Por Héctor José Iaconis.

* Capitán de la marina mercante italiana, emigró vía Montevideo y se radicó en 9 de Julio hacia fines de la década de 1870.
* Fue fundador y presidente de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Amicizia e Lavoro” y miembro activo de la Logia “Igualdad” nº 64.
* Instaló en 1880 un molino harinero a vapor, una de las mayores inversiones industriales del pueblo, con el famoso sistema de desagüe que originó el lavadero comunitario de la Laguna de Malcorra.
* En 1891 instaló en su molino la primera dínamo de 9 de Julio, que también electrificó su vivienda particular, la primera casa con luz eléctrica del pueblo.
* Como concejal, donó en 1892 el primer foco de alumbrado público de la Plaza “General Belgrano”.
Hacia 1892, cuando el sol se retiraba detrás de las llanuras del oeste, las calles del radio céntrico de 9 de Julio se sumían cada noche en la penumbra del alumbrado a kerosén. Las de los suburbios, en cambio, permanecían lisa y llanamente a oscuras, apenas rescatadas de las sombras por uno que otro farol domiciliario.
Ninguna ordenanza preveía todavía la iluminación eléctrica de sus calles, y la plaza principal aguardaba, como el resto del país, el advenimiento de una modernidad que en Europa y en las grandes urbes americanas ya despuntaba con fuerza. Fue en ese escenario de precariedad técnica y ambiciones apenas esbozadas donde la trayectoria de un inmigrante genovés, Nicolás Gallo, se entrelazó de modo decisivo con la historia urbana de la ciudad.
Empresario, masón, filántropo y concejal, Gallo encarnó, acaso sin plena conciencia de ello, la figura del pionero tecnológico que, desde la esfera privada, se adelanta a la gestión pública.

DE GENOVA AL RIO DE LA PLATA
Nicolás Gallo nació en los albores de la década de 1840 en la ribera genovesa[1], región cuya acendrada vocación marítima marcó tempranamente su destino. Desde muy joven se incorporó a la marina mercante, oficio que ejerció con tal dedicación que alcanzó el grado de capitán[2], distinción nada desdeñable para un hombre surgido de las clases trabajadoras del Mediterráneo. De aquellos años de navegación apenas quedan referencias indirectas, pero es dable suponer que templaron el temperamento resuelto y la capacidad de mando que más tarde desplegaría en los negocios y en la vida pública de su tierra de adopción.
Como tantos compatriotas empujados por las oleadas migratorias de la segunda mitad del siglo XIX, Gallo cruzó el Atlántico y, según puede reconstruirse, arribó primero a Montevideo. Allí fue iniciado en la francmasonería e incorporado al taller de la Logia “Familia Italiana”[3]. Aquel ingreso no constituyó un episodio anecdótico, pues la masonería decimonónica ofrecía a los inmigrantes italianos una red de vínculos y ayuda recíproca que trascendía las fronteras nacionales.
ARRAIGO EN 9 DE JULIO. MASONERIA Y MUTUALISMO
Hacia fines de la década de 1870 o comienzos de 1880, Nicolás Gallo se radicó definitivamente en 9 de Julio, un pueblo todavía joven, donde comenzaba a gestarse una colectividad italiana necesitada de instituciones propias. No tardó en asumir un papel de liderazgo entre sus compatriotas.
En noviembre de 1880 propició la fundación de una sociedad italiana de socorros mutuos, a la que se dio el nombre de “Amicizia e Lavoro”[4], entidad que poco después presidiría[5]. La elección del nombre (“Amistad y Trabajo”) no era casual. En cierta forma, sintetizaba el ethos de una colectividad que aspiraba a prosperar mediante el esfuerzo compartido y la solidaridad entre pares, lejos todavía de la protección de un Estado apenas esbozado.
Paralelamente, Gallo prosiguió su itinerario iniciático, ahora en el valle masónico del 9 de Julio. Fue admitido, en diciembre de 1881, en la Logia “Igualdad” nº 64, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, fundada el 21 de julio de 1878. Para entonces ya ostentaba el cargo de hospitalario[6] y, presumiblemente, el grado de Maestro[7]. En el seno de esta sociedad entabló amistades duraderas con otros vecinos de prestigio, entre ellos Raimundo Prieto, primer venerable maestro de “Igualdad” y, andando el tiempo, su socio en la empresa molinera que le daría notoriedad.
La coincidencia entre el círculo fraternal y el círculo de los negocios no resulta extraña. En una comunidad como la de 9 de Julio, apenas formada algo menos de una veintena de años atrás, las lealtades forjadas en esos espacios solían prolongarse, con naturalidad, hacia el exterior del taller masónico, en un terreno económico y político.
EL MOLINO HARINERO
El ámbito en el que Nicolás Gallo edificó su posición económica fue la industria molinera. En marzo de 1880 solicitó al Concejo Deliberante de 9 de Julio la autorización correspondiente para instalar un molino harinero[8], emprendimiento que hacia 1881 figuraba entre los establecimientos de mayor inversión registrados en el pueblo. Se trataba de una apuesta arriesgada pero oportuna si se considera el escaso desarrollo que la molienda de trigo tenía todavía en el país.
El molino funcionó con maquinaria a vapor, tecnología que exigía, a su vez, soluciones para el desagüe de las aguas empleadas en el proceso productivo. En junio de 1887 se concretó la construcción de un sistema de canalización que conducía esos excedentes hasta la denominada Laguna de Malcorra, entonces situada fuera del ejido urbano[9], donde actualmente se encuentra el Parque “General San Martín”.
La obra, pensada como mera infraestructura industrial, tuvo una consecuencia imprevista y de notable interés urbanístico. Con el correr de los años, aquel cuerpo de agua se transformó en una suerte de lavadero comunitario, esto es, en un espacio de uso colectivo surgido, casi por accidente, de una instalación privada.
LA PRIMERA ILUMINACION ELECTRICA
El año 1891 no fue, en la Argentina, un momento propicio para las aventuras empresariales. La crisis financiera y política que sacudió al país por entonces, caracterizada más tarde por sus historiadores como un cuadro de honda incertidumbre económica e institucional[10], hizo tambalear buena parte del crédito y de la confianza que sostenían al aparato productivo nacional. Sin embargo, acaso porque la firma “Nicolás Gallo y Cía.” ya contaba con una base económica sólida, sus propietarios decidieron, en ese mismo año, instalar un generador de energía eléctrica destinado a iluminar el establecimiento[11].
La dínamo resultante, se presume que fue la primera en su género instalada en 9 de Julio, tenía capacidad para abastecer alrededor de ciento veinte lámparas de dieciséis bujías cada una. Desde el molino se tendieron, además, conductores hacia la vivienda particular de Gallo, situada en las inmediaciones, sobre lo que entonces se conocía como Boulevard Buenos Aires (hoy avenida San Martín) y calle Mendoza[12].
SU DONACION
A mediados de 1892, cuando Gallo ocupaba ya una banca en el Concejo Deliberante, dio un paso que trascendería largamente el ámbito de su negocio privado. Ofreció, sin cargo alguno, la instalación de un foco de arco voltaico en beneficio del pueblo.
Es difícil conjeturar si el propio Gallo dimensionó, al redactar su nota, la trascendencia del gesto. Aquel foco, alimentado por el motor de su molino durante las horas nocturnas de funcionamiento, se convertiría en el primer ensayo de alumbrado público eléctrico de 9 de Julio.
La propuesta llegó al recinto municipal el 1.º de agosto de 1892, pasadas las catorce horas, en la octava sesión del cuerpo, presidida por Alejandro Muzio y con la presencia, entre otros, de Primitivo Madruga, José M. Fonseca, Julio A. Miró, Nicolás Campos y el propio proponente, aunque las actas de aquella sesión no registran, curiosamente, a otros dos integrantes del cuerpo[13]. Leída la nota, en la que la firma “Nicolás Gallo y Cía.” se comprometía a proveer iluminación gratuita durante las noches en que el motor del molino permaneciera activo[14], el concejal Fonseca tomó la palabra para señalar que un ofrecimiento tan desinteresado no ameritaba discusión alguna, sino el agradecimiento del cuerpo en nombre del pueblo.
El mismo edil propuso, además, que el foco se emplazara en el centro de la calle que atravesaba la Plaza “General Belgrano”. Gallo, agradecido a su vez por las palabras de Fonseca, amplió generosamente su ofrecimiento, subrayando que, si en ocasión de alguna fiesta la Municipalidad requiriese luz durante más horas de las habituales, él estaría dispuesto a proporcionarla, en las mismas condiciones, hasta la hora que se le indicase[15].
La moción de Fonseca fue votada por unanimidad, tanto en lo referido a la aceptación de la donación como a la ubicación sugerida. El 11 de septiembre de ese año quedó sancionada la ordenanza correspondiente, que autorizaba una inversión municipal de hasta quinientos pesos moneda nacional para los trabajos de instalación, a cargo de un técnico electricista especialmente convocado, y disponía el emplazamiento preciso de la luminaria[16].
El acontecimiento no fue menor para la vida cotidiana del pueblo. La pequeña comunidad recibió con auténtico júbilo aquella expresión de vanguardia tecnológica, que contrastaba de manera radical con la tenue luminosidad del alumbrado a kerosén imperante hasta entonces. Durante largos años, el foco donado por Gallo iluminó el espacio público “sin generar erogación alguna para las siempre exiguas arcas municipales”[17]. Disponer de un sistema de generación eléctrica, aun cuando permaneciera en manos privadas, constituía por entonces un privilegio infrecuente para una localidad del interior bonaerense, y la voluntad de un particular de ponerlo, siquiera parcialmente, al servicio del bien común anticipó, mucho antes de que el Estado municipal asumiera esa responsabilidad, la noción misma de servicio público urbano.

OTRAS ACTIVIDADES
La vocación de Gallo por los asuntos comunitarios no se agotó en el episodio del alumbrado. A lo largo de más de una década desempeñó, en cuatro ocasiones, las funciones de consejero escolar (en 1880, 1881-1882, 1887-1888 y 1889-1890) y participó, como mayor contribuyente, de las sesiones del Concejo Deliberante antes incluso de acceder a una banca propia como concejal.
Como edil ejerció en dos períodos: 1891-1892 y desde 1892 en adelante[18]. Fue precisamente en el ejercicio de esta segunda gestión cuando lo sorprendió la revolución de 1893.
La intervención nacional que sobrevino a los sucesos revolucionarios lo obligó a renunciar a su banca, y desde entonces, según puede establecerse, jamás volvió a la función pública. Se cerraba así, de manera abrupta y por causas ajenas a su voluntad, el capítulo político de una vida que había alternado, con notable naturalidad, el escritorio del industrial, la logia masónica, las filas del mutualismo, el recinto municipal.
PALABRAS FINALES
Nicolás Gallo murió en 1909, en la misma ciudad que lo había acogido tres décadas atrás. La revista porteña “Caras y Caretas”, en su edición del 10 de julio de aquel año, dio cuenta del deceso y publicó su retrato[19], gesto que revela hasta qué punto su figura había trascendido los límites estrictamente locales.
Vista con la distancia que impone el siglo transcurrido, la trayectoria de Nicolás Gallo admite una doble lectura. Desde la biografía individual, se trata del itinerario del inmigrante mediterráneo que, mediante el trabajo, la asociación con sus pares y una notable capacidad de iniciativa, edificó una posición de prestigio en una sociedad todavía en formación.
Desde la historia urbana, en cambio, su legado adquiere una dimensión distinta. Gallo fue, en los hechos, si se quiere, el primer proveedor de energía eléctrica de 9 de Julio. El foco que hizo instalar en el corazón de la plaza principal, años antes de que existiera un servicio público de alumbrado, constituyó el hito inaugural de una infraestructura que, con el tiempo, terminaría redefiniendo por completo la experiencia nocturna en el espacio urbano. Que aquella primera luz surgiera de la generosidad de un particular, y no de una política municipal deliberada, dice tanto de las limitaciones de las gestiones municipales decimonónicas como de la capacidad de ciertos actores privados para adelantarse, con sus propios medios, a las necesidades de la comunidad que los había recibido. En ese pequeño círculo de claridad que, noche tras noche, recortaba las sombras sobre la Plaza “General Belgrano”, pudo contemplarse, en definitiva, el preludio silencioso de un 9 de Julio moderno.
NOTAS
[1]Archivo del Registro de las Personas de la Provincia de Buenos Aires, Delegación 9 de Julio, Libro de Defunciones de 1909, tomo I, folio 52.
[2]BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1900 (en adelante, opera omnia), mecanografiado inédito, Archivo y Museo Histórico «Julio de Vedia», 9 de Julio, pág. 574.
[3]Cuadro de Miembros de la Logia «Igualdad», n.º 61, 9 de julio de 1891, Archivo de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de la Argentina, Buenos Aires, Documentos de la Logia Igualdad n.º 61, cuerpo 7.
[4]Archivo de la Asociación Italiana de Socorros Mutuos, 9 de Julio, Libro dei verbali n.º 1, folios 1 y ss.; Libro di Matricola della Società Italiana, registro n.º 5.
[5]Entre 1888 y 1893 Gallo presidió la comisión directiva de esta asociación italiana, secundado por el contador Cayetano de Briganti y el fotógrafo César La Corte, ambos masones. Al colocarse la piedra fundamental de la sede social de la institución, fue designado padrino de honor.
[6]«La Acacia», año III, n.º 1, Buenos Aires, 1 de febrero de 1882, pág. 32.
[7]Ibidem, año III, n.º 17, Buenos Aires, 1 de diciembre de 1882, pág. 219.
[8]VITA, opera omnia, pág. 559.
[9]«La Defensa», año I, n.º 102, 9 de Julio, 26 de junio de 1887, pág. 2.
[10]ENRIQUE GERMÁN HERZ, Pellegrini, ayer y hoy, Buenos Aires, Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, 1996, pág. 361.
[11]VITA, opera omnia, pág. 574.
[12]HÉCTOR JOSÉ IACONIS, «Memoria y modernidad: de la primera vivienda con luz eléctrica al origen de un edificio que ilumina la cultura», en Diario El 9 de Julio, 25 de octubre de 2025, disponible en: https://www.diarioel9dejulio.com.ar/noticia/189154.
[13]No se menciona, en el acta de esa sesión, la presencia de Alejandro de la Plaza ni de Martín Errecalde, también integrantes del cuerpo.
[14]Archivo y Museo Histórico «Gral. Julio de Vedia», Área Archivística, 9 de Julio, Archivo Histórico, Libro de Actas del H.C.D. n.º 1, folio 362. Cfr. Archivo de la Asesoría Letrada de la Municipalidad de 9 de Julio, Libro de Ordenanzas y Decretos n.º 1, folio 157.
[15]Ibidem, folio 363.
[16]Alejandro Muzio, presidente del H.C.D., al Intendente Municipal, 9 de Julio, 17 de septiembre de 1892, Archivo y Museo Histórico «Gral. Julio de Vedia», Archivo Histórico, carpeta «C. Deliberante», 1891-1899, folio 30 v.
[17]VITA, opera omnia, pág. 833.
[18]En este cargo lo sorprendió la revolución de 1893, cuya intervención nacional lo obligó a renunciar; desde entonces no volvió a la función pública.
[19]Caras y Caretas, Buenos Aires, n.º 562, 10 de julio de 1909.


