27 mayo 2020

El nadador que, casi, no sabía nadar

 


Por: Carlos Graziolo
Por estas horas estaríamos contando los días para ver los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (JJOO 2020) que se iban a disputar desde el 23 de julio, ansiosos por su ceremonia inaugural y sus tan variadas disciplinas repletas de emoción y de grandes momentos. Pero en realidad lo único que contamos son los días de la cuarentena y los casos que se acumulan en el país y en el mundo derivados de la pandemia que postergó esos juegos hasta el año que viene.
No obstante, la historia de los Juegos está llena de grandes récords, dramatismo, momentos heroicos y ribetes políticos y conmovedores. Una de esas historias la protagonizó Eric Moussambani Malonga, nacido el 31.05.1978 en Guinea Ecuatorial que representó a su país, en natación en 100 metros libres, en los Juegos Olímpicos de Sídney, Australia (2000).
Siempre se lo recordará como el hombre que en Sídney hizo los 100 metros libres en 1:52.72, una marca el doble de alta de la que emplearon los campeones e incluso superior a los que nadan los 200 libres.
Guinea Ecuatorial es el único país hispanohablante del mundo con población mayoritariamente negra y prácticamente todos los habitantes tienen nombres españoles. Moussambani siempre había querido participar en unos juegos y en atletismo, pero el equipo de su país estaba completo y la Federación Olímpica le dijo que había una plaza en natación que les había desinado el Comité Olímpico Internacional (COI) que tenía un programa por el cual se permitía la participación de deportistas de países en vías de desarrollo aunque no alcanzaran la marca mínima. Él quería participar y a pesar de que tenía solo ocho meses por delante para prepararse, aceptó. En Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial, donde nació Moussambani no había pileta (s) olímpica (s). Por lo que no iba a ser tan fácil cumplir el sueño. Su país, uno de los más relegados del mundo –ocupa el puesto 127 en el PBI y donde la esperanza de vida llega a 49 años para los hombres y 53 para las mujeres- no tenía piletas olímpicas en ningún lugar, no sólo en Malabo, para entrenarse y lo tuvo que hacer en la piscina de un hotel, el único que en su ciudad contaba con una pileta pero Eric sólo tenía permiso para hacerlo tres veces por semana y de 5 a 6 de la mañana antes de que se levantaran los pasajeros del hotel. La pileta tenía 12 metros de extensión, la cuarta parte de la medida que, comprobaría meses más tarde, tienen las piletas olímpicas.
Cuando llegó a Sídney fue la primera vez que vió una pileta de 50 metros La encontró tan enorme que pensó que era de 100 metros y que solo debería hacer el recorrido de ida. “No sabía que era Sídney ni Australia” supo contar Moussambani. “Nunca había estado en un avión. El vuelo, con sus escalas, duró tres días y sólo ocho días antes de la competición por primera vez en mi vida ví una piscina olímpica. Me dijeron: vas a competir ahí”.
Sus turnos de entrenamiento coincidían con los de los nadadores de Sudáfrica y EEUU, pero él no tenía entrenador, así que trataba de copiar los movimientos de los otros atletas y les preguntaba como hacían. Algunos lo ayudaron, otros lo ignoraron. Eric no tenía técnica de natación ni sabía coordinar la respiración y la resistencia. El entrenador sudafricano lo ayudó y hasta le regaló la malla azul que uso el día de la competencia. La pasó mal la noche previa a la participación; asustado y sin hablar con nadie, no creía en poder completar los 100 metros. En su vigilia de temor a la burla encontró la solución; en la villa olímpica se podían alquilar videos y el encontró uno de ‘Historias Olímpicas’ que mostraba antiguos juegos y que hacían los nadadores antes de tirarse a la pileta. Y así supo que antes de echarse al agua, el juez debía dar una orden.
Tuvo si, una ayuda de la buena fortuna: en su serie eliminatoria le tocaron como rivales otros dos nadadores que habían llegado a los Juegos por el mismo programa del COI. Uno de Tayikistán, el otro de Nigeria, pero ambos hicieron una salida falsa por lo que quedaron descalificados y Moussambani debió nadar solo. A pesar de su estilo poco ortodoxo completó el primer tramo de 50 metros. El segundo, sin embargo, se le hizo eterno. Para los que lo veíamos por TV (YouTube: “La verdadera historia de Eric ‘La Anguila’ Moussambani en Sidney 2000) por momentos parecía que se ahogaba, pero de pronto aquellos que estaban en el estadio preparados para ver algo heroico y trascendente creyeron que era necesario estimular a Moussambani y con sus gritos de aliento y aplausos lo ‘empujaron’ hasta el final. El suyo fue el peor tiempo de la historia olímpica.
Moussambani ya no compite, pero mientras lo hacía consiguió rebajar su marca de los 100 metros en casi un minuto respecto de aquella histórica jornada de los juegos australianos y su aparición en ellos sirvió para que se conociera más a su país y se convirtiera en una figura del deporte, tanto allí como en los países de alrededor. Su otro propósito es poder ser miembro de la Federación Internacional de Natación (FINA) para ayudar a prosperar al continente africano en los deportes de agua. Mientras tanto, compagina su cargo como seleccionador nacional con su trabajo como ingeniero informático en una empresa que se dedica a exportar gas licuado.
La historia de Moussambani es la del auténtico espíritu olímpico, el participar y luchar haciendo cierto la sentencia del fundador de los Juegos Modernos, el barón Pierre de Coubertin: «Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo.»
Veinte años después Moussambani sigue con ganas de hacer crecer la natación y los deportes de agua en su país, como por ejemplo, crear una selección de waterpolo. Su otro propósito es poder ser miembro de la Federación Internacional de Natación (FINA) para ayudar a prosperar al continente africano en los deportes de agua. Pero queda claro que lo suyo fue el fracaso más exitoso.

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