Noemí Toni de Pedreschi: Vocación de servicio en la pastoral de la salud

Publicado el: sábado 21 septiembre 2019 a las 4:27 pm

Historias de vida

* Nacida en Italia, había arribado a la Argentina siendo muy joven.
* Le tocó vivir los tiempos difíciles de la Segunda Guerra Mundial en su tierra y, forjando su espíritu, desarrolló en ella un gran sentimiento de amor por los demás.
* Radicada en 9 de Julio prestó servicios en diferentes organizaciones vinculadas con la Iglesia Católica, tanto en Cáritas como en la Pastoral de la Salud.
* LLevó la asistencia material y espiritual a los más necesitados en diferentes ocasiones.
* Su entrega al prójimo es recordada por quienes le conocieron.

La caridad es renunciarse a sí mismo, a fin de vivir para los demás. Pero para obtenerla es necesario ponerlo en practica. La verdadera práctica de la caridad consiste en estar alerta para descubrir y aprovechar esas pequeñeces. Así lo hizo Teresa, entregándose a sí misma y sobrellevando a los demás.
Noemí Pedreschi, en su paso por la vida, vivió la caridad cristiana en un doble aspecto: entrega de si, llevando siempre una palabra de esperanza y asistencia hacia el prójimo.
Había nacido en Italia, en 1926, en el seno de una familia católica, siendo la mayor de 9 hermanos. Su primera infancia y adolescencia transcurrieron en Toscana, donde sintió por primera vez su llamado vocacional hacia la atención y el cuidado de los enfermos.
Tal como ella misma lo recordaba en una entrevista brindada hace algunos años, era apenas una adolescente cuando comenzó a cuidar enfermos.
“Siempre -rememoraba- me interesaron los ancianos y los enfermos. Tenía 15 años cuando comencé a cuidar y acompañar enfermos. Recuerdo que el primero fue don Norberto, un anciano que tenía arterosclerosis. Por entonces fue cuando aprendí a colocar inyecciones, alternaba los estudios con la atención a enfermos”.
Cursaba el cuarto año de la escolaridad secundaria cuando se desató la Segunda Guerra Mundial. Su región fue ocupada por Alemania y los establecimientos escolares fueron cerrados. Los varones debieron ser reclutados para el frente de combate y la población se redujo a mujeres, niños y ancianos.
“Durante los bombardeos -recordaba- nos reuníamos en un sótano y rezábamos el Rosario nos sentíamos protegidos, También le daba clases de particular a mis hermanos menores y otros chicos, era un grupo como de 20”.
De esa época, Noemí, tenía presente el recuerdo de un hecho en el cual no solamente había demostrado sus conocimientos en los primeros auxilios sino también su caridad cristiana: En pleno bombardeo, entró al refugio un soldado alemán. Se paró a su lado, ante su terror. En ese momento le impactó un proyectil.
“Lo curé y atendí y me pidió si podía llevarlo a su campamento, aunque ya se acercaba la noche, vencí mi temor poniéndome en manos de Jesús y lo llevé. Un mes más tarde, los alemanes dijeron que iban a matar diez italianos por cada uno de ellos que había caído. Recorrían las calles matando y matando, en un momento estábamos todos en hilera. Ya iban a disparar y apareció un oficial gritando: – Esta familia no, esta familia no”, añadía.
Finalizada la guerra fueron reabiertas las escuelas. Su padre deseaba que terminara sus estudios pero era urgente reconstruir la vivienda que había sido bombardeada. En consecuencia, debió desistir de la idea de continuar sus estudios; por el contrarios comenzó a trabajar en la atención de enfermos y como enfermera voluntaria.
Pocos tiempo después ingresó en una fábrica. Primero trabajó como operaria y luego de algunos meses, luego de rendir los exámenes correspondientes, fue llamada para ejercer como administrativa.

SU LLEGADA A 9 DE JULIO
Encontrándose en Italia, con 21 años de edad, Noemí contrajo matrimonio con Ruggero Pedreschi. Su esposo era un técnico calificado muy requerido y, por esos años, le llegaron dos propuestas de trabajo fuera de su país: una en Australia y otra en la Argentina.
Declinó la primera pero decidieron aceptar la segunda, oferta que venía a través de una tía suya.
De ese modo primero emigró Ruggero y, poco antes del año, ya establecido, lo hizo Noemí. Ella llegó a su nueva Patria con 24 años.
“Aunque se extraña la patria, me siento muy feliz en Argentina y aunque perdí a Rugger siendo joven, tengo un hijo, su esposa y tres nietos hermosos que me miman y viven pendientes de mí. Además de los enfermos a los que sigo visitando en la medida de mis posibilidades”, solía decir.
ASISTIR A LOS DESPOSEÍDOS
Noemí Pedreschi siempre tuvo en claro su misión de asistencia a los más necesitados, a aquellas personas que, por un motivo u otro, se hallaban excluidas.
En 9 de Julio ingresó como voluntaria a Cáritas Parroquial. Allí desplegó primero una intensa labor de ayuda a familias carenciadas.
Ella, tal como lo recordaba, realizaba las aplicaciones de enfermería a quienes lo requerían y el doctor Norman Moscato les proporcionaba los medicamentos.
De las muchas anécdotas que Noemí guardaba en su memoria, una merece ser citada particularmente:
“Una noche vinieron a buscarme en un charré para atender a una niñita. Era por una sector de la ciudad que no tenía iluminación y, para ver por dónde iba, el hombre se alumbraba con una lamparita. Cuando llegué, me encontré con una nena envuelta en unos trapos, en un cajón de manzana; la tomé entre mis brazos y estaba tan rígida que no le entraba la aguja, entonces grité: -¿Esta niña, está bautizada?,¡traigan agua, urgente!. Recibió el Espíritu Santo y la rigidez desapareció”.

PASTORAL DE LA SALUD
Tras el fallecimiento de su esposo, Noemí, comenzó a asistir diariamente a misa al actual Santuario Diocesano de Nuestra Señora de Fátima. El cura párroco de entonces, presbítero Ernesto Eraso le otorgó el Ministro de la Eucaristía y le encomendó un servicio en la pastoral de la salud: visitar los enfermos, llevarles un mensaje de esperanza y la Eucaristía.
Esa tarea ocupó largas horas de la vida de Noemí mientras su salud se lo permitió.
“Durante mucho tiempo -narraba Noemí- en uno de mis recorridos, pase frente a una casa en la que, detrás de la ventana se veía una viejecita, mirando sin ver hacia la calle y una persona que se veía que era quien la atendía. Un día pasé y la viejita estaba sola, la saludé como siempre y cuando fijó sus ojos en mí, sentí algo; volví sobre mis pasos y le pregunté si no querría recibir la Comunión. Se puso muy feliz, diciendo que sí; la visité con el sacerdote y desde entonces la visitaba asiduamente, llevándole a Jesús”.

PALABRAS FINALES
Noemí Pedreschi falleció el 25 de abril de 2018. La solidaridad y la caridad se adueñaron de su corazón y su vida fue, desde luego, un ejemplo digno de ser imitado.

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