfanas, creado por la Liga de Damas Católicas.

LA ANCIANIDAD Y LA FAMILIA NECESITADA
Para quienes habían llegado al ocaso de la vida sin amparo funcionaba el Hogar Municipal de Ancianos “Santo Domingo”. Esta institución, hace ochenta años, recogía a más de cincuenta hombres y mujeres, a quienes se brindaba generoso asilo, cuidados y asistencia.
La Comisión de Asistencia Social, autónoma en su actuación aunque designada por las autoridades, controlaba y subsidiaba la provisión de víveres a domicilio a las familias necesitadas, para lo cual llevaba un fichero con todos los detalles indispensables. Tenía también a su cargo el Comedor Escolar, y abrigaba el propósito de instalar un Jardín de Infantes que permitiese trabajar a las madres con hijos menores, así como una hilandería familiar que proporcionase labor a personas que, por razones especiales, no pudieran abandonar el hogar.
Se trataba, pues, de una concepción que ya no se limitaba a la dádiva sino que buscaba, en la medida de aquellos tiempos, proporcionar medios de sustento.

LA CRUZ ROJA Y LAS SAMARITANAS
Una filial de la Cruz Roja Argentina, el Comité de 9 de Julio, funcionaba en local propio y sostenía una “Escuela de Samaritanas”. Las diplomadas contribuían con su tarea a las obligaciones de la asistencia social, en el hospital, en el Pabellón Standard, en el Comedor Escolar y en la Asistencia Pública.
Formando parte del Comité, también se hallaba un Centro de Samaritanas, que iría agrupando a las que anualmente se recibiesen, para distribuir las tareas inherentes a la misión, cuyo título era condición irrenunciable. La figura de la samaritana, ataviada de blanco y consagrada al servicio, encarnaba el ideal de una caridad que ya no se improvisa, sino que se adiestra y se organiza.

EL COSTO DE LA CARIDAD
Hace ocho décadas atrás la asistencia social del Partido invertía anualmente sumas considerables. La partida mayor destinada, desde luego, correspondía al Hospital de la Sociedad Protectora de los Pobres, con noventa mil pesos, lo que equivale a más de la tercera parte del total. Seguían el Pabellón Standard, con treinta y seis mil, la Asistencia Pública, con treinta y cinco mil, la Asistencia Social y Comisión Escolar, con veintidós mil, el Hogar Escuela, con veinte mil, la Dirección de Sanidad, con dieciocho mil, el Hogar de Ancianos, con quince mil, las Cooperadoras Escolares, con siete mil quinientos y la “Miga de Pan”, con tres mil quinientos.
Del lado de los recursos, los subsidios de la Nación, la Provincia y la Municipalidad sumaban unos ciento treinta y cinco mil pesos, algo más de la mitad del gasto. La diferencia, que ascendía a ciento once mil trescientos pesos, debía cubrirse por medio de cuotas, donaciones y fiestas.
Dicho de otro modo, cerca de la mitad del costo de la asistencia dependía del óbolo espontáneo del vecindario, y no deja de ser elocuente que el cronista destacara con satisfacción que pocas ciudades podían exhibir un servicio tan completo y bien distribuido.

PALABRAS FINALES
Considerada a ochenta años de distancia, la red asistencial de 9 de Julio ofrecía una enseñanza que excede su circunstancia. Fue el fruto de una paciente construcción que se remontaba a finales del siglo XIX y se asentó sobre la cooperación de agentes muy diversos, que supieron mancomunar sus esfuerzos sin desvirtuar la identidad de cada uno. La Iglesia aportó la consagración de su laicado, las damas su diligencia y su prestigio, el Estado sus subvenciones y su organización sanitaria, y los vecinos, en fin, su aporte cotidiano.
La beneficencia de entonces se fundaba en la generosidad y su continuidad dependía de la voluntad de los donantes y de la vitalidad de las fiestas con que se procuraba el peculio. Pero sería injusto desdeñar la hondura moral de aquellas obras.
Detrás de cada cifra había una cama ocupada, un plato servido, un panecillo entregado, una niña amparada del rigor de la calle, un anciano acogido. Evocar hoy esa labor es reconocer la deuda de gratitud que la comunidad contrajo con quienes, sin estridencias, hicieron de la solidaridad una vocación.

 

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