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Nueve de Julio
domingo, marzo 1, 2026

El enigma de Domingo Iraizos. Un temprano emprendedor y el misterio de un crimen impune en los orígenes de 9 de Julio

Por Héctor José Iaconis.

– Parte III y última-

* Se estableció en 9 de Julio, apenas establecido el campamento militar, instalando uno de los primeros hornos de ladrillos de la localidad, actividad fundamental para el desarrollo urbano de la incipiente comunidad.
* Diversificó sus emprendimientos abriendo una fonda con siete habitaciones, cocina y sala de billar que pronto se convirtió en «el punto de reunión de los pocos vecinos con que contaba la formación del pueblo», incluyendo oficiales de la guarnición militar.
* Apodado el “Cacique”, se fue granjeando enemistades en la pequeña comunidad por supuestas prácticas comerciales desleales y conductas morales reprochables, generando profundos resentimientos entre sus vecinos y competidores.
* Su misteriosa desaparición, en junio de 1870, repercutió en la pequeña comunidad.

Durante décadas, el destino de Domingo Iraizos permaneció oficialmente como una incógnita. La versión oficial clasificó el caso como «desaparición», y el expediente judicial quedó «archivado a la espera de que se hiciese saber, en qué parte estaba su cuerpo». Sin embargo, en el seno de la comunidad local circulaban versiones susurradas acerca del verdadero final que había tenido el «Cacique» Iraizos.
En 1901, con motivo del fraccionamiento de la quinta número 4 en solares, propiedad que había pertenecido a Domingo Iraizos, los vecinos más antiguos tuvieron ocasión de rememorar la desaparición. Fue en ese contexto que Buenaventura N. Vita, cronista local, tuvo la oportunidad de escuchar «la verdad exacta de lo ocurrido, por boca de uno que debió ser testigo de esa tragedia».
El testimonio provino de Tomás Tolosa, de nacionalidad francesa, quien en el momento de la desaparición de Iraizos trabajaba como peón en un horno de ladrillos. Según Vita, durante una reunión de antiguos vecinos en la mueblería de su padre, ubicada en la calle General Bartolomé Mitre esquina Libertad, Tolosa fue instado a revelar lo que sabía. Ante el pedido unánime de los presentes, y considerando que el transcurso del tiempo hacía improbable cualquier consecuencia penal por la prescripción del delito, Tolosa accedió a hablar.
Su relato, reproducido por Vita, fue escueto pero estremecedor:
«Pues señor… El Cacique salió de su casa como siempre. Lo hacía todas las noches, y se llegó al horno… donde yo trabajaba de peón en ese tiempo, poniéndose a charlar con los que estaban de guardia, y de esto resultó que entró sentándose a la mesa a jugar una partida de naipes al truco, que degeneró en una bochinche, y como ya se conocía al pájaro fue muerto allí nomás el Cacique. Para hacerlo desaparecer fue echado enseguida a la hornalla encendida de ladrillos que había en ese momento…»
Tolosa concluyó su narración con una observación cargada de sarcasmo: «Sí, sí, no pudo el Cacique quemar más leña de otros, ni molestar mujeres ajenas… Sí, sí, las pagó todas juntas». Esta frase final revela la existencia de profundos resentimientos acumulados contra Iraizos, relacionados tanto con sus prácticas comerciales desleales como con sus conductas morales reprochables.
El testimonio de Tolosa, aunque tardío y no corroborado oficialmente, ofrece una explicación coherente sobre la desaparición de Iraizos. Según esta versión, el vasco habría sido asesinado durante una disputa surgida en el transcurso de una partida de naipes, y su cuerpo habría sido inmediatamente arrojado a la hornalla encendida del horno de ladrillos, donde fue completamente incinerado. Esta macabra forma de hacer desaparecer el cadáver explicaría por qué todas las búsquedas resultaron infructuosas y por qué nunca se halló el menor vestigio del cuerpo.

La muerte de Domingo Iraizos. Imagen ilustrativa reconstruída digitalmente en base a los testimonios de época.

LAS CONSECUENCIAS PARA LA FAMILIA
La desaparición de Domingo Iraizos sumió a su familia en una situación de profunda incertidumbre jurídica y económica. Sin un cuerpo que permitiera certificar la defunción, Josefa Galduroz y su hija María se vieron impedidas de acceder legalmente a los bienes dejados por el desaparecido. Esta situación motivó la intervención del apoderado Antonio Martín, quien en un documento fechado el 8 de febrero de 1877 solicitaba formalmente la declaración de muerte presunta.
En ese escrito, Martín exponía las circunstancias de la desaparición y afirmaba que la familia había «adquirido la triste presunción de [Domingo Iraizos] que fue víctima de un horroroso plan criminal, preconcebido de modo que no dejase el menor indicio del crimen que entrañaba». Esta formulación sugiere que, si bien no se disponía de pruebas concretas, existía la convicción de que Iraizos había sido asesinado de manera premeditada.
El proceso judicial avanzó lentamente. Recién el 1° de octubre de 1877, más de siete años después de la desaparición, el apoderado reiteró su pedido de que se declarase la muerte presunta de Domingo Iraizos y se reconociera como legítimas herederas a su esposa Josefa Galduroz y a su hija María Iraizos de Pérez. Este último dato revela que para entonces María ya había contraído matrimonio.
Efectivamente, el 31 de diciembre de 1874, María Andrés Silvestra Iraizos había casado con Manuel María Pérez, maestro español de 33 años de edad. El matrimonio fue celebrado en la parroquia de Santo Domingo de 9 de Julio. Un detalle curioso de la partida matrimonial es que consignaba a María, entonces de 22 años, como «de estado viuda», dato cuya explicación no resulta clara en las fuentes disponibles. Podría tratarse de un error administrativo o quizás indicar un matrimonio anterior del cual no se conserva documentación.
Finalmente, el Juzgado resolvió favorablemente del juicio sucesorio que había comenzado en 1872 y accedió a la solicitud de declaración de su muerte presunta. El 31 de octubre de 1878, ocho años y medio después de la desaparición, el Juez de Paz de 9 de Julio puso en posesión a Josefa Galduroz y a María Iraizos de Pérez como herederas legítimas de Domingo Iraizos. Los bienes inventariados consistían en una casa con terreno donde había funcionado la fonda, y las quintas número 4 y 5.
La viuda Josefa Galduroz debió enfrentar, además de la pérdida de su esposo, la devastadora epidemia de viruela que en 1872 cobró la vida de su hijo José y puso en riesgo su propia existencia y la de su hija. El hecho de que el inventario de bienes debiera demorarse precisamente por esta enfermedad subraya las múltiples adversidades que se abatieron sobre la familia Iraizos tras la desaparición del padre.

REFLEXIONES SOBRE UN CRIMEN IMPUNE
El caso de Domingo Iraizos plantea interrogantes que trascienden la mera reconstrucción biográfica. En primer lugar, revela las limitaciones del sistema judicial en las comunidades fronterizas del siglo XIX. A pesar de las diligencias realizadas por el juez de Paz, Enrique Bouquet, resultó imposible esclarecer la desaparición. La ausencia de cuerpo, la falta de testigos dispuestos a declarar en el momento de los hechos y las probables complicidades locales impidieron que se hiciera justicia.
En segundo lugar, el caso ilustra las tensiones sociales que podían existir en la naciente. Si se da crédito al testimonio de Tomás Tolosa y a las caracterizaciones recogidas por Vita, Domingo Iraizos habría acumulado enemistades tanto por sus prácticas comerciales desleales como por sus conductas morales reprochables. En una sociedad pequeña, donde todos se conocían y las interacciones eran constantes, tales comportamientos podían generar resentimientos explosivos.
En tercer lugar, la forma en que supuestamente fue eliminado el cuerpo, arrojándolo a una hornalla encendida, muestra tanto la brutalidad del crimen como la racionalidad con que fue ejecutado. La incineración completa del cadáver no solo garantizaba la desaparición de la evidencia física, sino que también permitía a los perpetradores continuar con sus vidas sin mayores sobresaltos. El hecho de que Tolosa pudiera relatar los hechos décadas después, una vez prescrito el delito, sugiere que el secreto fue celosamente guardado por quienes participaron o tuvieron conocimiento del asesinato.
Finalmente, resulta significativo que la memoria colectiva de 9 de Julio haya preservado, aunque de manera fragmentaria y susurrada, la verdad sobre lo ocurrido. El testimonio de Tolosa, recogido por Vita, constituye una fuente histórica de valor incalculable, pues permite reconstruir un episodio que de otro modo habría quedado sepultado en el olvido junto con las cenizas de Domingo Iraizos.

PALABRAS FINALES
La historia de Domingo Iraizos, a excepción de las circunstancias particulares de su muerte, condensa en una sola trayectoria vital muchos de los elementos que caracterizaron la experiencia de otros inmigrantes europeos que vivieron en el pueblo de 9 de Julio del siglo XIX: la emigración desde regiones rurales empobrecidas de Europa; la búsqueda de oportunidades en la frontera bonaerense; el esfuerzo por establecer emprendimientos económicos en condiciones adversas; la integración, no siempre armoniosa, en comunidades en formación, y finalmente, la exposición a la violencia en contextos donde la Corporación Municipal y el Juzgado de Paz apenas ejercían control efectivo.
Si bien las fuentes permiten reconstruir con razonable precisión los hechos principales de su vida, persisten zonas de sombra que difícilmente podrán ser completamente iluminadas. Lo que resulta indudable es que Domingo Iraizos fue uno de los primeros pobladores de 9 de Julio. Su horno de ladrillos y su fonda contribuyeron materialmente al desarrollo del pueblo en sus años iniciales. Su trágica muerte puede entenderse en el marco de las condiciones de inseguridad, las rivalidades y las tensiones morales que caracterizaban la vida en un pueblo de frontera.
Para su viuda y su hija, la desaparición de Domingo representó no solamente una tragedia personal, sino también un largo padecimiento jurídico hasta organizar su herencia y dar legalidad a su condición de herederas. La presencia del yerno de Josefa y esposo de María, un maestro formado y reconocido en la comunidad, debió ser clave para sobrellevar ese trance.
Hoy, más de un siglo y medio después de aquella noche de junio de 1870, la figura de Iraizos emerge como la de un hombre complejo: emprendedor y trabajador, pero también conflictivo y moralmente cuestionable; integrante del grupo de vecinos fundadores de 9 de Julio, pero también víctima de la brutalidad que, en algunos ámbitos de la incipiente población, impregnaba las relaciones sociales. Su historia merece ser recordada no solamente por su dramatismo intrínseco, sino porque arroja luz sobre una época crucial en la formación de la sociedad nuevejuliense..

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES PRINCIPALES
– Archivo General de la Nación, Expte. “Iraizos, Domingo. Su testamentaría”, AR-AGN.DE/JCIV, Suc-6411.
– Emilio Carballeda, «Crónica retrospectiva de la fundación de Nueve de Julio», en «El Porvenir», 9 de Julio, 2 de agosto de 1903.
– Buenaventura N. Vita, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1870, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1938.
– “El Orden”, edición especial conmemorativa del 75° aniversario de la fundación de 9 de Julio, 9 de Julio, 29 de octubre de 1938.

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