25 febrero 2020

Lavanderas de antaño

Historias y curiosidades

Desde los tiempos en que fue fundada la ciudad de 9 de Julio la Laguna de Malcorra, una de las llamadas “Tres Lagunas”, ubicada donde más tarde fue emplazado el Parque “General San Martín”, fue usada como lavadero. Quizá ese haya sido uno de los factores, por los cuales, ese espejo de agua, para mediados de la década de 1920 era un foco infeccioso que motivó su saneamiento y posterior delimitación del predio con las características que posee actualmente.
Aunque en las últimas décadas del siglo XIX, ya se habían ideado las primeras lavadoras de manivela (la ropa se metía en una caja de madera con agua y se hacía girar con una manivela), eran pocas por no decir casi ninguna, las familias que disponían de ellas.
EL AGUA DEL MOLINO
En 1880 se había instalado en 9 de Julio un Molino Harinero, en la calle Mendoza entre las avenidas Buenos Aires y Montevideo (hoy San Martín y Mitre, respectivamente) que muchos nuevejulienses aún recuerdan, pues con el tiempo fue propiedad de Eliseo Guerra. Este Molino funcionaba a vapor y, para eliminar el excedente de agua que empleaban la maquinaria, en junio de 1887, se construyó un sistema de canalización que se extendía por la avenida San Martín, desde Mendoza hasta la Laguna de Malcorra, es decir hasta la intersección de San Martín y Cardenal Pironio.
Como se trataba de un agua limpia y que, a veces, llegaba allí con cierta temperatura, la desembocadura de ese acueducto se convirtió en un  lavadero comunitario.
“La Defensa”, el primer periódico que circuló en 9 de Julio, en su edición Nº 102, del 26 de junio de 1887, se refiere al acueducto que dio origen al lavadero público:
«Cloaca de desagüe»
«Teniendo necesidad los propietarios del Molino ‘Nueve de Julio’ dar salida al exceso de las aguas, que se produce en el pozo semisurgente, solicitaron permiso para construir una pequeña cloaca de desagûe que conduzca esa agua fuera del establecimiento y de la población.
«Obtenido el permiso están construyendo en la calle de Mendoza [sic] la cloaca que ha se servirles para ese efecto llevando el agua por un conducto de material hacia las quintas del pueblo donde algunos quinteros haciéndola derramar en las zanjas que circundan sus propiedades piensan utilizarla para regadío de alfalfares haciendo pequeños drenages al objeto.
El agua que se derramará por esa pequeña cloaca no será servida porque solo se dará salida al excedente producido sobre las necesidades del molino saliendo ella tal cual surge del pozo que la suministra».
“DE LA MAÑANA A LA TARDE
Las familias pudientes del pueblo encargaban el lavado a mujeres que, previo pago, se dedicaban a tal fin: La Lavanderas. Antes de que clareara el día, ya fuera invierno o verano, hiciera frío o calor, salían las lavanderas camino de la Laguna de Malcorra, hasta la desembocadura del acueducto del Molino,  cargando un enorme lío de ropa sucia, bien sobre sus cabezas, bien en grandes cestos de mimbre o bien envuelta en un hatadito de tela de algodón, y un buen trozo de jabón que ellas mismas confeccionaban.  Arrodilladas sobre una piedra o madera, se daban en primer lugar a la tarea de enjabonar la ropa, golpearla con un mazo sobre la piedra o sobre alguna tabla y restregarla con ceniza para quitarle la mayor suciedad posible. Posteriormente la esparcían extendidas a fin de solearla y que el sol fuera quintando las posibles manchas o el color amarillento. De cuando en cuando rociaban las prendas con agua para que no se secara.Una vez soleada, de vuelta a enjabonar, resfregar y por último darles varios enjuagados y volverlas a esparcir para su secado.
Algunas lavanderas disponían de una tabla de lavar, consistente en una tabla de madera con ranuras horizontales contra la que podrías resfregar las prendas. Esta labor llevaba todo el día, y al caer la tarde, se procedía a recogerlas, doblarlas y volverlas a meter en los cestos para emprender el regreso.
Podía ocurrir que por inclemencias del tiempo la ropa no se hubiera secado. En este caso la vuelta había que hacerla con la ropa mojada (duplicando así su peso), y procurar por todos los medios de secarla en casa de todas las maneras posibles, la mayoría de las veces, al calor del bracero.
Ese lugar, también, era propicio para que las lavanderas se contaran todos los chismes, se decían todos los dimes y diretes. Tampoco faltaban las discusiones entre vecinas por aquello de que “vos le dijiste a Fulana que yo le había dicho a Mengana…” o “mira dile a tu hijito que no se meta más con el mío”y en fin por otras cosas triviales que eran provocadas por la convivencia diaria, y que no había lugar ni momento mejor para sacarlas que en el lavadero público.
En aquel momento 9 de Julio era un pueblo muy chico y todos se conocían y conocían las particularidades de cada hogar. De cuando en cuando algunos galanes solían acercarse al lugar de lavado para agasajar a las lavanderas casaderas. Entraban en conversación y algunos las ayudaban a cargar con la ropa limpia a la vuelta.

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