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Nueve de Julio
sábado, agosto 8, 2026

130 años de dos jornadas fundacionales: la bendición del templo de Santo Domingo y el nacimiento efímero de la Plaza de la Cruz

Por Héctor José Iaconis.

El 4 de agosto de 1896, en el pueblo de 9 de Julio, que apenas contaba con tres décadas de vida desde su fundación militar en octubre de 1863, fue bendecido el nuevo templo parroquial que, como la capilla que hasta entonces había existido en el mismo solar, seguía bajo la advocación de Santo Domingo de Guzmán. El edificio cuya fachada y torre serían modificados en la década de 1930 y que, con la erección de la Diócesis de 9 de Julio en 1957, habría de convertirse en Iglesia Catedral.

Cuatro días después, el sábado 8 de agosto, otro acto solemne completaba aquella semana fundacional. La colocación de una gran cruz en el centro de la manzana 94, que desde entonces y hasta su desaparición, a comienzos del siglo XX, sería conocida como “Plaza de Cruz”. Se cumplen, en este 2026, ciento treinta años de ambos acontecimientos, ocurridos en el marco de una misión apostólica que recorrió, en jornadas sucesivas, la vida religiosa y urbana de nuestra comunidad.

EL PRIMER TEMPLO

La historia religiosa de 9 de Julio no puede desvincularse de sus orígenes. Fundado el pueblo en octubre de 1863 por el coronel Julio de Vedia, la comunidad debió aguardar casi cuatro años para contar con un templo propio. El 30 de junio de 1867, una comisión presidida por el jefe de la Frontera Oeste, coronel Nicolás Granada, colocó la piedra fundamental de la futura capilla, obra que quedó terminada cuatro meses después. Según la descripción que dejara Buenaventura N. Vita, aquel primer edificio “había sido construido de ladrillos, siendo su techo a dos aguas, cubiertas de tejas francesas, las paredes revocadas interior y exteriormente, el piso de baldosas coloradas francesas, teniendo 15 varas de largo por 6 de ancho”.

Al presbítero Antonio D’Elía, sacerdote italiano designado por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Mariano de Escalada (pese a que las autoridades del pueblo hubiesen preferido al presbítero Antonio Orzolí), le cupo el honor de bendecir aquella primera capilla, puesta bajo el patrocinio de Santo Domingo de Guzmán, el 4 de agosto de 1868. La parroquia, por su parte, fue erigida canónicamente el 3 de enero de 1871, fecha en que comienza a designársele con esa jerarquía en la primera partida del libro de bautismos.

Primera capilla erigida en 9 de Julio, según un boceto realizado por Buenaventura N. Vita.

LA URGENCIA DE UN EDIFICIO NUEVO

El correr de las décadas y el crecimiento de la población hicieron evidente, hacia fines de la década de 1880, que la primitiva capilla resultaba insuficiente y se hallaba en un estado de deterioro considerable. El propio monseñor Mariano Antonio Espinosa, obispo auxiliar de la arquidiócesis de Buenos Aires, había señalado en un informe de 1889 la necesidad de levantar un edificio nuevo.

La respuesta municipal no tardó en llegar. El 15 de febrero de 1890, la Municipalidad de 9 de Julio resolvió sacar a licitación pública las obras de construcción del nuevo templo parroquial, mediante una resolución de cuatro artículos que ordenaba publicar la convocatoria en los diarios “La Prensa” y “La Nación” de Buenos Aires, así como en otros órganos de prensa bonaerenses. Se fijó, además, el 30 de marzo a las cuatro de la tarde como fecha límite para la presentación de propuestas, ajustadas a un pliego de bases y condiciones de treinta y cuatro artículos que había preparado el ingeniero Clerici. Vencido el plazo, el 31 de marzo de 1890 se procedió a la apertura de las únicas dos propuestas presentadas.

LA OBRA SE CONCRETA: LICITACIONES Y ARTÍFICES

Los años siguientes fueron, sin embargo, de avance lento. Recién en 1895 el Ejecutivo municipal licitó la construcción del altar mayor y el púlpito del templo. El 20 de junio de ese año fue aceptada la oferta presentada por Miguel Ferrer, quien se comprometió a ejecutar las obras en un plazo de cinco meses, por un costo de 6.400 pesos. El contrato respectivo fue firmado a fines de ese mismo mes.

Poco después, el 25 de julio de 1895, se resolvió sacar a licitación pública la construcción de un salón de fiestas y otras dependencias municipales, junto con la casa parroquial. El ingeniero Héctor Sibilla, asesor de obras públicas de la Municipalidad, confeccionó los planos correspondientes y un pliego de bases y condiciones de treinta y cuatro artículos, diez de los cuales se referían específicamente a la casa parroquial, que debía contar con varias piezas, un mirador y un comedor con sótano. La adjudicación de estas obras recayó en el constructor Santiago Luchini, cuyo nombre, como se verá, volverá a aparecer vinculado a otro episodio de esta historia: el de las campanas del nuevo templo.

Mientras la obra civil avanzaba, no menos atención requería el equipamiento del futuro templo. Ya en 1895 el párroco había recibido en donación dos viejas campanas que fueron entregadas al fundidor Juan Guglielmini para su refundición. A ellas se sumarían otras dos, de origen y factura distintos: una, obra de un taller porteño, donada por Juan Maguirre; y otra, mandada traer desde Génova, ofrecida por Nicolás L. Robbio, que había arribado al país en el vapor «Auriga» el 4 de agosto de 1894, fecha que, por una singular coincidencia, se adelantaba en exactamente dos años al día de la bendición del templo que habría de recibirla.

La campana donada por Maguirre no estuvo exenta de contratiempos. Presentaba fallas de fundición y una rotura considerable que ponía en riesgo su estabilidad una vez elevada al campanario. Preocupado por el peligro que ello suponía, el cura párroco, presbítero Domingo Brandariz, convocó el 19 de marzo de 1894, cuando el templo aún se hallaba en construcción, a un grupo de mecánicos y artesanos del pueblo (Atilio Ferragutti, Virginio Vanina, José Volta, Juan Maitán, Antonio Tarrella y Antonio Ganzinelli) junto al constructor Santiago Luchini, para dictaminar sobre el estado de la pieza. El resultado de aquella consulta fue, según las fuentes disponibles, desalentador.

Pbro. Domingo Brandariz, cura párroco de 9 de Julio y mentor de la construcción del nuevo templo parroquial. Tratamiento digital a partir de un retrato suyo conservado en el Museo local.

EL 4 DE AGOSTO DE 1896: LA BENDICIÓN DEL TEMPLO

A mediados de 1896, cuando los trabajos de construcción tocaban a su fin, el intendente municipal y el presbítero Domingo Brandariz, cura párroco, acordaron designar el 4 de agosto de ese año como fecha para la bendición del nuevo templo. La elección no fue casual; pues, en el antiguo santoral, según el Vetus Ordo entonces vigente, la festividad de Santo Domingo de Guzmán se celebraba precisamente el 4 de agosto, y no el 8, como ocurre en la actualidad desde la reforma del calendario litúrgico posterior al Concilio Vaticano II.

Llegado el día, fue el propio arzobispo de Buenos Aires, monseñor Uladislao Castellanos, quien bendijo solemnemente el nuevo edificio. En la torre del templo recién bendecido fueron colocadas las cuatro campanas cuya historia se ha referido: las dos refundidas por Guglielmini, la donada por Maguirre y la traída desde Génova por encargo de Robbio.

El acontecimiento no se agotó, sin embargo, en la ceremonia de aquel martes. El arzobispo Castellanos había encomendado a su obispo auxiliar, monseñor Mariano Antonio Espinosa, obispo titular titular de Tiberiópolis, la tarea de completar la visita canónica y la misión que él mismo había iniciado.

A la torre del templo recién bendecido estaba destinado, además, un reloj cuya historia merece ser recordada. Había sido donado años antes por Antonio Maya, uno de los primeros pobladores de 9 de Julio y fundador de Carlos Casares, quien deseaba, con ese gesto, dejar su nombre ligado al pueblo de sus afanes y cariños. La donación fue aceptada por la Municipalidad mediante ordenanza del Concejo Deliberante de julio de 1894, que dispuso que la hora oficial del Partido sería, desde entonces, la que marcase aquel reloj, quedando su cuidado y atención a cargo de la comuna, en cuya propiedad quedó incorporado.

Un error en la proyección o el diseño de la torre, sin embargo, condenó al mecanismo a un funcionamiento defectuoso durante años. Según explicó Buenaventura N. Vita, “el reloj nunca pudo marcar la hora exactamente, debido a que para trabazón de la máquina, cuando se construyó la torre, se colocó dos gruesas vigas de hierro en cruz, las que imposibilitaban centrar la máquina, para que pueda mover con igualdad de fuerza las agujas del cuatro cuadrantes”. Ese defecto original recién encontró remedio en 1912, cuando el relojero y mecánico español Ramón Fenoll, radicado el año anterior en la Argentina y afincado en 9 de Julio, fue designado por el intendente municipal Nicolás H. Robbio como “Relojero Encargado del Reloj de la Iglesia parroquial”, con una subvención de treinta pesos.

Fenoll, nacido en Novelda (Alicante) en 1877 y curtido en oficios de mecánica y relojería durante su juventud en la Argelia francesa, logró garantizar la marcha más o menos correcta de aquel mecanismo y sostuvo su cuidado durante más de cuatro décadas.

Medalla conmemorativa de la bendición del templo parroquial de 9 de Julio, el 4 de agosto de 1896.

Vista del templo parroquial.
Antiguo campanario de la Iglesia Catedral. Este aspecto lució entre 1896 y 1935.

EL PERFIL DEL TEMPLO PARROQUIAL

Los registros fotográficos conservados del templo bendecido en 1896 permiten reconstruir, con razonable precisión técnica, los rasgos arquitectónicos de un edificio que, como sabemos, no ha llegado hasta nosotros en su fisonomía original. En su fachada y torre objeto de una profunda refacción promediando la década de 1930.

Su lectura, desde la perspectiva de la historia de la arquitectura religiosa, permite encuadrarlo dentro del repertorio neogótico academicista que, hacia el último cuarto del siglo XIX, se difundió con profusión en la arquitectura conventual y parroquial en estas tierras, de la mano de ingenieros y maestros de obra formados en el eclecticismo historicista europeo.

La composición general respondía al esquema de fachada-torre, en la cual el volumen del campanario se erige sobre el eje de simetría de la fachada principal, concentrando en un cuerpo vertical el acceso, la caja de campanas, el reloj público y el remate en aguja.

La torre se organizaba en cuerpos superpuestos y decrecientes, separados por cornisas corridas: un primer cuerpo, macizo, que alojaba el ingreso principal; un segundo cuerpo, con el óculo circular del reloj de torre y un tercer cuerpo, calado por una arcada trilobulada de vanos ojivales, correspondiente propiamente al campanario. Los huecos, sin cerramiento macizo, permitían la propagación del sonido de las campanas. Sobre este último cuerpo se disponía una terraza perimetral protegida, desde la cual se elevaba la aguja piramidal de base octogonal, rematada en una cruz de hierro forjado. En los ángulos de transición entre los cuerpos de la torre y el arranque de la aguja se observan pináculos góticos de remate, elemento decorativo que refuerza la verticalidad del conjunto y que resulta un lugar común del vocabulario neogótico de raíz francesa e italiana.

La portada principal, de acceso a la nave central, se resolvía mediante un gran arco ojival. Un examen más detenido de la portada principal, documentada en una de las vistas frontales conservadas del edificio, permite precisar el tratamiento de su carpintería. El vano se resolvía mediante un arco ojival apuntado de dos centros, ceñido por una moldura corrida a modo de guardapolvo, sin arquivoltas escalonadas ni orden alguno de columnillas.

Bajo el arranque del arco se disponía una tracería calada de tres lóbulos, resuelta en mampostería revocada, que constituye el único elemento propiamente ornamental de la fachada.

La puerta propiamente dicha, de doble hoja, era de madera maciza, ensamblada en tablones verticales sin paneles moldurados ni tallas visibles -solución de carpintería robusta y sobria, más cercana a la tradición de puertas macizas de fuerte función de cierre que a la ebanistería ornamental-, en consonancia con la austeridad general de una manufactura de recursos modestos.

Las dos ventanas que flanqueban el ingreso replicaban, a escala menor, el mismo perfil de arco ojival apuntado, aunque sin tracería en el remate. El intradós era liso y el guardapolvo moldurado se limitaba a enmarcar el derrame abocinado del vano.

Su carpintería, también de madera, consistía en hojas practicables divididas por parteluces y peinazos en una retícula de pequeños paños vidriados, de carácter más utilitario que estético, ajena al calado propio del vocabulario gótico reservado a la portada y más próxima a la carpintería corriente de tipo conventual.

Existían también, conformando una parte de la sacristía y de la casa parroquial, dos volúmenes torreados menores, laterales al cuerpo principal del templo. De altura sensiblemente inferior a la del campanario central y de lenguaje arquitectónico algo más ecléctico.

Uno de ellos, de planta cuadrangular y remate con parapeto almenado, que suelen aparecen en las fotografías tomadas desde la avenida Buenos Aires (hoy San Martín) correspondía con toda probabilidad al mirador de la casa parroquial contigua, cuya construcción, según consta en la documentación municipal, había sido expresamente prevista en el pliego de condiciones de 1895 entre las diez cláusulas referidas a esa dependencia.

Por último, en la vereda del templo existían una verja hornamental, de mampostería y hierro. La misma era llamada «verja de Doña Juana», en referencia a quien donó los fondos para su construcción, Juana Saralegui de Mujica.

LA MISIÓN APOSTÓLICA DE MONSEÑOR ESPINOSA

En esos días de agosto de 1896, monseñor Espinosa, acompañado por los franciscanos José M. Caer y Francisco Cassaretto, el jesuita José Antillac, el pasionista Martín de San Estanislao y el presbítero Francisco Paulucci, cumplió con las exigencias formales de la visita canónica y emprendió una misión apostólica. Predicó, celebró la Eucaristía y administró, junto con los sacerdotes que lo acompañaban, los sacramentos del Bautismo (a 140 personas), la Confirmación (a 2.314 niños) y el Matrimonio (a 20 parejas).

Asimismo, impartió la Sagrada Comunión a 1.620 fieles, de los cuales, según se consigna en la informe de la visita, “340 han sido de solo hombres mayores de edad”, detalle que permite entrever la dimensión social y comunitaria que revistió aquella misión.

LA COLOCACIÓN DE LA GRAN CRUZ Y EL NACIMIENTO DE LA PLAZA

El sábado 8 de agosto de 1896, como acto de conclusión de la misión apostólica, tuvo lugar una segunda ceremonia de significación para la comunidad. En presencia de monseñor Espinosa, fue colocada una gran cruz en el centro de la manzana número 94, delimitada por las avenidas Río Uruguay (hoy Tomás Cosentino),  Río Negro (hoy Cardenal Pironio),  Tucumán y Jujuy (esta última, actual calle Edison). Desde ese día, la manzana pasó a ser conocida popularmente como “Plaza de Cruz” y fue librada al uso público.

El origen de aquel espacio verde se remonta, en rigor, al trazado original del pueblo. Cuando en 1864 el agrimensor Vaschetti delineó el ejido de 9 de Julio y sus manzanas, había previsto reservar los esquineros de las quintas números 7, 12, 19 y 24 para cuatro plazas públicas, que se sumarían a la plaza principal situada en el centro del radio urbano. Motivos burocráticos impidieron que ese proyecto se cumpliera con exactitud, y para la plaza que debía ubicarse en la intersección de las avenidas Río Negro y Río Uruguay fue destinada, en cambio, la manzana situada enfrente: la 94[1].

No sería, entonces, sino hasta aquel 8 de agosto de 1896, treinta y dos años después del trazado fundacional, que ese terreno recibió, finalmente, un destino público efectivo, sellado por el gesto religioso de la misión apostólica.

Monseñor Espinosa, quien tuvo a su cargo la misión apostólica de agosto de 1896 y la bendición de la Plaza de la Cruz.

UNA FIESTA TRASLADADA: DEL 4 AL 8 DE AGOSTO

Conviene detenerse, por fin, en una precisión cronológica que explica por qué, en la documentación decimonónica aquí examinada, la festividad de Santo Domingo de Guzmán aparece consistentemente fijada en el 4 de agosto, mientras que hoy se celebra el 8. Cuando el papa Gregorio IX suscribió la bula “Fons sapientiae”, en Rieti, el 3 de julio de 1234, canonizando a Domingo de Guzmán, dispuso su fiesta para el 5 de agosto, pues el día 6 (fecha de su muerte) coincidía con la festividad de la Transfiguración del Señor.

Hacia 1558, al otorgarse carácter universal a la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, la fiesta de Santo Domingo fue trasladada al 4 de agosto, fecha que se mantuvo vigente durante siglos y que explica por qué el templo nuevejuliense fue bendecido, precisamente, en esa jornada de 1896. Recién tras el Concilio Vaticano II, con la reforma del calendario litúrgico, la festividad pasó definitivamente al 8 de agosto, en coincidencia con la fecha de nacimiento del santo.

Primera imagen de Santo Domingo de Guzmán, que arribó a 9 de Julio en 1868.

PALABRAS FINALES

Ciento treinta años separan a la comunidad nuevejuliense de aquella semana de agosto de 1896 en que, con pocos días de diferencia, fueron consagrados dos espacios de significación bien distinta: el templo que, con el correr de las décadas, se transformaría en Catedral de la Diócesis de 9 de Julio, y una plaza que, pese a su corta vida dejó una huella perdurable en la memoria colectiva del pueblo. Mientras el primero permanece en pie, refaccionado en 1935 y erigido en sede de la Cátedra episcopal en 1957, la segunda se desvaneció bajo el peso de los intereses municipales y, en cierto modo, del progreso material que trajeron consigo las aguas corrientes y la energía eléctrica.

FUENTES DOCUMENTALES

  • Archivo de Gestión de la Municipalidad de 9 de Julio. Libro de Contratos Públicos de la Municipalidad de 9 de Julio, nº 1.
  • Archivo de la Iglesia Catedral de Santo Domingo, 9 de Julio. Libro de Autos de Visita.
  • Archivo de la Curia Eclesiástica de Santo Domingo, 9 de Julio. Caja Parroquia de Nueve de Julio, I, doc. nº 4. Informe de monseñor Mariano Antonio Espinosa al arzobispo Uladislao Castellanos, 31 de agosto de 1896.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Aznar, Henri. Catedral Santo Domingo de Guzmán. Diócesis de 9 de Julio. Centenario 1896-4 de agosto-1996. Inédito. Original en Archivo y Museo Histórico «Gral. Julio de Vedia,» 9 de Julio.
  • Bruno, Cayetano. Historia de la Iglesia en Argentina. Tomo XI. Buenos Aires: Don Bosco, 1976.
  • Elías de Mascheroni, Juana. Origen y fundación de 9 de Julio. Buenos Aires: Grupo Editor K, 2006.
  • Galmés, Lorenzo, y Vito T. Gómez, dirs. Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para su conocimiento. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1987.
  • Iaconis, Héctor José. “Campanas de la Iglesia Catedral: patrimonio histórico y cultural de nuestra comunidad”. Diario El 9 de Julio, 28 de noviembre de 2021. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/133547.
  • Iaconis, Héctor José. Historia de la Diócesis de Nueve de Julio. Un acercamiento. Tomo I: Orígenes previos. Creación de la Diócesis. Gobierno pastoral de Monseñor Agustín Herrera (1957-1961). 9 de Julio, 2010. Inédito.
  • Iaconis, Héctor José. La Energía Eléctrica en la Historia de 9 de Julio. Una trama de conflictos y armonías. Aproximación al estudio de los orígenes de la energía eléctrica en la ciudad. 1892-1929. La Plata: s.e., 2006.
  • Iaconis, Héctor José. “La Parroquia de Santo Domingo de 9 de Julio en el siglo XIX.» Diario El 9 de Julio, 8 de agosto de 2023. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/112135.
  • Iaconis, Héctor José. «Una manzana, una historia”. Diario El 9 de Julio, 2 de julio de 2018. https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/91811.
  • Vita, Buenaventura N. Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1870. La Plata: Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1938.

NOTA

[1] Durante algo más de seis años, la Plaza de Cruz cumplió su función de espacio público, frecuentada por el vecindario en fiestas y conmemoraciones religiosas. Pero, como suele suceder con los nombres y los destinos urbanos, motivos ajenos a su origen habrían de modificar su historia. En junio de 1903, el presidente de la Sociedad Italiana de Nueve de Julio, Ubaldino Lafranconi, solicitó al intendente Rafael Prieto el cambio de denominación de “Plaza de la Cruz” por el de “Plaza Italia”, argumento que el peticionante fundó en la ausencia de un espacio público que recordara a la colectividad italiana, entonces una de las más numerosas entre los inmigrantes radicados en 9 de Julio. El Concejo Deliberante acogió favorablemente el pedido y, por ordenanza del 22 de junio de 1903, la manzana 94 pasó a llamarse oficialmente Plaza «Italia».

El cambio de nombre no implicó, en un primer momento, la pérdida de su función como espacio verde. Wilson Pérez, en su columna “Semblanzas pueblerinas”, publicada en este mismo diario el 19 de abril de 1994, evocaba que la plaza “ofrecía a la vista un hermoso paisaje, […] adornada por hermosos canteros donde ponían su nota de colorido que reconforta y alegra los espíritus”, y que era “muy visitado por el vecindario y, en especial, por la gente del barrio”.

Sin embargo, el destino del predio cambiaría radicalmente a partir de 1904. El 14 de mayo de ese año, el intendente Prieto presentó al Concejo Deliberante el proyecto de construcción del servicio de aguas corrientes, informando que se había efectuado una perforación en los terrenos de la Plaza “Italia”. El 7 de marzo de 1904, el análisis químico confirmó que las aguas extraídas eran potables y aptas para el consumo, lo que determinó que ese predio fuera elegido para levantar la llamada “usina de aguas corrientes”. El servicio quedó inaugurado en septiembre de 1905, con su torre tanque y edificio adjunto construidos sobre buena parte del antiguo terreno de la plaza. La cruz que, desde hacía nueve años, presidía aquel espacio fue retirada entonces “para siempre, sin que pueda conocerse cuál ha sido su destino final”.

En la parcela contigua, sobre la esquina de Río Negro y Jujuy, se levantó además el edificio de una usina eléctrica, librado al servicio en 1913. Ese mismo año, el intendente Nicolás H. Robbio procuró vender el terreno que ocupaba la usina a las empresas A. Parcus y Cía. y Duhnkrach, Nellen y Cía., argumentando ante el Concejo Deliberante, el 22 de abril de 1913, que si bien el plano oficial reservaba esa manzana para plaza pública, “esta nunca se formó y no fue por lo tanto entregada al uso público”. Esta  afirmación que, cabe señalarlo, desconocía tanto los antecedentes de 1896 como la jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, que declaraba inenajenables a las plazas públicas por su condición de bienes del Estado. Los concejales, no obstante, autorizaron la venta y derogaron la ordenanza de 1903, retirándole a la manzana 94 su condición de plaza.

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