Por Héctor José Iaconis.

– Hoy: El deporte como expresión de una comunidad –
El fútbol, más que un deporte, constituyó en 9 de Julio, como en tantas otras comunidades del territorio nacional, un lenguaje social compartido, una forma de pertenencia y una escuela informal de valores. En su desarrollo, durante las décadas centrales del siglo XX, podemos observar con claridad la transición desde prácticas espontáneas hacia formas más institucionalizadas, sin que ello implicara la pérdida de su carácter identitario.
Los potreros, ubicados en terrenos baldíos o espacios periféricos, fueron el escenario inicial de esta práctica. En ellos, niños y jóvenes aprendían las reglas del juego de manera empírica, desarrollando habilidades técnicas en condiciones que exigían adaptación constante. La irregularidad del terreno, la ausencia de equipamiento formal y la improvisación de los arcos no constituían obstáculos, sino estímulos para la creatividad.
En este contexto, el fútbol se organizaba en torno a códigos propios. La lógica del juego privilegiaba el avance directo, el remate al arco y la destreza individual. El pase hacia atrás, por ejemplo, era percibido negativamente, como una falta de audacia. Estas concepciones reflejaban una ética del juego donde el coraje y la iniciativa ocupaban un lugar central.
La consolidación de clubes como el Club Atlético “9 de Julio”, el Club Atlético “San Martín”, el Club “Libertad” o el Club Atlético “Agustín Álvarez” marcó un punto de inflexión. Estas instituciones no solo organizaron la práctica deportiva, sino que también estructuraron la vida social de amplios sectores de la comunidad. En ellas se forjaron identidades, rivalidades y tradiciones que perduran en la memoria colectiva.
En 1926, hace un siglo, existían en 9 de Julio varios clubes deportivos. Además del Atlético “9 de Julio” y de “Libertad”, que aún siguen escribiendo su historia centenaria, se encontraban activos “Independiente” (local), “Misterio”, “Racing” (local), “Nacional”, “Cultura Física”, “Colegio Cavallari”, “Unión de Football y “Huracán” (local), entre otros.
El uso de sobrenombres, frecuente entre jugadores y aficionados, constituyó un elemento distintivo. Estos apelativos, muchas veces ligados a características físicas o rasgos de personalidad, funcionaban como marcas de identidad dentro del grupo. Su persistencia en el tiempo evidenció su importancia.
La introducción de jugadores provenientes de otras localidades, en algunas ocasiones generó tensiones. Si bien aportaban habilidades técnicas, su vínculo con la institución carecía, en algunos casos, de la intensidad emocional de quienes habían crecido en ella. No obstante, la mayoría de los jugadores foráneos será recordaron con respeto, admiración y estimación.
El fútbol amateur de la época se caracterizaba por su intensidad y por la cercanía entre jugadores y público. Los partidos no eran espectáculos distantes, sino experiencias compartidas, donde la participación emocional de los espectadores resultaba determinante. Más allá de la dimensión física, el deporte contribuía a la formación integral de los individuos.
El boxeo, el ciclismo y el automovilismo
Aunque el fútbol ocupaba un lugar predominante, otras disciplinas deportivas tuvieron un desarrollo significativo en la ciudad, contribuyendo a diversificar el panorama y a ampliar las formas de participación.
El boxeo, por ejemplo, alcanzó un nivel destacado, con figuras que lograron reconocimiento a nivel nacional. Su práctica exigía disciplina, entrenamiento y una fuerte determinación, cualidades que eran valoradas tanto dentro como fuera del ring. Los combates constituían eventos de gran convocatoria, donde el público seguía con intensidad cada enfrentamiento.
Un hecho histórico en la práctica pugilística local se verificó el 21 de septiembre de 1938, cuando Isaías González se consagró campeón argentino en su categoría. Manuel Tejeiro, con solo dieciocho años, acumuló 40 combates con 36 triunfos, 2 empates y 2 derrotas.
El ciclismo, por su parte, ofrecía una imagen distinta del esfuerzo físico. Las pruebas de resistencia, desarrolladas en circuitos urbanos o en recorridos extensos, ponían a prueba la capacidad de los participantes para sostener el esfuerzo durante largas horas. Este tipo de competencia generaba admiración y respeto, consolidando la figura del deportista como ejemplo de perseverancia.
En el campo del deporte a pedal, el 12 de enero de 1951, José Alegre superó el récord sudamericano de permanencia en bicicleta, pedaleando 85 horas y 45 minutos alrededor del perímetro de la Plaza “General Belgrano” bajo la dirección del profesor Osvaldo Raggio y el control médico del doctor Juan Ángel Maldonado.
El automovilismo introdujo una dimensión tecnológica en el campo deportivo. Las carreras, organizadas con el apoyo de instituciones locales como el “9 de Julio Automóvil Club”, combinaban velocidad, destreza y conocimiento mecánico. La participación de figuras reconocidas a nivel nacional otorgaba a estos eventos un carácter excepcional.
El automovilismo en la ciudad de 9 de Julio posee una trayectoria cuya cristalización más acabada puede situarse, con precisión cronológica, el 30 de agosto de 1959, fecha en la cual tuvo lugar la Primera Vuelta de Turismo de Carretera. La competencia alcanzó una recaudación de 80.000 pesos durante las instancias clasificatorias, cifra que, para el contexto, constituyó el mayor ingreso registrado en espectáculos públicos hasta ese momento, lo cual evidencia no sólo la pregnancia social del automovilismo, sino también su capacidad de convocatoria y arraigo comunitario. La victoria correspondió a Juan Gálvez, figura paradigmática del Turismo de Carretera, cuya performance ratificó su primacía en el ámbito nacional.
Finalmente, en 1981, la ciudad de 9 de Julio fue escenario de un acontecimiento de singular relevancia simbólica: la visita de Juan Manuel Fangio con motivo de la conmemoración de sus 70 años. Tal efeméride adquirió ribetes memorables durante la cena homenaje celebrada en el Centro de Empleados de Comercio, organizada por el “9 de Julio Automóvil Club”, entonces presidido por Héctor Vaira, instancia que congregó a destacadas personalidades y consolidó, en el plano ritual, la gravitación del automovilismo
La presencia de talleres mecánicos y de especialistas en el mantenimiento de vehículos revela la existencia de un saber técnico asociado al deporte. Este conocimiento, transmitido de generación en generación, formaba parte del capital cultural de la comunidad.
La diversidad de disciplinas evidencia que el deporte no puede ser reducido a una única práctica. Constituye, en realidad, un campo complejo donde se articulan distintas formas de experiencia, cada una con sus propios valores y significados.

Los viajantes y los oficios de otro tiempo
El análisis de la vida social y económica de 9 de Julio no estaría completo sin considerar la figura de los viajantes, representantes de un sistema comercial que dependía en gran medida de la presencia física y del contacto directo.
Estos trabajadores recorrían amplias zonas geográficas, al principio valiéndose del tren, visitando comercios y estableciendo relaciones personales que resultaban fundamentales para el funcionamiento del mercado. Su labor requería habilidades específicas, tales como capacidad de negociación, conocimiento de los productos y adaptabilidad a distintos contextos, entre otras.
La ciudad, dotada de infraestructura adecuada, se convirtió en un punto de referencia para estos actores. Hoteles como el “Plaza”, el “Gaspar”, el “Central”, el “Sarmiento”, entre otros, ofrecían alojamiento y espacios de encuentro donde los viajantes compartían experiencias, intercambiaban información y fortalecían vínculos.
La limitada disponibilidad de líneas telefónicas, la lentitud de la correspondencia y la dependencia del transporte ferroviario hacían que la intermediación personal resultara indispensable. En este sentido, el viajante era mucho más que un agente comercial.
La progresiva modernización de los sistemas de comunicación y transporte condujo a la reconfiguración de este oficio en su forma tradicional. Sin embargo, su recuerdo permanece como testimonio de una etapa en la que las relaciones económicas estaban profundamente vinculadas a la interacción humana.
Los oficios vinculados a la distribución y circulación de bienes materiales constituyen un capítulo digno de particular exégesis dentro de la historia social de 9 de Julio. En este contexto, la figura del canillita, don Félix Rojo adquiere singular relevancia: iniciado en la distribución de los periódicos “La Prensa” y “La Nación” a la edad de catorce años, desarrolló una actividad que se prolongó durante cincuenta y ocho años, hasta erigirse en una verdadera institución viviente del periodismo urbano nuevejuliense, cuya presencia devino, por reiteración y constancia, en signo identitario de nuestra comunidad.
A su vera, y en una suerte de constelación de personajes que encarnan prácticas hoy en vías de extinción, se destacaba el vendedor de billetes, don Moisés Charbel, figura de rasgos casi taumatúrgicos en el imaginario popular, quien sostenía, no sin cierta impronta de saberes paracientíficos o creencias de raigambre empírica, que su sola presencia poseía virtudes curativas contra el empacho. También el señor Melo, que vendía billetes y era una figura reconocible por su clásico atiendo de saco, corbata y sombrero. Asimismo, el señor Cruz, dedicado a la distribución de poemas y décimas de su autoría a cambio de unas monedas, representaba una manifestación híbrida entre oralidad poética y economía de subsistencia, donde la lírica popular se entrelazaba con las formas más precarias del intercambio.
En conjunto, estos retratos configuran una suerte de galería tipológica, en tanto constituyeron testimonios vivientes de un entramado sociocultural que vertebró, en su cotidianeidad más modesta, la vida de la comunidad nuevejuliense.
Palabras finales
El recorrido realizado a lo largo de estas notas nos permite afirmar que la historia de una ciudad no se agota en la enumeración de hechos relevantes ni en la descripción de sus instituciones. Se construye, fundamentalmente, a partir de las experiencias de quienes la habitan, de sus prácticas cotidianas y de las formas en que estas son recordadas y transmitidas.
La memoria, en este sentido, no es un mero depósito de información, sino un proceso activo de interpretación. Cada generación selecciona, organiza y resignifica los elementos del pasado, otorgándoles nuevos sentidos en función de sus propias necesidades.
Recuperar la historia local constituye, por lo tanto, un acto sustancial. Permite reconocer la diversidad de experiencias que conforman una comunidad y valorar aportes que, de otro modo, podrían quedar relegados. «Sine ira et studio», como afirmara Tácito, el trabajo histórico exige una mirada equilibrada, capaz de comprender sin distorsionar.
La ciudad de 9 de Julio ofrece un ejemplo claro de cómo las prácticas cotidianas, el paseo, el baile, el comercio, el deporte, contribuyen a la construcción de una identidad compartida. Estas actividades, en apariencia simples, adquieren profundidad cuando se las analiza en su contexto, revelando estructuras sociales, valores y formas de organización.
El recuerdo de personajes, oficios y situaciones que hoy han desaparecido no responde únicamente a una nostalgia del pasado. Constituye una forma de reconocer la continuidad histórica y de situarse en una tradición.
En última instancia, la historia local permite comprender que toda comunidad es el resultado de un proceso acumulativo, donde cada generación deja su huella. Conocer ese proceso no solo enriquece la comprensión del presente, sino que también ofrece herramientas para pensar el futuro.
Frente a esa fugacidad, el estudio de la historia local se presenta como una forma de permanencia, un modo de preservar aquello que, de otro modo, se perdería irremediablemente.


