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domingo, septiembre 27, 2026

Rafael Muzio. El sueño de un gran educador

Por Héctor José Iaconis.

Hay personas cuya obra no se mide en documentos ni en fortunas materiales, sino en la dimensión de la memoria agradecida de quienes le suceden. Tal es el caso de Rafael Muzio, maestro de vocación inquebrantable, cuya labor pedagógica dejó una huella perdurable en la formación de dos o más generaciones de nuevejulienses.
Su vida, transcurrida entre la Italia natal y la pampa bonaerense, constituye un testimonio elocuente de aquel fervor educador que animó a tantos inmigrantes venidos a estas tierras a fines del siglo XIX, dispuestos a sembrar conocimiento allí donde apenas comenzaba a echar raíces el progreso.

ORÍGENES Y PRIMEROS AÑOS
Raffaele Muzio, tal como rezaría su partida de bautismo, vino al mundo el 24 de diciembre de 1843 en Ottone, pequeña localidad de la provincia de Piacenza, región de Emilia Romaña, en Italia. Fueron sus padres Antonio Giuseppe Muzio y Adelaide Muri, de cuya estirpe debió heredad, cabe presumirlo, aquella tenacidad y aquel amor por el saber que habrían de caracterizar su existencia.
Cursó sus primeros estudios en la ciudad de Pavia, donde se graduó de bachiller y obtuvo, en 1864, el título de maestro. Ejerció allí la noble profesión hasta el año 1869, cuando, movido acaso por el afán de mejor fortuna o por el espíritu aventurero tan propio de su generación, resolvió embarcarse rumbo a Buenos Aires, adonde arribó en diciembre del mismo año.

LOS AÑOS DE BUENOS AIRES Y VEINTICINCO DE MAYO
Establecido primeramente en el barrio de La Boca, en la ciudad de Buenos Aires, Rafael Muzio fundó, a principios de 1870, la Escuela Ítalo Francesa, casa de estudios que dirigió con empeño hasta el año 1874. En esa fecha trasladó sus tareas docentes al pueblo de Veinticinco de Mayo, donde continuó desempeñando el magisterio hasta 1875. Fue por entonces cuando contrajo enlace matrimonial con Cornelia Roldán, compañera de vida que habría de acompañarlo en los años venideros.
Cabe señalar que ya en aquellos tiempos Muzio se había diplomado ante el Consejo General de Educación, título que le confería la habilitación necesaria para regentear escuelas de mayor envergadura, y que pronto habría de abrirle las puertas de 9 de Julio.

Rafael Muzio.

LA LLEGADA A 9 DE JULIO Y LA DIRECCIÓN DE LA ESCUELA N° 1
El 8 de febrero de 1885, hallándose vacante el cargo de preceptor de la Escuela Elemental de Varones N° 1 de 9 de Julio, a raíz de la renuncia presentada por Félix G. Betolaza, Rafael Muzio (radicado en Veinticinco de Mayo y provisto de su diploma), ofreció sus servicios para cubrir dicha vacante. Fue nombrado sin dilación, iniciándose así una carrera docente que habría de extenderse por más de tres décadas y media.
Su labor al frente de aquel establecimiento no tardó en cosechar frutos. El 19 de enero de 1886, el Consejo Escolar de 9 de Julio resolvió otorgarle un diploma de honor, distinción fundada en el favorable resultado de los exámenes rendidos por sus alumnos, testimonio fehaciente del rigor y la dedicación que ponía en su tarea.
En 1888, la Escuela del Estado N° 1, que Muzio dirigía, funcionaba en la esquina de Liberdad y La Rioja. Le asistían entonces como maestros de primero y segundo grado, Cornelio López y Rafael de la Piñera, mientras que el tercero y cuarto grado quedaban bajo la directa tutela del propio señor Muzio, secundado por su hija Elena, eficaz colaboradora en las tareas del aula.

LA BARRA DEL NOVENTA 
Memorable ha quedado, en el recuerdo de quienes narraron aquellos días, la llamada “barra brava de tercero y cuarto grad” del año 1890, compuesta por alumnos que el tiempo habría de consagrar en muy diversos destinos. Entre ellos figuraba Juan Carlos Rébora, quien andando los años llegaría a ser decano de la Universidad de La Plata y notable diplomático, así como Manuel Nicandro Valenzuela, Juan Luchini, José Crocco, Alejandro Catenaccio, Rafael Adobato, Ireneo Martínez, Virginio Grego, Arturo Prieto, Jorge Perren, Ireneo Navarro, Graciano Sendoya, Manuel Lafulla, Pedro Vergés, Ángel Grego, Ramón N. Poratti, Juan Hoesé, Antonio Canova, Fermín Sayavedra, Alberto Lavandeira, Mariano Marcos González, Pablo Andrada, Manuel Cabanillas, Juan Demársico y Pedro Gamero, entre otros.
Cuéntase que el más inteligente de todos era Manuel Valenzuela, en tanto que el más aplicado y estudioso resultaba ser el propio Juan Carlos Rébora.
Pablo Andrada, en cambio, ganó fama de “rabonero” contumaz, al punto de que sus mayores debían hacerlo acompañar por un vigilante hasta la puerta misma de la escuela. De lo contrario, dejado a su albedrío, prefería marchar solo a cazar chingolitos en la quinta de Sorondo antes que acudir a las aulas.
Tan brava era aquella barra que la mayoría de sus integrantes cumplía diariamente dos horas de penitencia después de hora, mientras los demás grados salían a las cuatro de la tarde. Los penitenciados, bajo la directa vigilancia del señor Muzio, no quedaban libres sino hasta las seis. Aquellas dos horas extras corrían a cargo de Elena Muzio, quien, siendo de índole muy bondadosa, permitía a los castigados llegarse hasta la panadería de enfrente a comprar tortas con azúcar.
De acuerdo con las memorias que llegan hasta nosotros, a las seis de la tarde, puntual como reloj, volvía a la clase don Rafael para constatar la conducta de los alumnos sancionados.

Los alumnos de la Escuela Elemental de Varones Nº 1 (más tarde, Escuela Nº 1 «Bernandino Rivadavia») posan en una fotografía tomada hacia 1896. Junto a los niños, el director del establecimiento, Rafael Muzio y su hija Elena, también docente.

EL TESTIMONIO DE UN DISCÍPULO: BUENAVENTURA VITA
Entre los muchos alumnos que pasaron por las aulas de la Escuela N° 1, ninguno acaso dejó testimonio tan valioso de la figura de Rafael Muzio como Buenaventura Noé Vita, quien con el tiempo habría de convertirse en el primer historiador de 9 de Julio. Inscripto en febrero de 1891, cuando aquel plantel constituía, según sus propias palabras, el establecimiento educativo más prestigioso del lugar, Vita evocaría medio siglo más tarde, en sus “Remembranzas”, la impronta que el maestro dejó grabada en su ánimo infantil.
Escribió entonces, con la franqueza que le era propia, que la primera impresión recibida, la cual quedó profundamente fijada en su memoria, fue precisamente la que le produjo el señor Muzio, de severidad paternal para con el alumnado. Añadía Vita, no sin cierta reserva propia del historiador escrupuloso que poseía buenas dotes educacionistas y marcó, de manera evidente, su influencia entre los alumnos.

LA FUNDACIÓN DE LA SOCIEDAD ITALIANA «CONTI DI TORINO»
No se agotaba en el aula la actividad de Rafael Muzio, pues le cupo tomar parte activa en la vida asociativa de la colectividad italiana radicada en 9 de Julio. El 17 de abril de 1899, siendo aún director de la Escuela N° 1, participó como fundador de la Sociedad Italiana «Conti di Torino». Este empeño mutualista viene a completar, con nuevos matices, el perfil de un hombre que, no contento con la sola labor pedagógica, extendió su vocación de servicio hacia el bienestar colectivo de sus paisanos.

AÑOS DE MADUREZ Y RETIRO
Desempeñó Rafael Muzio la Dirección de la Escuela N° 1 hasta el año 1900, fecha en que se acogió a la jubilación después de tres lustros consagrados a la instrucción pública de 9 de Julio. Mas no fue aquel el ocaso de su vocación docente, pues desde entonces continuó dirigiendo una escuela particular, tarea que sostuvo con inalterable dedicación hasta retirarse definitivamente en 1916, cuando ya la ancianidad hacía sentir sus pasos.

EL HOMENAJE DE SUS DISCÍPULOS
En el año 1919, cuando Muzio transitaba ya los umbrales de la vejez, sus antiguos alumnos, autoridades y miembros del magisterio local resolvieron tributarle un homenaje que fue, en verdad, toda una consagración pública. Reconocíase en aquel acto, aunque tardíamente, la obra titánica desempeñada por el maestro en favor de la educación común, obra que había cumplido en una época en que el ejercicio del magisterio constituía un verdadero ministerio, desprovisto de compensación material y sostenido a costa de ingentes sacrificios personales.
El 21 de enero de 1919, por resolución del Consejo Escolar de 9 de Julio, le fue asignado a Muzio un diploma de honor. Sus ex alumnos le obsequiaron una medalla de oro.
Fue esta la ocasión en que la revista “Caras y Caretas” de Buenos Aires, en su edición del 17 de mayo de aquel año, dio testimonio gráfico del acto, publicando el retrato del viejo educacionista junto a las imágenes del anverso y reverso de la medalla conmemorativa, así como una fotografía de la numerosa concurrencia congregada para presenciar la entrega del pergamino.

PALABRAS FINALES
No habría de transcurrir mucho tiempo desde aquel postrer homenaje para que la ciudad viese apagarse la vida de su antiguo educador. Rafael Muzio falleció en los primeros días de 1921, según da cuenta la revista “Caras y Caretas” en su edición del 29 de enero de aquel año. Aquella publicación, al dar noticia de su deceso, publicó nuevamente el retrato del anciano maestro.

El homenaje a Rafael Muzio publicado en la Revista «Caras y Caretas» de Buenos Aires, en su edición del 17 de mayo de 1919.

Cuentan quienes lo trataron de cerca que Rafael Muzio, en las horas de silencio que siguió a la jornada del aula ya vacía, cultivaba un sueño que ninguna medalla ni ningún diploma alcanzaría jamás a recompensar del todo: el de ver a sus alumnos, andando los años, convertidos en hombres de bien.
No aspiraba a que todos fuesen sabios ni ilustres, sino, sencillamente, buenos, rectos, capaces de sostener con honradez el perfil moral que él les había ayudado a forjar entre rigores y desvelos. Aquella severidad paternal que tanto impresionó al niño Buenaventura Vita no era sino la forma que solía adoptar el cariño de los maestros de antaño, convencidos, como lo estaba Muzio, de que el rigor de hoy sería la virtud de mañana.
Muerto hace ya más de un siglo, permanece Rafael Muzio en la historia de 9 de Julio no como un nombre distante en los anales, sino como la imagen entrañable de quien soñó, con la ternura peculiar de los grandes educadores, en dejar en su caminar, niños convertidos en personas de bien.
En esa aspiración sencilla, tantas veces repetida, reside quizá la más alta forma de la grandeza. Sirvan, pues, estas líneas para que aquel sueño, sostenido por una vida entera consagrada al aula, no se pierda del todo.
Que el legado de este viejo maestro siga, como una flama tenaz, alumbrando el camino de las nuevas generaciones de nuevejulienses.

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