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7 octubre 2022

Con bastón y bombín. Dos objetos personales de un caudillo político nuevejuliese

Por Héctor José Iaconis
Existen prendas de vestir que han sido características de los grandes personajes históricos: el histórico chambergo del general Mitre, su inconfundible marca de estilo; los sombreros de copa inconfundibles de Adolfo Alsina o la chistera de Nicolás Avellaneda, que le permitía, en cierto modo, contrarrestar su baja estatura. Más adelante, el ponchito liviano doblado prolijamente sobre el hombro de Alfredo Palacios será otro accesorio que servirá más de símbolo que de abrigo, al decir de Ramón Columba.
Algunos protagonistas de la historia nuevejulienses también se distinguieron por su indumentaria o por algunos detalles categóricos que daban a esta. Desde los anteojos impertinentes que colgaban sobre el uniforme del coronel Julio de Vedia, para permitirle mitigar su limitación visual hasta el levitón raído por los años de don Teodoro Maqueda, con el cual resistía a las exigencias de la moda a finales del siglo XIX.

Bastón y sombrero bombín que pertenecieron a Nicolás L. Robbio, tal como se conservan actualmente en el Museo, Archivo y Centro Cultural «Julio de Vedia» de 9 de Julio

EN EL MUSEO
Esta mañana, en una visita al Centro Cultural, Archivo y Muse Histórico “Julio de Vedia” de esta ciudad, gentilmente recibido por su director, el profesor Roberto Castro, pude tomar contacto con dos objetos históricos que allí se conservan. Se trata del sombrero bombín y el bastón que pertenecieron a Nicolás Liberato Robbio, la figura política más destacada en 9 de Julio, en el siglo XIX.
Fueron, estos accesorios, verdaderas marcas de estilo en este personaje. Acostumbraba vestir, tal se dejar ver en las fotografías de época, casi invariable en su forma y color. Al traje cruzado con chaleco, acompañaba camisa blanca y una corbata clásica sujeta a un cuello de tipo ópera o palomita. Llevaba comúnmente calzado con capellada abotonada y su bastón era de uso ineludible.
Conservaba en el vestir, en la edad otoñal, el rigor austero que había distinguido a muchos autonomistas que, asemejándose a su caudillo, Adolfo Alsina, escogían una vestimenta sin mayores ostentaciones.

ROBBIO, UNA MARCA PERSONAL
Nicolás L. Robbio no sólo conservó una marca de estilo en su indumentaria; también, no menos aguda y persistente, la tuvo en su protagonismo político. Su forma de concebir y de ejercer la política, los cargos públicos y la gestión del gobierno municipal signaron una época.
Líder natural del Partido Autonomista Nacional, tanto él como su hijo Nicolás H. Robbio, supieron seducir al electorado local. Don Nicolás L. Robbio, además, contaba con reconocimiento entre sus correligionarios de la provincia de Buenos Aires y, más aún, de la cuarta sección electoral.
Presidente de la Municipalidad, juez de Paz, concejal, intendente municipal, consejero escolar, comisario de policía, senador y diputado ante la Legislatura provincial y Defensor de Menores, no hubo cargo político gravitante que no haya ocupado. Su voz tenía peso en los diferentes ámbitos que frecuentaba y, allí donde no fuera oído o el clima le resultara adverso, se encargaba de acordar, conciliar o someter, sea por las vía en que fuera menester hacerlo.
Nacido en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1846, llegó estas tierra siendo muy joven. Su tío Juan Robbio, también dirigente político, poseía una fracción de campo en el Partido de Bragado, y aquel le encomendó a su padre su administración. Así, Nicolás junto su padre, llegaron y se establecieron definitivamente.
Robbio, pasó a formar al Partido de 9 de Julio y con el apoyo de su mentor político, Guillermo Doll, adquirió una posición en el vecindario.

Don Nicolás, el caudillo político que dejó una marca indeleble en la vieja política lugareña. Foto: Archivo General de la Nación.

LOS OBJETOS Y LA MEMORIA
Cada uno de los objetos que se conservan en el Museo de 9 de Julio nos remite, de forma inmediata, a un hecho, un personaje o un período de la historia lugareña. Con una fuerza intangible nos animan la memoria comunitaria y, a partir del contacto visual con ellos, nos conectan con aquello que fue.
Quizá, no lo sabemos, sean estos los únicos objetos personajes que se conserven de Robbio; más allá de los documentos históricos donde se plasma su rúbrica sencilla. Una extraña sensación se produce al estar frente a esas piezas y saber que, allí, ha quedado para siempre algo de aquel que, más de un siglo atrás, los portaba.
Ahí reside, tal vez, la importancia de los museos en las comunidades. Son el lugar donde mantener viva esa extraña mística de lo que sigue estando, latiendo y viviendo, a pesar de haberse apagado o de haber transcurrido.
Los museos no están habitados por cosas muertas; por el contrario, todo allí cobra vida. Exhibidos con el montaje museográfico que permite exponerlos al público o guardados en los depósitos que garantizan su adecuada conservación, atraviesan el devenir de los años y transcienden no sólo la existencia de sus propietarios originales sino también la de sus temporales custodios.
En sus salas aguardan para cobrar dinamismo ante el ojo ávido del visitante esos vestigios que resisten el paso del tiempo y que, desde un aparente silencio impávido, nos cuentan su historia.

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