Por Héctor José Iaconis.

Hace ya un siglo, el 4 de julio de 1926, salió a rodar por las calles de la ciudad de 9 de Julio el primer número de un semanario que, aunque modesto en su formato y desenfadado en su tono, dejaría una huella perdurable: “El Pajarito”. Definido como “semanario literario, humorístico y de actualidades”, según rezaba su propio subtítulo, era una referencia interesante de aquella juventud que, a la sombra de los periódicos de prosa más formal que por entonces circulaban en el partido, quiso tener su propia voz, jocosa, coqueta y a ratos punzante.
EL CONTEXTO
La sociedad de 9 de Julio no fue, ni en 1926 ni en las décadas precedentes, una plaza huérfana de publicaciones periódicas. Ya hacia 1907, un relevamiento estadístico confeccionado por la Dirección General de Estadística de la Provincia de Buenos Aires bajo la dirección de Carlos Salas, al que hemos referido en otras ocasiones, había registrado, para el partido, una docena de títulos entre diarios, semanarios y quincenarios. Entre ellos figuraban, junto a los diarios de información general “El Nueve de Julio” y “La Opinión”, algunas hojas de sesgo festivo y literario, tales como “Quo Vadis?”, “El Placer”, “Aurora” y “La Risa”, antecedentes directos, por su índole jocosa y su vocación de esparcimiento, del semanario que nos ocupa.
“El Pajarito” se inscribía, entonces, en una tradición ya asentada de periodismo menor, entendiendo por tal aquel que no aspiraba a la primicia ni al comentario político de fondo. Su objetivo era, más bien, fungir de espejo risueño de la vida social local, con los noviazgos, las murmuraciones de barrio, los festejos patrios, las diversiones deportivas. Se trataba de un género que la historiografía de la prensa hispanoamericana ha sabido identificar y que abreva, en última instancia, en la vieja tradición de la prensa satírica decimonónica, con su ironía costumbrista y su pretensión moralizante disfrazada de chanza.
Mas, “El Pajarito”, añadía a esa estirpe un rasgo distintivo y declarado desde su cabecera, su condición generacional. No era la sátira de los mayores contra las costumbres del pueblo, sino la propia juventud en las imprentas, los tipógrafos y los escribientes poco más que adolescentes, quienes tomaban la palabra. Con cierta insolencia que la Redacción no se privaba de reconocer, reclamaba su rincón en el concierto de la prensa local, diciendo en su primer número: “nuestro deseo es hacer de este semanario un portavoz de la juventud nuevejuliense”.

LA APARICIÓN DEL NÚMERO PRIMERO. CIRCUNSTANCIAS Y PROPÓSITOS
El ejemplar que abría la trayectoria de “El Pajarito” (Año I, Número 1, fechado en 9 de Julio el 4 de julio de 1926) fijaba su domicilio de correspondencia en la calle Río Paraná nº 555, de la antigua numeración cincuentava; es decir, la actual avenida Eva Perón casi Corrientes. Este dato no es para nada desdeñable, pues nos permite situar geográficamente el taller o la redacción del emprendimiento periodístico, en la barriada en torno a la cual surgió.
La tarifa de suscripción, detallada con pulcritud administrativa en la columna inaugural (“Por mes 0.50; Fuera de la ciudad 0.60; Número suelto 0.15; atrasado 0.20”), revela una empresa de alcance recatado pero de pretensiones sostenidas en el tiempo.
La nota “En la Brecha”, verdadero manifiesto fundacional del periódico, declaraba sin ambages el propósito de sus redactores. “El Pajarito” pretendía ser el vocero de “toda composición que esté encuadrada dentro del marco […] literario, humorístico y de actualidades”. Y, en un gesto de deontología periodística que no deja de sorprender en plumas tan jóvenes, se comprometían a la imparcialidad en la publicación de “datos o chismes” y a que sus escritos “jamás desenderemos [sic] al relajamiento moral, o material del pueblo”. Esta fórmula, más allá del desliz ortográfico propio de la composición apresurada, dejaba traslucir una conciencia clara acerca de los límites que la propia publicación se autoimponía frente al vecindario.
No faltaba, en esta plana inaugural, la efusión patriótica de circunstancia. Un texto titulado “Próximas Fiestas” se explayaba en el lenguaje grandilocuente y encendido propio de las conmemoraciones de la Independencia, evocando “el radiante impulso del patriotismo” con que se aguardaba el aniversario del 9 de Julio de 1816.
ANÁLISIS DEL DISEÑO GRÁFICO Y DE LA COMPOSICIÓN TIPOGRÁFICA
Corresponde ahora detenerse en la factura material del impreso. “El Pajarito” se presentaba en un formato de 25 por 35 centímetros, dimensión intermedia entre el pliego mayor de los diarios de información general y el formato más humilde de los quincenarios ilustrados de la época. Recordemos, por ejemplo, que el periódico “Quo Vadis?” medía apenas 15,5 por 23 centímetros.
La caja de composición se distribuía en cuatro columnas de cinco centímetros de ancho cada una. Esta disposición clásica de la prensa de la época, permitía combinar con soltura el texto corrido de las notas con los breves sueltos y los avisos comerciales, sin necesidad de recurrir a la columna única propia de los pliegos más artesanales.
La cabecera exhibía una solución tipográfica de raigambre modernista, con letras de palo grueso, de trazo quebrado y algo caprichoso, flanqueada por sendos recuadros con la leyenda “DE Y PARA – LA JUVENTUD”, a la izquierda y los datos de correspondencia a la derecha. Esta disposición simétrica denotaba, pese a la evidente estrechez de recursos, cierto cuidado compositivo.
Bajo el título, una línea de filete separaba la cabecera del subtítulo «SEMANARIO LITERARIO, HUMORÍSTICO Y DE ACTUALIDADES», compuesto en versalitas espaciadas, según convención habitual en la prensa de la época para jerarquizar visualmente los distintos niveles de información de la portada.
El cuerpo del texto se componía en un tipo de lectura de módulo reducido, no mayor al cuerpo 8 o 9, en composición justificada a las cuatro columnas, con sangrías de párrafo discretas y sin apenas blancos tipográficos. Esto último nos sugiere una economía de papel propia de la publicación de tirada modesta y, presumiblemente, también de presupuesto ajustado.
Los títulos de las secciones “Redacción”, “Football”, “Filológicas”, “Chispazos…” y “Jardín Florido” estaban compuestos en mayúsculas de cuerpo mayor, algunos enmarcados por orlas decorativas o por hileras de asteriscos y rombos que oficiaban de viñetas separadoras.
Al observar hoy aquel primer ejemplar de “El Pajarito” llama la atención, asimismo, el aprovechamiento casi angustioso del espacio. Las páginas interiores, en especial la tercera, dominada por la sección “Filológicas”, presentaban una trabazón de columnas sin apenas respiro. Allí el texto se acomodaba al milímetro disponible, práctica que remite a las limitaciones propias de una imprenta de tipos móviles y componedor manual, sin la holgura que ofrecerá, más adelante, la linotipia a otros periódicos y diarios de la ciudad.
La cuarta página estaba reservada para la publicidad de comercios locales. En el primer número aparecían dos avisos destacados: uno del “Café y Billar Belgrano”, de la firma Tombolini & Mengascini, y otro de la “Confitería 25 de Mayo”. Ambos anuncios estaban diseñados con tipos de fantasía de gran cuerpo, orlas onduladas y abundante blanco, en contraste deliberado con la apretada composición de las páginas de lectura, tal como mandaba la retórica publicitaria de la época, siempre ávida de golpe de vista.
Podemos afirmar que “El Pajarito” era un producto gráfico artesanal de imprenta menor, ejecutado con recursos limitados pero con una voluntad de estilo apreciable. Aquel primer ejemplar daba fe del oficio de los tipógrafos y cajistas locales, herederos de una tradición gremial cuya destreza manual y cuyo conocimiento del oficio (composición al cajetín, distribución de la caja alta y la caja baja, ajuste del componedor) constituían entonces un saber técnico de transmisión estrictamente artesanal.
LOS CONTENIDOS. ENTRE LA CRÓNICA PUEBLERINA Y EL HUMOR
El número inaugural de “El Pajarito” desplegaba un repertorio que abarcaba desde la nota editorial y la efusión patriótica hasta el chisme de pueblo, pasando por el deporte, la crónica cotidiana de la vida social y la poesía de circunstancias.
La sección “Football” daba cuenta del cotejo entre los clubes Atlético Casares y Libertad por el “Trofeo Confitería Libertad”. Sobraban allí el detalle de las alineaciones y del árbitro actuante, Eduardo Hayes, testimonio inapreciable para la historia deportiva local, que permite fijar nombres y formaciones de equipos hoy sólo recordados por sus descendientes.
Mayor originalidad revestía, sin embargo, el conjunto de secciones dedicadas al chismorreo galante y a la crónica de sociedad menuda: “Filológicas”, “Chispazos…”, “Dialoguito de Mi Barrio”, “Cedulitas de San Juan” y “Jardín Florido” conformaban, en su conjunto, un verdadero friso prosopográfico de la juventud nuevejuliense de 1926. Aparecían decenas de nombres propios (Nicolás Yaconis, Teresita Marano, Saverio Bibone, Anita Ronzzini, Rosario Dimarco, Ricardo Cello, Elvira Mantezzi, y tantos otros) que quedaban fijados para siempre en sus incipientes romances, sus celos, sus desplantes y sus ilusiones, con un lenguaje entreverado de lunfardo inicial, de italianismos propios de la inmigración y de un costumbrismo festivo que hoy resulta impagable fuente etnográfica para quien quiera reconstruir el habla y las costumbres de aquella sociedad nuevejuliense de un siglo atrás.
No faltaba la nota de intención moralizante, siquiera esbozada con liviandad. Un artículo “Menores que fuman” fustigaba, con cierto tono adusto que desentonaba apenas con la ligereza general del semanario, la costumbre de los niños de fumar en público.
Por otra parte, el relato “Nada de Grupos”, firmado por “Aleda”, se permite una pieza de ficción breve, de tono onírico y cierto sabor modernista tardío, ambientada en las orillas del Paraná.
Cerraba el número la sección “Distinguido Lector”, una suerte de colofón editorial en el que la Redacción se dirigía al público con una fórmula de cortesía (“esta modesta publicación, en la seguridad de que sabrá aceptarla”) y solicitaba, con humildad no exenta de coquetería, la benevolencia y la colaboración de “toda la juventud”.
“EL PAJARITO” EVOCADO SETENTA AÑOS DESPUÉS
Un dato más elocuente acerca de la significación que este semanario alcanzó en su época no proviene del propio impreso, sino del recuerdo que de él conservaron, décadas más tarde, quienes en 1926 transitaban la adolescencia. Hacia la década de 1990, algunos vecinos de 9 de Julio que habían superado ya los ochenta años de edad, evocaban todavía, con visible afecto, aquel periódico que había circulado por las calles del pueblo en los años de su propia mocedad.
Ese testimonio tardío, recogido por quien escribe estas líneas antes de que se extinguiera con sus últimos portadores, nos permite inferir que “El Pajarito” no fue mero papel efímero. Por el contrario, constituyó una experiencia formativa, acaso un ritual de sociabilidad juvenil que dejó marca perdurable en quienes lo escribieron, lo leyeron o simplemente aguardaron, en la puerta de sus casas, su llegada semanal.
PALABRAS FINALES
Cien años separan al lector de hoy de aquella tarde de julio en que un grupo de chicos nuevejulienses, dieron a luz su primer número. “El Pajarito”, en la prensa local, fue un espejo travieso de un pueblo que crecía, caja de resonancia de sus amores adolescentes, de sus partidos de fútbol y de sus pequeñas vanidades de barrio. Probablemente sea justamente en esa modestia declarada donde reside su valor documental más genuino. Pocas fuentes permiten, como esta, calar tan hondo en la textura cotidiana de una juventud que, hace cien años, se atrevió a reírse de sí misma.


