8 julio 2020

La lección del maestro ante el compadrito

Por Héctor José Iaconis


Durante la década de 1930 y el comienzo de la siguiente, en la Argentina se sucedieron acontecimientos, en los que la violencia y la persecución ideológica fueron el móvil más recurrente. Como en muchos otros casos, del contexto nacional, en mayor o en menor medida, aquellos hechos tendieron a incidir y manifestarse en la sociedad nuevejuliense.
En esa época, el maestro Enrique P. Cano dirigía el periódico “El Gráfico”, que había fundado luego de alejarse de la dirección de la Escuela nº 4, víctima de una injusta punición. Desde su tribuna, una edición cuidada, no sólo en lo concerniente al estilo sino también en su composición, no cejaba ante las situaciones más complejas; particularmente, aquellas en las cuales la inequidad oprimía a los más débiles.
La reciedumbre de su personalidad, coligada a la formación intelectual adquirida, le permitían exponer los hechos a la luz pública sin circunloquios, con sutileza, haciendo accesible a todos sus lectores aquello que parecía inextricable.
Cierta vez, una de tantas que habrían de sucederse, ante uno y otro artículo publicado en su periódico, fue aprehendido y llevado a comparecer ante la autoridad policial. En la lóbrega sala donde tuvo lugar el encuentro, Cano no halló, precisamente, cordialidad ni empatía. El comisario cuyo nombre hemos de preservar, por respeto al buen nombre de sus descendientes que aún viven en esta comunidad, infatuado por la autoridad de lo asistía, poco le permitió alegar; con tono desdeñoso y amenazante, buscó de invitarlo a revertir su posición periodística y, en cierto modo, silenciar su prédica.
Los testimonios que hemos recogido de este episodio ofrecen referencias un tanto divergentes. Para algunos, el “aleccionamiento” que el comisario pretendió dar al periodista no habría sido meramente verbal. Lo cierto es que, Cano, mientras duró la interpelación sostuvo inquebrantablemente sus principios, confutando la trivial prepotencia.
Luego de ser puesto en libertad, los escasos trescientos metros que distaban desde la comisaría hasta la redacción de “El Gráfico”, le parecieron más extensos. Como en el palimpsesto, un texto se revela desde lo oculto, así su pensamiento despejaba palabras, escogía verbos y, en la mente, los hilvanaba en clara y precisa sintaxis.
Aquellas horas, que debió soportar en presencia de una remozada barbarie, no le dieron en mutar su fortaleza. Por el contrario, una energía interior lo llevó a esgrimir su verdad aún con más vehemencia.
Cuando estuvo frente a su mesa de trabajo, ante la presencia de alguno de sus tipógrafos o colaboradores, Enrique Cano tomó un papel y allí plasmó una relación o secuencia de su detención. Así como un hemistiquio puede dar a luz toda la esencia de un verso, el título con que encabezó ese texto periodístico lo contenía todo: “El maestro ante el compadrito”.

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