24 enero 2021

Soliloquios de un memorioso


En mi nota anterior me referí a las curas más habituales (empacho, ojeadura y parásitos) y puedo afirmar que en la época en la que situé el relato era una cosa común que no despertaba reparos aunque hubiera muchos que negaban su eficacia, se aludían razones culturales o de formación.
También en el mito urbano se sucedían anécdotas sobre los que lo ocultaban pero recurrían a las curas, especialmente mencionaban a médicos que mandaban a sus hijos con la mucama u ocultaban la atención. Eran rumores difíciles de corroborar.
Igualmente había muchas personas que curaban esos males y en general había consenso en que realmente producían sus efectos positivos. También estaban las que tenían facultades para hacerlo pero lo mantenían en reserva a pesar de practicarlo.
Me interesa el tema, especialmente en su faz sociológica ya que pertenezco a esa época que señalo en la cual la admisión de estas curas no ofrecía críticas aunque algunos lo tomaran con sorna o incredulidad
No me atrevo a expresarme sobre el presente porque la sociedad ha cambiado y no se pueden obtener datos sobre la utilización de estos recursos, pero me animo a afirmar que, tal vez con mayor reserva, igualmente sigan vigentes. Así me lo confirman algunos consultados.
En otras épocas tenemos que pensar que en las zonas rurales se carecía de asistencia médica en muchos lugares y era cuando crecía la necesidad de recurrir a lo que se podía y tenían. De allí que no solamente esos males tenían a quienes los atendían sino también para otros más.
En este último caso en ciertas zonas estaban quienes adquirían cierta fama y algunos dedicados nada más que a ciertas especialidades. También los que curaban a distancia y con «palabras» como se decía.
En ciertos lugares y aunque ya fuera de 9 de Julio, hubo casos que resultaron curiosamente ejemplares. Sólo me animo a recordar a alguien sobre el que escuché hablar en mi niñez , siempre en exaltación de sus dotes y con ricas anécdotas sobre sus facultades. Se trata de Comehuencho que era un descendiente de indígenas, como su nombre lo indica, y que, como tal, vivía en Los Toldos, en la zona que todavía la llamaban «La tribu» . Su especialidad era corregir los problemas de huesos, males, deformaciones y otras variantes que no me animo a enumerar. Entre los comentarios más significativos estaba el que refería que en una oportunidad algunos jugadores de River, precisamente de aquel equipo famoso al que se llamó «la máquina» concurrieron para ser atendidos por este hombre. Se hablaba especialmente del arquero Soriano que era un peruano que atajó en el equipo campeón de 1945 y que, según se decía, tenía problemas en sus manos, justo la parte más necesaria para su condición como jugador. También se decía, sin certidumbre, que ese equipo lo quiso llevar a Buenos Aires para tenerlo a su servicio. También de que tuvo otras ofertas para ir a la Capital. Lamentablemente su buen nombre fue, años después, desprestigiado por algunos que usaron su fama indebidamente.
EL MEMORIOSO

 

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