Por Héctor José Iaconis.

La historia local tiene la virtud, y también el riesgo, de la pequeña escala. Sus episodios parecen, a primera vista, demasiado modestos para soportar el peso de una interpretación teórica rigurosa. Sin embargo, es precisamente en esa pequeña escala donde los mecanismos del poder social se vuelven más visibles, las tensiones entre individuos revelan estructuras que los trascienden y la vida cotidiana de una comunidad en formación puede leerse con una densidad que los grandes acontecimientos nacionales a veces ocultan.
El episodio que aquí se examina ocurrió en 9 de Julio en 1893 e involucra a Rafael Prieto, hijo del estanciero Raymundo Prieto, edil ante el Concejo Deliberante local, quien más tarde habría de ocupar la intendencia municipal. A primera lectura, se trata de una anécdota menor: un hombre rechazado en un baile por su indumentaria que luego promueve una ordenanza municipal para regular esos eventos. A una lectura más atenta, articulada con las herramientas que ofrecen la sociología de Pierre Bourdieu, la analítica del poder de Michel Foucault y la historia del proceso civilizatorio de Norbert Elias, el episodio revela algo considerablemente más complejo: una operación de poder que convierte una humillación personal en autoridad institucional, y que condensa, en un gesto, las tensiones de una sociedad de frontera en plena construcción de sus propias jerarquías.
EL BAILE, LA COMISIÓN Y EL CONCEJAL
En la sesión del Concejo Deliberante de 9 de Julio del 2 de marzo de 1893, el concejal Rafael Prieto presentó un proyecto de ordenanza destinado a regular los bailes públicos del pueblo. Entre sus disposiciones figuraba la prohibición de acceso a menores, mujeres menores de doce años y varones menores de quince (1), y una serie de normas de organización general. Al fundamentar el proyecto, Prieto declaró ante sus colegas que no lo movía “ningún móvil mezquino hacia nada ni a nadie”, sino el propósito de impedir “ciertos abusos que se cometen en los bailes públicos cuando estos no eran reglamentados”. Añadió, sin embargo, un dato que resulta revelador: él mismo había sido objeto de “un abuso incalificable” en un baile celebrado en el Teatro Rossini de la Sociedad Italiana hacía pocos días, cuando una comisión organizadora le había solicitado que abandonara el evento. La razón oficial, según sus propias palabras consignadas en el acta: pretendían imponerle que saliese “porque se le había ocurrido ir con sobretodo” (2).
Hasta aquí, el relato oficial. El historiador Buenaventura N. Vita, cuyo padre era por entonces miembro de la Sociedad Italiana, recogió una versión sensiblemente diferente. Prieto no había sido rechazado por llevar sobretodo, sino por haber pretendido ingresar con botas de montar y pañuelo al cuello. El detalle no es menor.
Entre un sobretodo, prenda urbana, perfectamente admisible en un evento social, y unas botas de montar (calzado rural, asociado al trabajo de campo y a la estancia) existe una diferencia que no es de grado sino de naturaleza. Una es una imprecisión de etiqueta; la otra es la irrupción de un código social radicalmente distinto en un espacio que había construido sus propias reglas de pertenencia.


EL CUERPO COMO CAMPO DE BATALLA
Para comprender lo que realmente estaba en juego en aquel umbral del teatro de la Sociedad Italiana(3), es necesario considerar la dimensión simbólica del cuerpo y su indumentaria en una sociedad como la de 9 de Julio en 1893. La ciudad era, por entonces, una comunidad relativamente joven, apenas tres décadas después de su fundación, en pleno proceso de diferenciación social y de construcción de sus propias jerarquías urbanas.
En ese proceso, las normas de conducta corporal (cómo se vestía, cómo se saludaba, cómo se bailaba, con qué calzado se ingresaba a un teatro) no eran caprichos superficiales. Eran, empero, algo así como los marcadores visibles de una distinción social que la comunidad estaba elaborando en tiempo real, sin dudas, a la luz de las modas, usos y costumbres provenientes de la gran ciudad.
Norbert Elias demostró que el proceso de civilización en las sociedades occidentales modernas implicó, entre otras cosas, la codificación progresiva de los comportamientos corporales. Esto, como mecanismos de diferenciación entre grupos sociales.
En una comunidad como 9 de Julio, ese proceso tenía una urgencia particular, la comunidad necesitaba distinguirse internamente, trazar fronteras simbólicas entre el espacio urbano en formación y el espacio rural que la circundaba y del que muchos de sus habitantes provenían.
Las botas de montar de Prieto no eran simplemente una elección de vestuario inadecuada. Para los organizadores del baile eran la irrupción del mundo de la estancia en el espacio que la Sociedad Italiana había construido como territorio de urbanidad y distinción asociativa.
Aquí entra con toda su pertinencia el concepto bourdiano de capital simbólico. Prieto poseía capital económico, provenía de una familia acaudalada. Por otra parte, también poseía un “capital político”, dado su cargo en el cuerpo deliberativo.
Sin embargo, en el espacio específico del baile, Prieto carecía del capital simbólico que ese campo exigía, el dominio incorporado de los códigos de conducta que la institución mutualista había establecido como condición de pertenencia.
La comisión organizadora, que no igualaba a Prieto en capital económico ni político, ejerció sobre él una forma de violencia simbólica al aplicar con rigor las reglas del campo que ella misma administraba. En ese espacio y en ese momento, la autoridad era de ellos.
Pero conviene detenerse aquí un instante, porque el episodio contiene una paradoja que Bourdieu no resolvería sin tensión. La violencia simbólica, tal como él la conceptualiza, opera con mayor eficacia cuando el dominado la acepta, cuando incorpora como legítimas las categorías que lo subordinan y contribuye así, sin saberlo, a reproducir las condiciones de su propia dominación. Eso no ocurrió en el teatro de la Sociedad Italiana.
Prieto no aceptó la lógica del campo que lo había expulsado. La rechazó, la impugnó públicamente ante sus pares y la reencuadró en un escenario institucional donde las reglas le eran enteramente favorables. En rigor, la violencia simbólica funcionó, pero solo como detonante: fue suficientemente eficaz para humillarlo, pero insuficiente para someterlo.
Lo que el episodio revela, entonces, no es un caso de dominación consumada sino de dominación fallida que se convierte en el motor de una estrategia de revancha institucional. Prieto fue, simultáneamente, el “dominado” en el campo del baile y el “dominante” en el campo deliberativo. Esa doble posición es precisamente lo que hace del episodio algo más complejo que una simple anécdota de etiqueta mal observada.

LA ORDENANZA COMO DESPLAZAMIENTO TÁCTICO
La respuesta de Prieto ante esa derrota simbólica es lo que el episodio tiene de más instructivo. Lejos de aceptar la lógica del campo donde había sido vencido, trasladó el conflicto a un escenario donde su “capital político” era soberano, el Concejo Deliberante.
Allí, la ordenanza que presentó cumplía una función doble. Por un lado, respondía genuinamente -no es posible ni deseable descartar esa dimensión- a una preocupación legítima por el orden en los espacios públicos. Por otro lado, y de manera inseparable, institucionalizaba su propia posición de autoridad sobre el tipo de eventos que lo habían humillado.
Este desplazamiento revela, paradójicamente, la lógica que Michel de Certeau llamaba estrategia: el cálculo de las relaciones de fuerza que se hace posible desde que un sujeto de poder tiene un lugar propio desde el cual operar. Prieto había sido vencido donde carecía de ese lugar propio, su respuesta fue retirarse hacia el territorio donde ese lugar era soberano e inalienable.
La ordenanza municipal no suprimía la Sociedad Italiana ni disolvía su comisión de baile, pero sometía sus eventos a una reglamentación cuya autoridad última residía en el cuerpo deliberativo del que Prieto formaba parte.
Hay además una dimensión archivística que no debe pasar inadvertida. El acta de la sesión registra la versión de Prieto (“el sobretodo”) y no la versión de Vita (“las botas de montar”. Esa diferencia no es un error de transcripción, sino la producción discursiva de una verdad institucional.
El documento oficial preserva la versión que el poder pudo inscribir en él, mientras que la versión alternativa, las más sabrosa, sobrevivió solo en la memoria familiar de un testigo indirecto. El historiador que trabaja con esta fuente no puede ignorar esa asimetría: el acta no es un espejo de lo que ocurrió sino el resultado de una selección que tiene sus propias condiciones de posibilidad.
En efecto, como lo hemos expresado en otras ocasiones, en notas publicadas sobre temáticas afines a la historia nuevejuliense: no existen fuentes absolutamente “inocentes”.
PALABRAS FINALES
El caso del concejal Prieto no es, en definitiva, una anécdota. Es un episodio que condensa, en la escala de un baile de pueblo, mecanismos de poder, distinción social y construcción institucional que operaban en la sociedad de 9 de Julio.
Ciertamente, con la misma lógica que en cualquier otra comunidad en proceso de urbanización y diferenciación social. La pequeñez del escenario no reduce la complejidad de las fuerzas que en él actuaban. Antes bien, la vuelve más legible, más accesible al análisis.
Rafael Prieto entró al teatro de la Sociedad Italiana con botas de montar y fue rechazado. Salió de esa noche con una ordenanza municipal a su nombre.
Entre esos dos momentos ocurrió algo que merece ser pensado con cuidado: la conversión de una derrota simbólica en autoridad institucional. Esa operación, en sus distintas formas y escalas, es uno de los mecanismos más persistentes y menos estudiados en la historia local de 9 de Julio. Y comprender cómo funcionó en 1893 puede arrojar una luz inesperada sobre cómo siguió funcionando después.
NOTAS
- Archivo y Museo Histórico «Gral. Julio de Vedia». Sección: Archivo Histórico Municipal, cuerpo 2, anaquel 6, Libro de Actas del Honorable Concejo Deliberante de 9 de Julio N° 1, folio 403.
- Ibídem.
- La Sociedad Italiana de Socorros Mutuos «Amistad y Trabajo», fundada en 1880, fue una de las primeras instituciones en consolidar en 9 de Julio un espacio organizado de ayuda mutua entre la comunidad inmigrante. De su seno surgió la creación del Teatro Rossini, que no se limitó a una función recreativa sino que devino en un referente de la vida artística y cultural local. Este origen asociativo e inmigrante es relevante para comprender la lógica del episodio: la comisión que rechazó a Prieto no representaba a la elite económica del pueblo, sino a una institución que había construido su propio capital simbólico a partir de la cohesión comunitaria y el establecimiento de normas propias de pertenencia. Que precisamente en ese espacio se produjera la fricción con un miembro de la familia de un estanciero local, subraya la complejidad de las jerarquías sociales en una comunidad todavía en formación.
FUENTE PRIMARIA
Archivo y Museo Histórico «Gral. Julio de Vedia». (1893). Libro de Actas del Honorable Concejo Deliberante de 9 de Julio N.° 1 (folio 403, sesión del 2 de marzo de 1893). Sección: Archivo Histórico Municipal, cuerpo 2, anaquel 6 (fuente consultada en 1993, a cuya época corresponde esta signatura topográfica).
BIBLIOGRAFÍA
Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción (T. Kauf, Trad.). Anagrama.
Bourdieu, P. (2000). La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (M. C. Ruiz de Elvira, Trad.). Taurus.
De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer (A. Pescador, Trad.). Universidad Iberoamericana / ITESO.
Elias, N. (1987). El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (R. García Cotarelo, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
Elias, N. (1996). La sociedad cortesana (G. Hirata, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
Foucault, M. (2005). El orden del discurso (A. González Troyano, Trad.). Tusquets.
Foucault, M. (2002). La arqueología del saber (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI Editores Argentina.
Vita, B. N. (s.f.). Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863–1900. Prima versio [Manuscrito inédito mecanografiado]. Archivo y Museo Histórico «Julio de Vedia», 9 de Julio, Buenos Aires, Argentina.


