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Nueve de Julio
sábado, junio 6, 2026

Arte, memoria y patrimonio: numerosos vecinos participaron del itinerario histórico por el cementerio de 9 de Julio

En la tarde de hoy, sábado, tuvo lugar el itinerario histórico por el cementerio de 9 de Julio, bajo el lema “Arte, memoria y patrimonio”. La actividad convocó a una concurrencia notable de vecinos que recorrieron junto al historiador Héctor José Iaconis los rincones más significativos de una necrópolis que guarda, en piedra y silencio, buena parte de la identidad nuevejuliense.

UN ESPACIO DE ENCUENTRO COMUNITARIO

Lo que podría haber sido una visita de público reducido se transformó, desde los primeros minutos, en un recorrido con una participación que superó las expectativas habituales de este tipo de actividades culturales. Las imágenes de ese grupo moviéndose pausadamente entre mausoleos y nicheras, deteniéndose a escuchar, a mirar y a preguntar, constituyó en sí misma una declaración sobre el valor que  vecinos de la comunidad le asignan a su propia historia.

EL ORIGEN DE UNA NECRÓPOLIS

El recorrido se inició en la primera entrada del antiguo cementerio, inaugurado en 1873, y desde allí desplegó una narrativa que se remonta a los propios orígenes de la ciudad. Según los datos históricos que orientaron la visita, el primer enterratorio de 9 de Julio se situó a escasos trescientos  metros del barrio fundacional, cerca de la actual esquina de Arturo Frondizi y Avenida Bartolomé Mitre, y albergó principalmente a los primeros pobladores y a los integrantes del contingente militar. Un segundo cementerio fue habilitado entre 1866 y 1867, cuando el coronel Nicolás Granada dispuso un nuevo terreno en la quinta 40 (hoy delimitada por las calles Hipólito Yrigoyen, Sarmiento, Vedia y Avellaneda), predio que fue bendecido en 1867 por el presbítero Luis Leonetti.

 

EL TRASLADO DE 1873

Hacia mediados de 1873, las aspiraciones de progreso urbano y el trazado de las vías del ferrocarril hicieron imperioso trasladar la necrópolis a su emplazamiento definitivo. La Corporación Municipal encargó las obras de albañilería al constructor Juan Rumi. Ambos cementerios funcionaron en paralelo entre 1873 y 1879, hasta el cese total del antiguo predio; en 1882 se intimó a la exhumación definitiva para evitar los problemas sanitarios provocados por la fauna autóctona.

En 1887, el agrimensor Thamm confeccionó el plano de división, delineamiento y amojonamiento del nuevo cementerio, contribuyendo a ordenar la disposición de los enterramientos. En 1910 se dispuso la ampliación del recinto hacia las vías del ferrocarril, y en 1911 los lotes para la construcción de los panteones enfrentados al peristilo fueron vendidos en remate público.

VOCES DESDE LOS SEPULCROS

Una de las notas más singulares de este itinerario consistió en la lectura de algunos documentos originales ante cada uno de los monumentos visitados. En el mausoleo de Eduardo Moledo, se leyó un fragmento del discurso fúnebre pronunciado por Virginio P. García, presidente de la Sociedad La Kardeciana, el 3 de mayo de 1930, en el que describió a Moledo como “un bálsamo fecundo”  que “desparramaba gotas de benéfico rocío sobre las almas deseosas de aprender y amar”.

Ante el sepulcro del capitán Mariano Martínez, declarado Monumento Histórico, se leyó la nota que el comandante Fortunato Solano elevara al Ministerio de Guerra desde el Campamento en Loncagüe el 12 de abril de 1869, solicitando la baja del oficial con una franqueza que no excluyó la dureza.

EL LENGUAJE DE LOS SÍMBOLOS

El sector antiguo del cementerio constituyó, a lo largo del recorrido, una auténtica muestra de arquitectura ecléctica y simbología hermética. Las columnas truncadas, las clepsidras aladas y las antorchas invertidas fueron leídas como signos de un lenguaje que habla de vidas interrumpidas, del fluir inexorable del tiempo y del alma en tránsito hacia otra existencia, como parte de la simbología existente en el  lugar. El itinerario propuso así una lectura de la muerte que es, al mismo tiempo, una lectura de la vida.

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