6 agosto 2020

Morir fusilado en la Plaza. El trágico destino de José Córdoba

Por Héctor José Iaconis
Entre unas fichas copiadas hace más de dos décadas atrás (en 1995), hallé las transcripciones de varios documentos, sobre todo de un Libro de Contratos Públicos, que se conserva (o se conservaba entonces) en el archivo de gestión de la
Municipalidad de 9 de Julio. Entre esos textos se encontraba el convenio firmado por  Francisco Alomar, el 20 de noviembre de 1888, por medio del cual la Municipalidad le vendía en la suma en 81 pesos los añosos eucaliptos que cercaban la Plaza “General Belgrano”.

Inmediatamente recordé que aquellos árboles eran, en cierto modo, mudos testigos del transcurrir de los primeros años de la fundación de 9 de Julio. En efecto, bajo sus ramas se habían tejido sucesos, algunos recogidos en las fuentes archivísticas, otros olvidados para siempre, que trazan parte de la  historia de la comunidad.

LA REVOLUCION MITRISTA
Uno de aquellos árboles, incluso, fue ocasional testigo de un episodio muy singular: sirvió para sostener el banquillo en el único fusilamiento (al menos de que se tenga noticias) realizado en la planta urbana de 9 de Julio.

Busto de Nicolás Avellaneda, por Cantillon. Museo Histórico Sarmiento.

Corría el mes octubre de 1874, y el país atravesaba las fuertes controversias ocurridas tras elecciones presidenciales que dieron el triunfo al doctor Nicolás Avellaneda (1837-1885) y la derrota al general Bartolomé Mitre (1821-1906). Las circunstancias, por todos conocidas de la Revolución de 1874, en la que Mitre se levantó en armas contra el gobierno tuvo, desde luego, su repercusión en el pequeño pueblo de 9 de Julio; máxime si se recuerda el encuentro de “La Verde”, donde se batieron las fuerzas en disputa.

Entre los vecinos de 9 de Julio, que habían adherido al partido de Mitre se encontraban el doctor  Pedro Zavaletta, Pastor  Dorrego, Anastasio Prieto y Manuel  Lafulla, entre los más caracterizados.

En esta parte de la provincia, formaban un bastión los “soldados” del caudillo José “Carpio” Caro cuya grupo era conocido por algunos excesos y acciones delictuosas cometidos en nombre de la causa política. A estas filas pertenecía  José Córdoba, quien había sido acusado por el asesinato de una mujer en Chacabuco, y desde hacía poco tiempo residía (tal vez, “refugiándose”) en 9 de Julio . El Juzgado de Paz local había recibido del Departamento  Judicial  del Centro la orden de captura que pesaba sobre el acusado.

Batalla de La verde, 26 de noviembre de 1874. Litografía de Albert. Museo Histórico Nacional.

LA EJECUCIÓN
El 25 de octubre de ese año, arribó al pueblo un batallón de Guardias Nacionales -desmembramiento del regimiento del comandante José I. Arias – al mando del  capitán Mariano Espina, que traía –de alguna manera- el cometido de sofocar cualquier levantamiento revolucionario.

Coronel Mariano Espina.

Espina, informado de la estadía de Córdoba en el pueblo, ordenó  su arresto el 29 de octubre, por intermedio del oficial Agustín Aguerrido, quien presentándose (hacia el mediodía) en la llamada de Bernardo Sathicq lo detuvo, conduciéndolo al local donde funcionaba el Juzgado en la esquina  de Buenos  Aires e Independencia (hoy San Martín e Yrigoyen). Allí fue encadenado y conducido a los calabozos, mientras se le comunicaba que al día siguiente sería ejecutado.

Frente a la hoy  Escuela Nº 1, en la Plaza “General Belgrano”, existía uno de los más frondosos, de aquellos eucaliptos. Allí fue colocado el banquillo de ejecución.
Según Buenaventura N. Vita, varios “mitristas”, radicados en el pueblos, se habían convertido desde la llegada de Espina en presos políticos, y fueron obligados a presenciar el fusilamiento, en la mañana del 30 de octubre.

El acusado llegó al infausto teatro apoyado en el hombro del presbítero Domingo Podestá, entonces cura párroco de Santo Domingo. Luego de ser ubicado en el banquillo, donde fue amarrado, le fueron vendados los ojos y a escasos pasos de el, formó línea el pelotón.
Teniendo como fondo postrero el redoble de los tambores del batallón, un soldado ordenó la descarga, dejando, al dispersarse el humo, un cuerpo ensangrentado y sin vida.

Más tarde, sus restos fueron  inhumados en el cementerio local. Aún se conserva, en el archivo de la Catedral de 9 de Julio la partida de Defunción de Córdoba, donde se anotó como causa de muerte: «fusilado por asesino».

José Córdoba (personificado por Juan Orbea) ante el coronel Mariano Espina (Marcelo Monforte). Una escena del cortometraje «El fusilado».

El fusilamiento de José Córdoba. Una escena del cortometraje «El fusilado».

EL PARADOJICO DESTINO DE ESPINA
El capitán Mariano Espina era, al momento de arribar a 9 de Julio, un militar joven, de poco más de 24 años de edad. Si bien había solicitado su baja dos años antes, al producirse el alzamiento de Mitre, fue dado de alta, el 29 de septiembre de 1874, con el grado de sargento mayor, del Batallón 1° de Guardias Nacionales.

Muchos años después después de los hechos acontecidos en 9 de Julio, Mariano Espina, debió correr un destino análogo al de José Córdoba; aunque con mejor suerte. Por haber participado activamente del levantamiento armado de 1893 se le dictó la pena capital.
Según Vicente Cutolo (Nuevo Diccionario Biográfico Argentino, Buenos Aires, Editorial Elche, 1969, pág. 695), «a pesar de haber sido defendido brillantemente por el doctor Aristóbulo del Valle, fue condenado»; empero, «el pedido hecho al gobierno por sociedades y personas respetables del país y de extranjeros, sirvió para que se le conmutase la pena de muerte por la de veinte años de prisión y perdida de su grado militar».

El presidente Uriburu, en 1898, ordenó su libertad y lo reincorporó al Ejército, en el cual revistó hasta 1911 en que se retiró definitivamente con el grado de coronel. Cinco años antes de su muerte, ocurrida en 1929, el Gobierno le había otorgado el ascenso a general de Brigada.

Mariano Espina fue un jefe activo durante la Revolución de 1890 y, por esta razón, el Diario «Crítica» le dedicó una extensa entrevista, publicada en noviembre de 1925.

En 2011 fueron publicados los documentos del archivo del capitán Espina (recogidos y editados por su nieto). Jacinto Yaben 1887-1981, también se ocupa del protagonismo de Espina en su diccionario Biografías Argentinas y Sudamericanas.

En 2019, los alumnos de la Escuela de Educación Técnica N° 2 de 9 de Julio, a través del Club «Audiovisual», produjeron el cortometraje «El fusilado», inspirado en la tragedia de José Córdoba. Este brillante trabajo fílmico constituye un excelente testimonio que refleja, en buena medida, los hechos acontecidos.

El destino lo puso al capitán Espina en el lugar que, décadas atrás, había estado su víctima de 9 de Julio. No obstante, el militar a diferentes de José Córdoba, logró salir airoso.

Jefes y Oficiales que estuvieron al frente de la Guardia Nacional de Buenos Aires en 1874. Museo Histórico Nacional

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