A ochenta años de la fundación de la Asociación de Bomberos Voluntarios de 9 de Julio, ocurrida el 10 de julio de 1946, resulta oportuno recordar uno de los episodios más conmovedores en la primera etapa de su historia: la tragedia aérea de Bacacay, acaecida en enero de 1952, que costó la vida a tres jóvenes vecinos de la ciudad, dos de ellos miembros activos de la entidad. Aquel suceso, más allá de su propio dramatismo, permite advertir el lugar que los Bomberos Voluntarios ya ocupaban, apenas seis años después de su creación, en el entramado afectivo de la comunidad nuevejuliense.

UN ACCIDENTE QUE CONMOVIÓ A LA COMUNIDAD
El 20 de enero de 1952, un avión triplaza se estrelló en las cercanías de la localidad de Bacacay, ocasionando la muerte de tres reconocidos vecinos de 9 de Julio: Juan Fernando Lisazo, presidente de la Escuela Oficial de Pilotaje del Aero Club de 9 de Julio, y Lorenzo Carlos Bonfiglio y Aníbal Francisco Yarza, ambos miembros de la Asociación de Bomberos Voluntarios. Lisazo tenía 38 años y dejaba a su joven esposa con tres hijos; Yarza, de 27 años, se había casado poco más de un año antes; Bonfiglio, que tenía contraída promesa matrimonial, cumplía 30 años el mismo día de su fallecimiento. La coincidencia entre la fecha del deceso y la de su cumpleaños añadió, en la memoria de los contemporáneos, una nota de particular pesar a la tragedia.
UN CORTEJO QUE LA CIUDAD NO OLVIDÓ
Los velatorios, realizados durante el día y la noche del domingo en los domicilios de las víctimas, convocaron un desfile ininterrumpido de vecinos. En la mañana del lunes, los tres ataúdes fueron trasladados al Palacio Municipal, donde permanecieron expuestos algunas horas antes de ser conducidos a la iglesia parroquial —hoy Catedral— para la ceremonia religiosa. Una carroza cargada de flores y tres carrozas fúnebres encabezaron el cortejo, mientras los féretros eran llevados a pulso: el de Lisazo, por familiares y miembros del Aero Club; los de Yarza y Bonfiglio, por integrantes de la Asociación de Bomberos Voluntarios. Más de cinco mil personas acompañaron en silencio el cortejo, que hizo un alto frente al propio cuartel de los Bomberos Voluntarios, donde los ataúdes fueron colocados en las carrozas. En el cementerio, tomaron la palabra el doctor Juan A. Maldonado, en representación del Aero Club; el señor Carlos Tacchi, en nombre de los Bomberos Voluntarios, y Ángel Rodríguez, por el personal civil de la provincia. Aquella jornada, el comercio y la industria de la ciudad no abrieron sus puertas durante el mediodía, reanudando la actividad recién por la tarde, en un gesto que da cuenta de la magnitud del duelo colectivo.
LA GENEROSIDAD DE ADOLFO M. LUNA
Un gesto que la comunidad valoró especialmente fue el de Adolfo M. Luna, propietario de la empresa de servicios fúnebres, quien se hizo cargo sin cargo alguno de los gastos de las exequias de las tres víctimas, gesto que no era la primera vez que realizaba. La Escuela Oficial de Pilotaje del Aero Club le dirigió una carta de agradecimiento, y la institución aeronáutica reconoció formalmente su generosidad en una reunión extraordinaria celebrada el 27 de enero de 1952, apenas una semana después de la tragedia.
UN LUGAR EN LA MEMORIA DE LOS BOMBEROS
Este episodio, más allá de su propio dramatismo, resulta revelador del lugar que la Asociación de Bomberos Voluntarios ya ocupaba, apenas seis años después de su fundación, en el entramado institucional y afectivo de la ciudad. Sus miembros no solo respondían a emergencias: su sola presencia, convocada al dolor comunitario, formaba ya parte de la vida de 9 de Julio. Que dos de las tres víctimas fueran bomberos voluntarios, y que la propia institución asumiera el traslado de sus féretros, confirma hasta qué punto la entidad fundada en 1946 se había integrado, en un lapso breve, a los ritos colectivos de la comunidad que la había visto nacer.


