27 febrero 2021

Un nuevejuliense exiliado en 9 de Julio

Reflexiones del periodista
Federico Depetri
Un nuevejuliense
exiliado en 9 de Julio


La ruta estaba imposible. Era de noche, llovía a cántaros y se veía poco, sobre todo cuando me cruzaba con los camiones que venían de frente con las luces a todo lo que daban. Durante 300 kilómetros pensé en la posibilidad de que me diera fiebre en el retén de 9 de Julio. Me tocaba la frente para chequear la temperatura, pero si nunca supe cómo darme cuenta si tenía fiebre de esa forma, menos me iba a dar cuenta en ese momento.
Tenía el permiso de circulación en el teléfono, todo en regla, pero venía de La Plata, que para fines del coronavirus había entrado en ese territorio peligroso llamado AMBA, aunque no tuviera casi nada que ver con el conurbano, que a esa altura llevaba casi cien veces más casos.
Tomé la decisión de golpe; estar encerrado allá en un departamento, solo, ante la incertidumbre de lo que se venía, no era la mejor opción. La posibilidad de la vuelta se debatió con la familia por WhatsApp desde el mediodía de un domingo, en varios mensajes cruzados con especulaciones y estrategias, hasta que a media tarde decidí volver.
Agarré un poco de ropa, algunos libros, cargué el auto y me vine. Cuando bajé a la cochera miré para atrás hacia mi departamento y me sentí como en esas películas donde uno parte y se da vuelta para mirar algo que quiere con la incertidumbre de no saber cuándo lo volverá a ver.
Hace más de treinta años mi papá entró a casa y le dijo a mi mamá que nos teníamos que ir de La Niña. La inundación era cada vez más grande y el agua se acercaba al pueblo. Mi hermana y yo éramos muy chicos y mis viejos muy jóvenes. Al otro día cargaron todas las cosas en dos camiones y nos vinimos a vivir a 9 de Julio, una decisión que nos cambió todo para siempre. Me acordé de ese episodio cuando miré para atrás y vi mi ventana, con las cortinas cerradas hasta vaya a saber cuándo.
Después de un viaje difícil llegué cerca de las diez de la noche. En la entrada una policía me pidió que estacionara al costado del acceso y me tomó la fiebre. Pasé la prueba y siguió con los datos. Me miró seria cuando le dije que venía de La Plata, o eso me pareció, por ahí la sugestión me jugó una mala pasada. Terminó explicandome lo que tenía que hacer, una cuarentena absoluta, algo que ya sabía antes de venir.
Estuve quince días encerrado en mi casa con mi mamá y mi hermana. Mi viejo se quedó afuera para poder seguir trabajando; él nos alcanzaba los suministros y charlábamos desde la ventana. No salíamos a la vereda más que para dejar la basura en el canasto. Fue una situación extraña agravada por el factor pandemia, donde el tiempo y el espacio pierden su forma natural y todas las cosas cambian de perspectiva.
Cuando se terminó mi cuarentena pude empezar a disfrutar de la fase 5, lo más cercano a la libertad que tuve en cien días. Lejos de hacer salidas a todo orquesta, fui de a poco, manteniendo el cuidado extremo, visitando familiares y amigos. Sentí el amparo de la ciudad chica en contraste al peligro de la ciudad grande, un poco de libertad frente al encierro y la paranoia.
Y esta situación de exilio en la propia ciudad me sirvió para volver de a poco con esas raíces que quedaron lejos por vivir tanto tiempo en otro lado, para ajustar el reloj interno y acomodarme a los tiempos del 9, para volver a disfrutar de las cosas simples y que siempre estuvieron a mano pero que uno tal vez dejó de lado para meterse de lleno en el vértigo de otras experiencias.
Ahora tendré que volver a acostumbrarme a las siestas, a los paseos tranquilos por el centro y a comer girasol a toda hora. También a los nuevos negocios, a las nuevas calles, a los nuevos secretos y a las nuevas formas que la ciudad fue tomando en todo este tiempo.
Hace un tiempo largo un amigo me dijo que en diez años la gente iba a abandonar las ciudades. En ese momento sonaba a algo lejano pero hoy, pandemia mediante, somos varios los que le damos la razón. Tal vez sea tiempo de prepararse.

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