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Nueve de Julio
martes, abril 14, 2026

9 de Julio, recuerdos de ayer

Memoria colectiva, cultura popular e identidad local en el siglo XX

Por Héctor José Iaconis.

– Hoy: Las formas de la sociabilidad. El paseo, los bailes y los concursos de cantores

Entre las múltiples prácticas que estructuraron la vida social de 9 de Julio durante el siglo XX, pocas alcanzaron el grado de regularidad, intensidad y significado de la denominada “vuelta del perro”. Lejos de tratarse de una simple costumbre recreativa, este ritual urbano condensaba una compleja red de funciones sociales, simbólicas y afectivas.
El paseo se desarrollaba principalmente en el centro de la ciudad, con eje en la calle Mitre y sus intersecciones más concurridas, particularmente la calle Libertad. Décadas atrás, cuando la banda municipal ejecutaba sus acordes en la Plaza “General Belgrano”, el “paseo” incluía con predilección los senderos internos de la misma, sus veredas embaldosadas y las diagonales internas y en derredor de la fuente ornamental.
El momento de mayor vitalidad de la “vuelta del perro”, puede decirse, coincidió con las tardes y noches de los fines de semana, en particular los domingos, cuando la concurrencia alcanzaba su punto máximo. No era un fenómeno espontáneo en el sentido estricto, sino una práctica social tácitamente regulada, con códigos implícitos que los participantes conocían y respetaban.
El recorrido, repetido una y otra vez, tenía algo de coreografía colectiva. Los participantes avanzaban en direcciones opuestas, generando un flujo constante que favorecía el cruce de miradas, los saludos y los intercambios breves. La reiteración no era redundante: cada vuelta ofrecía nuevas posibilidades de encuentro. En este sentido, puede afirmarse que el paseo funcionaba como un dispositivo de visibilidad social.
La presentación personal adquiría una importancia central. Los asistentes elegían cuidadosamente su vestimenta, procurando ajustarse a los cánones de elegancia vigentes. En las mujeres, los peinados elaborados y los detalles estéticos evidenciaban horas de preparación; en los hombres, el uso de brillantina y el cuidado del atuendo respondían a una lógica similar. No se trataba de mera vanidad, sino de una forma de inscripción en el espacio público.
¡Cuántas horas sabatinas dedicaban las jóvenes en las peluquerías más conocidas de ese tiempo! Recordamos, entre tantas, a las de las hermanas Puelles, en la avenida Mitre casi Hipólito Yrigoyen.
El paseo cumplía, además, una función comunicativa. Era un ámbito privilegiado para la circulación de información, tales como noticias locales, comentarios sobre acontecimientos recientes y evaluaciones sociales. En ausencia de medios de comunicación inmediatos (el uso moderno del teléfono celular habría echado por tierra la dinámica de la “vuelta del perro”), este tipo de interacción directa resultaba fundamental para la cohesión comunitaria.
Sin embargo, su dimensión más reveladora residía en el terreno de las relaciones interpersonales, especialmente entre jóvenes. El intercambio de miradas, los gestos sutiles y las aproximaciones graduales constituían un lenguaje propio, cargado de matices. En ese contexto, muchas relaciones afectivas tuvieron su origen.
El paseo no puede comprenderse sin considerar su entorno. Las vidrieras iluminadas, los cafés y el cine, por citar algunos, contribuían a crear una atmósfera particular. Los grandes y bien preparados escaparates de las tiendas “Blanco y Negro”, «La Razón», «Galver», «Ismarín», «Galli», «Canelli», «La Americana»; la confitería y bombonería «Nora”, el «Bazar El Inca», el «Hotel San Martín», el «Bar Americano” de “Chiche” Benaros, la sombrerería de Bettoli, los helados «Frisco», el “Ciro´s Bar” y, desde luego, el propio Teatro Rossini, con su amplio hall luminoso, constituían el marco visual de ese recorrido.
Aunque fuera de la “vuelta del perro”, un poco más adelante, cruzando la avenida General Vedia, el bar «Alhambra», se preparaba en torno a la medianoche para convertirse en confitería que prolongaba la jornada hasta bien entrada la madrugada, añadiendo así un eslabón más a esa cadena de espacios y tiempos que articulaban la vida social del centro.
Cuando la banda musical ya pasaba a ser un recuerdo, fueron las propaladoras por red, «Splendid» y «El Imparcial», las que por sistemas de altoparlantes, emitían la música que completaba el cuadro de la “vuelta del perro”, otorgándole al conjunto un carácter casi escénico.
Con el paso del tiempo, esta práctica fue perdiendo intensidad, desplazada por nuevas formas. Sin embargo, su recuerdo persiste con fuerza en la memoria de muchos vecinos de nuestra comunidad, como símbolo de una época en la que el espacio público ocupaba un lugar central en la vida social y para la interacción de las personas, en una época en que las redes sociales y las nuevas tecnologías era inimaginables.

Los bailes: elegancia y ritual

Si el “paseo” o “vuelta del perro” representaba la sociabilidad diurna o vespertina, los bailes constituían su prolongación nocturna, en un registro distinto pero complementario. En ellos, la interacción adquiría una dimensión más estructurada, regida por normas explícitas e implícitas que definían comportamientos, jerarquías y posibilidades de relación.
Una particularidad notable de 9 de Julio era la concentración de los bailes en la jornada dominical. Este rasgo, que podría parecer anecdótico, revela una organización temporal específica de la vida social. Mientras que en otras localidades los sábados ocupaban ese lugar, aquí el domingo se consolidó como el día por excelencia para la reunión bailable.
Los espacios destinados a estos eventos eran diversos: clubes, salones, e incluso calles especialmente acondicionadas para la ocasión. Instituciones como el Club Atlético “9 de Julio”, el Club Atlético “San Martín” o el Centro de Empleados de Comercio desempeñaron un papel central en la organización de estas actividades. Cada uno de estos ámbitos tenía su propio estilo, su público habitual y sus códigos particulares.
En determinadas ocasiones, se procedía al cierre de calles con el objeto de disponer de una mayor amplitud para el desarrollo de los encuentros. Así, en el año 1947, frente al Club Atlético “San Martín”, se llevó a cabo una velada en la que actuó el reconocido cantor Alberto Marino, quien por entonces gozaba de amplia popularidad.

Orquesta de músicos locales, en 1960, ameniza un baile en el «Plaza Hotel».
Baile de Carnaval en el Club Atlético «9 de Julio.

En otra oportunidad, la avenida General Vedia fue escenario de una presentación de la orquesta dirigida por Osvaldo Pugliese, acompañado por sus cantores Morán y Cobos, en un acontecimiento que evidencia la jerarquía artística alcanzada por este tipo de eventos en el ámbito local.
Por su parte, el Club “Libertad” organizó numerosos bailes en una sede ubicada en la avenida General Vedia entre La Rioja y Cavallari, originalmente destinada a la práctica de básquet y conocida como “Golden Park”. En dicho espacio se presentó Argentino Ledesma, cuya actuación quedó asociada a un accidente singular. Mientras interpretaba su repertorio, un insecto, atraído por la intensa iluminación de una gran lámpara cercana, ingresó en la boca del cantor. El episodio, lejos de empañar la velada, fue recordado como una curiosidad y quedó en el anecdotario.
El baile implicaba una preparación previa que excedía lo individual. La elección del atuendo, el cuidado de la apariencia y la expectativa del encuentro formaban parte de un proceso que comenzaba mucho antes del inicio del evento. La llegada al salón, la ubicación en las mesas y la observación del entorno constituían momentos clave en la dinámica social.
Uno de los elementos más característicos era el llamado “cabeceo”. Este mecanismo, basado en el cruce de miradas y en un gesto sutil de invitación, permitía iniciar el baile sin necesidad de una aproximación directa. Su eficacia residía en su discreción, pues evitaba situaciones incómodas y preservaba la dignidad de los participantes. Este código, aparentemente simple, refleja una compleja regulación de las interacciones.
La música, interpretada generalmente por orquestas en vivo o, en algunos casos, reproducida mediante sistemas técnicos, definía el ritmo de la velada. Tangos, valses, también jazz, blues, swing, fox, foxtrot y otros géneros más modernos como el Rock & Roll, el pop, el twist componían un repertorio que respondía tanto a modas como a tradiciones. La presencia de artistas reconocidos otorgaba a ciertos eventos un carácter excepcional, atrayendo a un público más amplio.
El baile no era solo un espacio de entretenimiento. Funcionaba como un componente de integración social, donde distintos sectores de la comunidad podían interactuar en condiciones relativamente igualitarias. Aunque, cabe destacarlos, no todo el público era cordialmente recibido en todos los espacios. Siempre existieron sesgos de elitismo que, para mal, configuraban también la identidad nuevejuliense.
La elegancia del baile no radicaba únicamente en la destreza técnica, sino en la capacidad de sostener una conducta adecuada en un entorno cargado de expectativas.

Los concursos de cantores: cultura popular y participación comunitaria

Dentro del amplio espectro de prácticas culturales, los concursos de cantores ocuparon un lugar singular. Su importancia no reside únicamente en la dimensión artística, sino en su carácter participativo y en su capacidad para movilizar a la comunidad.
Estos concursos se desarrollaban en distintos escenarios, desde carpas de circo hasta esquinas de la ciudad o salas teatrales. La diversidad de espacios reflejaba la flexibilidad de la práctica, que podía adaptarse a diferentes contextos sin perder su esencia.
El mecanismo de evaluación era, en muchos casos, directo e inmediato. El público actuaba como jurado, expresando su aprobación o rechazo mediante el aplauso. Este sistema, lejos de ser rudimentario, garantizaba una conexión estrecha entre el intérprete y la audiencia. La legitimidad no provenía de una instancia externa, sino de la respuesta colectiva.
Los participantes provenían de distintos ámbitos sociales y laborales. Esta heterogeneidad contribuía a generar un clima de cercanía, donde la figura del artista no se distanciaba del resto de la comunidad. El escenario se convertía así en un espacio de democratización cultural.
Más allá de la competencia, estos eventos cumplían una función integradora. Reunían a vecinos de distintas edades y procedencias, generando un sentido de pertenencia compartido. En ellos se ponían en juego no solo habilidades musicales, sino también identidades, trayectorias y formas de expresión.
La figura del animador o maestro de ceremonias resultaba fundamental para el desarrollo del espectáculo. Su capacidad para sostener el ritmo, interactuar con el público y dar lugar a los participantes definía en gran medida el éxito del evento. En este sentido, su rol puede ser comparado con el de un mediador cultural.
Estos concursos también evidencian la persistencia de una tradición oral, en la que la música y la poesía se transmiten y recrean en contextos comunitarios. La autenticidad de las interpretaciones residía, en gran medida, en la conexión emocional con el público.
Con el tiempo, estas prácticas fueron cediendo terreno frente a formas más institucionalizadas de producción cultural. Sin embargo,  hoy lo traemos como testimonio de una época en la que la participación directa constituía el núcleo de la experiencia artística.

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