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Nueve de Julio
domingo, mayo 10, 2026

Hace 150 años comenzaba a funcionar el Consejo Escolar de 9 de Julio

Políticas educativa locales y un acto de fe en el futuro de la comunidad

Por Héctor José Iaconis.

Hace 150 años, cuando el Partido de 9 de Julio resistía las últimas acometidas de los malones indígenas, algo de menor estrépito pero de consecuencias más duraderas ocurría en la sala de sesiones de la Corporación Municipal. El 7 de abril de ese año, siete hombres se reunieron para dar vida al primer Consejo Escolar del Distrito de 9 de Julio.

LA CONSTITUCIÓN DEL CUERPO
La creación del Consejo Escolar respondía a un proceso de organización institucional más amplio, impulsado desde Buenos Aires a través de la Ley de Educación Común. Su reglamentación establecía con precisión las atribuciones, la composición y el funcionamiento de estos cuerpos colegiados en cada uno de los distritos de la provincia. Fue el presidente de la Municipalidad, Nicolás L. Robbio, quien convocó a los consejeros escolares elegidos para llevar a cabo la sesión constitutiva. Acudieron el cura párroco, Francisco Oreiro, el escribano Cornelio Andrade, los hacendados Enrique Bouquet, Jorge Perren y Alejandro Dorrego; el comerciante Juan Sáez y el médico Juan Mateo Franceschi. La reunión no fue un mero trámite protocolar: implicaba la asunción formal de responsabilidades sobre la educación pública de todo el partido, en un momento en que esa responsabilidad tenía un peso inmenso y recursos exiguos.
Luego de un intercambio preliminar de pareceres, los presentes procedieron a elegir presidente del novel cuerpo, el cual quedó conformado de la siguientes manera:
Presidente: Francisco Oreiro; Secretario: Cornelio Andrade; Tesorero: Alejandro Dorrego; Vocales: Enrique Bouquet, Jorge Perren y Juan Saez y Subinspector: Juan Mateo Franceschi.
Cabe recordar que, ya en las instancias fundaciones del Consejo Escolar no faltó el disenso a la hora de elegir las autoridades. El escribano Andrade votó en disconformidad con la elección del padre Oreiro como presidente del cuerpo, argumentando que la designación debía tener carácter interino hasta tanto se reunieran todos los miembros en pleno para efectuar la elección definitiva, dado que en ese momento se hallaban personas ausentes.
La vida institucional de ese primer cuerpo tampoco exenta de vicisitudes, particularmente en los primeros meses. En mayo, uno de los consejeros titulares presentó su renuncia y en junio y agosto, al incorporarse como concejales municipales, también dimitieron el doctor Franceschi y el escribano Andrade. Este último, sin embargo, ofreció continuar ejerciendo la secretaría, lo cual le fue aceptado. En noviembre, mediante sorteo, se determinó cuáles serían los consejeros escolares que a fin de año para dar lugar a la renovación parcial del cuerpo. En efecto, deberían cesar los consejeros Bouquet, Dorrego, Sáez y Perren.

LAS ESCUELAS Y SUS PRIMERAS URGENCIAS
Una de las primeras acciones del Consejo fue hacerse cargo, mediante prolijo inventario, de las dos escuelas que funcionaban en el partido. La Escuela de Varones dependía hasta entonces del antiguo Departamento General de Escuelas y la Escuela de Niñas, de la Sociedad de Beneficencia de la ciudad de Buenos Aires. Ambas pasaron a estar bajo la administración directa del nuevo cuerpo escolar distrital, situación que se mantendría hasta la reforma de la ley de educación de 1905, cuando esas atribuciones fueron considerablemente recortadas.
Inmediatamente, los consejeros escolares advirtieron que las escuelas faltaban útiles escolares. Ante esta escasez apremiante, el consejero Perren impulsó una colecta, entre los propios miembros del cuerpo, logrando reunir unos setecientos pesos, suma que fue destinada para la adquisición de los materiales más necesarios. Lo que describimos podría interpretarse como una señal inequívoca del espíritu que animaba a aquellos primeros consejeros: la voluntad de suplir con iniciativa propia las deficiencias que el erario público no alcanzaba a cubrir.
A la sazón, la Escuela de Varones se encontraba bajo la dirección de Manuel María Pérez, quien desempeñaba el cargo de preceptor y fue confirmado en su cargo. En el mes de marzo registraba cuarenta alumnos inscriptos, quince en el grado infantil, dieciocho en el elemental y siete en el superior. La Escuela de Niñas, por su parte, se hallaba conducida por la preceptora Ramona Plot, secundada por la subpreceptora Agustina Plot, las cuales fueron igualmente confirmadas. En junio, esa escuela contaba con treinta y nueve alumnas distribuidas en tres grados.

FINANZAS, TERRENOS Y POLÍTICA EDUCATIVA LOCAL
El Consejo asumió también la administración de recursos y la planificación presupuestaria. En la sesión del 30 de mayo fijó el presupuesto para el resto del año: recursos estimados en 103.750 pesos, gastos proyectados en 158.000, con un déficit de 54.250 pesos que fue oportunamente cubierto por el Gobierno de la Provincia. La Municipalidad de 9 de Julio, por su parte, contribuyó al sostenimiento de la educación común con la suma de 12.015 pesos. Asimismo, en aplicación de la Ley de Ejidos de 1870, que establecía el diez por ciento del producido de las ventas de tierras de ejidos como renta escolar.
Desde luego, esas construcciones que debía efectuar la Municipalidad para la cartera de educación pocas veces llegaba de manera inmediata a las escuelas. Las partidas solían demorarse lo suficiente como para que los maestros deban pasar privaciones y las escuelas carezcan de lo indispensable.
En materia de infraestructura, la Corporación Municipal resolvió escriturar y dar en posesión al Consejo Escolar el terreno reservado para escuela en la calle Independencia, hoy Hipólito Yrigoyen, frente a la Plaza General Belgrano, el mismo solar donde se levanta hoy el edificio de la Escuela Nº 1 «Bernardino Rivadavia». El trámite se formalizó ante el escribano Andrade, el primer notario en ejercer esta profesión en 9 de Julio.

EDUCACIÓN PÚBLICA Y PRIVADA: UN ECOSISTEMA EN FORMACIÓN
Además de las escuelas públicas funcionaban en el Partido algunas de gestión privada, las cuales también atendían una porción de la demanda educativa. Mercedes Vásquez de Labbé, considerada la primera educadora en 9 de Julio, poseía una escuela con veinticuatro alumnos, mientras que Jacinta G. de Guevara, esposa del sargento mayor Dolveo Guevara, abrió la suya a partir del 1º de junio de ese año. A su vez, el propio consejero escolar Enrique Bouquet mantenía una escuela particular de varones en su estancia, destinada a brindar instrucción al personal e hijos de los peones de ese establecimiento, financiada de su peculio y con un preceptor contratado para impartir la enseñanza.
El Consejo desplegó, además, una política activa de difusión y arraigo escolar. Convocó una asamblea de los socios de la Biblioteca Popular, solicitando su colaboración para la causa educativa. Por un lado, promovió una propaganda intensa en el vecindario en favor de la inscripción y de la asistencia regular a clases, lo que desde los primeros momentos produjo un aumento sensible en ambas variables. Por otra parte, fijó también el 10 de noviembre como fecha para la realización de un censo escolar, instrumento fundamental para conocer la dimensión real de la población en edad escolar y planificar en consecuencia. Con razonable pragmatismo, dadas las circunstancias y los recursos que se contaban en la época, el mismo Consejo Escolar resolvió que la campana de la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, entonces una pequeña capilla, sirviera para indicar la hora de entrada a clases.

PALABRAS FINALES
Ciento cincuenta años después de aquella sesión del 7 de abril de 1876, vale la pena detenerse a contemplar lo que significó ese acto fundacional. En un Partido que por esos días lidiaba con una agricultura incipiente y unas finanzas municipales precarias, un puñado de vecinos (un presbítero, un médico, un escribano, algunos propietarios) se sentó alrededor de una mesa para atender, planificar y zanjar las cuestiones básicas vinculadas con la educación de los hijos de la comunidad. No tenían edificio propio, tampoco útiles o recursos. Había, no obstante, un abultado déficit presupuestario. Sin embargo, a pesar de esas adversidades, escogieron actuar: organizaron colectas, convocaron asambleas, procuraron mejorar las estadísticas, escrituraron terrenos y nombraron maestras.
La Escuela Nº 1 «Bernardino Rivadavia» ocupa hoy el mismo terreno que aquel Consejo tramitó en 1876. Esa continuidad no es casual se trata, pues, del sedimento visible de una apuesta que se hizo hace siglo y medio, cuando educar era, además de una obligación moral, un acto de fe en el porvenir de la comunidad que todavía estaba aprendiendo construirse. Esa apuesta merece ser recordada.

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