28 febrero 2021

“Pino” en lo del abuelo

Pino Solanas.

Raúl Alberca.

 

* Por Diego Genini
En 2008, Fernando “Pino” Solanas realizó la película “La próxima estación”. Uno de los puntos elegidos para escenificar esta película sobre el ferrocarril argentino y el Estado fue el pueblo de Patricios. Y uno de los lugares seleccionados para recabar datos fue la casa de mi abuelo, Raúl Alberca. Para quienes lo solían buscar, un memorioso y sensato anciano que en ese tiempo tenía casi noventa años. Para la familia, simplemente el abuelo.
Se reunían en el comedor de su casa gente de todas clases, en un momento en que Patricios tenía repercusión a nivel nacional por la generación del teatro comunitario. Fue una pequeña época dorada, y don Alberca, un referente por memoria y presencia.
Ese día, fui en el doble rol de pariente y periodista del diario “El 9 de Julio”, coincidencias poco habituales que, cuando se dieron, fueron un gusto.
Alguien comunicó que Pino Solanas estaba llegando, y fuimos a la vereda a esperarlo, con el abuelo, mamá, mi primo Gastón, y un hombre al que llamaban “el artista”.
El cineasta apareció por la avenida principal del pueblo, donde está ubicada la casa del abuelo. Se acercó con la cámara apuntando desde la ventanilla abierta del auto hacia la vereda, y pasó de largo. Al minuto volvió, y esta vez frenó.
Solanas me resultó más alto que en imágenes televisivas y fotos. Vestía pantalón blanco y remera con un logo cinematográfico, y estaba acompañado de dos jóvenes asistentes.
Tras los saludos de rigor, amables y efusivos, pasamos a comer. Ya era mediodía y los fideos que el abuelo hacía estaban a punto. Siempre cocinaba él; era una de sus maneras de agasajar a los visitantes. Y esta vez, había puesto especial empeño. Si bien había habido allí muchas reuniones, no todos los días aparecía un cineas- ta famoso en el proceso de filmación de una película.
Durante el almuerzo, nadie habló del trabajo de filmación. Sólo del viaje, del día espléndido, y el pueblo. Como datos de color, una mancha de salsa se alojó en la remera de un ayudante de Pino, lo que dio lugar a un comentario jocoso del cineas- ta; y hubo algunas intervenciones simpáticamente arrebatadas y algo egocéntricas del artista. Mamá dijo:
-Pino, ¿sabe que Diego es periodista?
-Ah, qué bueno, qué bueno –respondió.
Utilizaría la misma frase varias veces para evitar ahondar en nada distinto a lo que estaba realmente concentrado. Aunque sí mostró interés en algunas verduras que el abuelo cultivaba en su huerta, de tal modo que aceptó cuando se le propuso degustar una ensalada. Y se la comió con agrado.
Después del almuerzo, nos sacamos algunas fotos, a las que Solanas accedió con una amplia sonrisa. Cuando algunas personas recién llegadas quisieron sentarse a la sobremesa, con una autoridad natural en quien tiene claro lo que quiere, dijo:
-No, no, nooo. Ahora no. Acá venimos a tra-ba-jar.
Era hora de hablar de la película con el abuelo. Se quedó también ma- má, una ladera fiable.
Durante la espera cómoda en la galería, apareció el periodista del diario “Tiempo”, “Cacha” De Sogos. Nos pusimos a hablar con el artista, que decía conocer bien a Pino. Cuando el cineasta salió de la cocina sin mirarnos y se dirigió hacia la vereda, nos dijo en voz baja:
-Dejénlo… es así. Yo ya lo conozco. Hay que ir para el lado que va él, no hay que forzarlo.
Algo de razón tenía. Pino fue y volvió a entrar, y cuando salió de nuevo, nos encaró:
-Bueno, vamos, muchachos.
Prendimos los grabadores, y lo que siguió fue una detallada disertación sobre el estado de los trenes en la Argentina, y los motivos de la película.
Ya eran casi las dos de la tarde cuando Pino se decidió a tomar una breve siesta. Antes, el artista le hizo escuchar, algo forzadamente, una grabación suya, que según su criterio podía aportar algo al documental.
Nos quedamos de nuevo en la galería, con los ayudantes, hablando de los gajes del oficio.
-Siempre hay un algún personaje así a todos los lugares que vamos –dijo uno, resignada- mente, en alusión al artista.
Poco más tarde nos dirigimos todos a la estación de trenes, que ya estaba llena de gente que participaría, y empezaron a filmar. Me quedé media hora más y me fui, porque el tiempo era tirano.
Después me enteré que repitieron algunas tomas varias veces, que Pino debió pedirle al artista que se retirara de una, y que la filmación duró hasta bien tarde. Unos días más tarde, el abuelo hablaría por teléfono con Pino, y el famoso ci- neasta elogiaría mi trabajo periodístico. Diplomático, al fin.
De Fernando “Pino” Solanas queda esa y varias otras películas. El abuelo ya no está, mamá no recuerda lo sucedido, a otros la vida nos llevó para otras partes. La mudanza de computadoras y cambios de mails obligados hicieron que se extraviaran las fotos del almuerzo. Una pena.
Y justamente porque el tiempo se lleva casi todo y las cosas se extravían, la idea de esta crónica era la misma que la de tantas otras: rescatar momentos. Preferiblemente, gratos.

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