La difusión de un documental audiovisual, realizado por Sandra Di Luca, dedicado al almanaque de La Niña ha vuelto a poner en discusión un fenómeno de preservación patrimonial poco frecuente en el interior bonaerense. La localidad reunía a comienzos del siglo XXI a una comunidad de aproximadamente 500 habitantes.
El cierre sistemático de sus ramales ferroviarios, el cese de actividades de su industria láctea y la recurrencia de las inundaciones sumieron a la población en un marcado aislamiento geográfico e institucional. Sin embargo, en el año 2001 la actividad pesquera, derivada del avance de las aguas, atrajo a un número creciente de visitantes procedentes de distintos puntos de la provincia. Fue en ese contexto que los vecinos resolvieron conformar una asociación de turismo rural, con el propósito de fomentar el desarrollo local y de ofrecer a quienes llegaban un recuerdo capaz de representar la identidad del pueblo.
De esa necesidad nació la iniciativa de confeccionar un almanaque, cuya historia interesa reconstruir aquí con el rigor que merece.
ORIGEN Y TRANSFORMACIÓN DEL PROYECTO COMUNITARIO
Marcelo, un panadero de la localidad, fue quien advirtió la necesidad de ofrecer a los visitantes un elemento tangible que perdurara más allá del viaje. El proyecto buscó inicialmente el respaldo de doce comercios locales para financiar una pieza gráfica de gran formato, tarea que no resultó sencilla. Ricardo Gallo Llorente recordó las dificultades económicas de aquellos primeros tiempos al señalar que «no fue fácil encontrar doce actividades económicas que hicieran un almanaque grande así para obsequiar».
La escasez de patrocinadores, propia de una economía reducida, terminó por desplazar la vocación comercial original del proyecto hacia otro destino.
«No es un almanaque comercial. Ya nació como un almanaque que pretendió ser comercial pero no era comercial», explicó.
EL ALMANAQUE COMO DISPOSITIVO DE IDENTIDAD
La nueva realidad de comienzos del año 2000 obligó a la comunidad a repensar sus canales de expresión colectiva. Gallo Llorente sintetizó esa condición material al afirmar que «acá nos levantaron el tren y no nos quedó ni el río ni la ruta ni el transporte público. Nada, quedamos en el medio de un interior profundo y aislado». Frente a ese panorama, la confección anual del almanaque se convirtió en un catalizador capaz de reinterpretar la historia local y proyectarla hacia el futuro.
El proceso permitió además superar el recelo inicial de los vecinos ante la cámara fotográfica, hasta transformarlo en motivo de orgullo. Así lo advirtió Gallo Llorente al referirse a la participación de los adultos mayores del pueblo, para quienes «estar en el almanaque era una especie de reconocimiento».

LA MIRADA EXTERNA Y LA FOTOGRAFÍA DE TUTI
Desde el primer ejemplar, la fotografía del almanaque quedó en manos de María Inés «Tuti» Maglio y fue tomada siempre en blanco y negro. La elección no fue casual.
Gallo Llorente explicó que se prefirió deliberadamente una mirada ajena al pueblo por encima de una fotografía tomada por los propios vecinos: «Es la mirada del que nos mira, es el que nos ve del lado de afuera, es la imagen que nos va a representar como se nos ve, no como nosotros nos sentimos que somos».
La propia fotógrafa describió su progresivo cruce con la comunidad retratada. «Al principio tenía así como una cosa del que viene de afuera, y el cuidado de respetar los tiempos y de escuchar; y después, a medida que fueron pasando los años, es como si yo fuese parte del lugar», dijo Tuti.
Con los años, ser convocado para las fotografías dejó de generar recelo y pasó a sentirse, en palabras de Gallo Llorente, como «una especie de reconocimiento».
OFICIOS, SABERES Y PATRIMONIO INTANGIBLE
A lo largo de sus sucesivas ediciones, el almanaque documentó las actividades productivas, las instituciones, la juventud y los saberes tradicionales del pueblo. En la edición de 2009 quedó registrada la labor del soguero Jorge «Chino» Mársico, quien describió su oficio con precisión: «hago trabajos en cuero crudo, todo lo que es referente al caballo».
La publicación retrató también al pintor Roberto Galeano, quien definió su vocación artística al afirmar que «cuando tengo ganas de pintar tengo que tener pintura, tengo que ponerme a pintar o dibujar». Se sumó a esta galería de oficios y saberes la figura del herrerista y músico Aníbal Pino Soria, oriundo de Moctezuma y afincado en La Niña desde fines de la década de 1950, cuyos versos cantados quedaron asociados a la memoria del pueblo.
La orientación hacia el rescate de ese patrimonio inmaterial fue explicada por Gallo Llorente al sostener que «nuestro interior no logra transmitir todo su patrimonio no palpable», una dimensión cultural que, en sus palabras, «no genera divisas, sino lo que hace es que nos da una identidad».

PROYECCIÓN REGIONAL Y TRASCENDENCIA DEL ALMANAQUE
El alcance del almanaque sobrepasó los límites del Partido de 9 de Julio gracias al respaldo logístico de Diario EL 9 DE JULIO, encargado de su distribución en la región.
En la misma línea, el vecino Daniel Viordoménico, fotografiado en la edición de 2007 por su participación en la cooperativa eléctrica, destacó que la publicación «nos deja salir afuera de La Niña para que en las ciudades en donde no se conoce cómo se trabaja el campo hay un pequeño resumen en cada página».
PALABRAS FINALES
El recorrido por las sucesivas ediciones del almanaque de La Niña permite advertir un proceso singular en el que un objeto concebido con fines modestos terminó por convertirse en instrumento de reconstrucción identitaria. Como lo resumió Gallo Llorente, «el almanaque se fue construyendo entre todos y hoy tiene una entidad propia. El almanaque no es de nadie y es de todos».
La reflexión final, quizás la más elocuente de cuantas dejó la experiencia, reafirma la centralidad del factor humano por sobre cualquier otra consideración productiva o climática: «no somos producción, no somos toneladas, no somos secas o inundaciones, somos personas que enfrentan y que cargan con una historia».
En esa frase, tanto como en las fotografías que la ilustran, se cifra el verdadero sentido del almanaque de La Niña, una crónica anual construida a fuerza de memoria colectiva y de la voluntad de un pueblo que decidió no resignarse al olvido.


