Por Héctor José Iaconis.

El año 1926 constituye un hito singular en la historia cultural de la ciudad de 9 de Julio. En el transcurso de apenas seis meses, la actividad cinematográfica local experimentó una transformación profunda: cambió de manos la gestión del cinema que funcionaba en el Teatro Rossini y emergió un nuevo establecimiento dedicado exclusivamente a la proyección fílmica. Así, la comunidad nuevejuliense asistió al surgimiento de una sala que, a su manera y a su escala, participaba de la vertiginosa expansión del cine mudo.
Durante al menos tres años anteriores a 1926, la actividad cinematográfica en 9 de Julio estuvo centralizada en el Teatro Rossini, cuya propiedad correspondía a la Sociedad Italiana “Amicizia e Lavoro” (“Amistad y Trabajo”). Las funciones de cine fueron concesionadas a la empresa Max Glucksmann, firma porteña de reconocida trayectoria en la distribución y exhibición cinematográfica a escala nacional. Este vínculo contractual, sin embargo, tenía sus límites temporales, y hacia finales de 1925 comenzó a vislumbrarse su extinción.
EL INICIO DE UNA NUEVA ETAPA
El 27 de febrero de 1926, la Sociedad Italiana Amicizia e Lavoro asumió formalmente la explotación directa del Teatro Rossini, poniendo fin al contrato de concesión que había sostenido con la empresa Max Glucksmann durante tres años. La decisión, adoptada en asamblea de la entidad propietaria, implicaba prescindir de intermediarios y asumir la gestión cinematográfica con recursos y criterios propios.
La prensa de la época se ocupó de ilustrar con claridad el contexto de esa transición. Un suelto, publicado tras consumarse el cambio, ponderaba las perspectivas de la nueva gestión, señalando que la Sociedad traería los mejores programas cinematográficos eligiendo las más reconocidas casas surtidoras de películas, y que facilitaría además la actuación de compañías teatrales y conjuntos artísticos. Asimismo, destacaba que que el público nuevejuliense sabía responder con entusiasmo cuando se le ofrecían programas de calidad, y que su alejamiento de la sala había estado motivado, en ocasiones, por la presentación de material fílmico de escaso mérito.
La primera película proyectada bajo la nueva administración de la Sociedad Italiana fue La Dama Pintada, producción dramática estadounidense de 1924, dirigida por Chester Bennett y protagonizada por George O’Brien, Dorothy Mackaill, Harry T. Morey, Lucille Hutton, Lucille Ricksen y Margaret McWade. La elección del título no parece casual: se trataba de una producción relativamente reciente, con un elenco de nombres reconocibles para el público aficionado al cine mudo, lo que sugería la intención de inaugurar la nueva etapa con un gesto de distinción hacia los espectadores.
El periódico “El Pueblo”, en su edición del miércoles 21 de abril de 1926, daba cuenta del nuevo esquema de funcionamiento que, la Comisión Administradora del Cine Social, había resuelto implementar para la temporada en curso. La nota describía la reorganización de las funciones semanales: los miércoles se reservaban para grandes estrenos de las casas productoras más reconocidas; los jueves, para funciones populares con precios reducidos y los domingos, para sesiones diferenciadas según el público, incluyendo funciones infantiles y de “vermouth”. La grilla de estrenos anunciada comprendía títulos de las distribuidoras Paramount y Fox, lo que evidencia que el Teatro Rossini mantenía vínculos con los principales circuitos de distribución internacional, aun bajo la nueva gestión directa de la Sociedad Italiana.

LA EMPRESA MAX GLUCKSMANN Y UNA NUEVA APUESTA LOCAL
Lejos de retirarse del mercado cinematográfico nuevejuliense, la empresa Max Glucksmann respondió a la pérdida del Rossini con una iniciativa que revelaría su capacidad empresarial y su conocimiento del medio local. A comienzos de marzo de 1926, comenzó a instalar un nuevo cine en un local ubicado en la esquina de las calles La Rioja y Vedia, con el claro propósito de mantener presencia en la ciudad y competir en el incipiente mercado de la exhibición fílmica local.
LA INAUGURACIÓN DEL CINE “9 DE JULIO”
El 24 de junio de 1926 fue inaugurado en la calle La Rioja, entre Libertad y la avenida General Vedia, el Cine “9 de Julio”, nuevo establecimiento de proyección fílmica que marcó un punto de inflexión en la vida cultural de la ciudad. La función inaugural no fue un evento ordinario, ya que se celebró a beneficio de la Sociedad Protectora de los Pobres (entidad que se hallaba a cargo del Hospital), lo que le confirió un carácter cívico y solidario que reforzaba su relevancia pública.
La película elegida para abrir el nuevo cine fue “El Fantasma de la Ópera”, título estadounidense de 1925 dirigido por Rupert Julian y protagonizado por Lon Chaney. La elección del film resultaba apropiada para una velada inaugural, pues se trataba de una de las producciones más comentadas del año anterior, protagonizada por uno de los intérpretes más celebrados del cine mudo.
El periódico EL 9 DE JULIO, al describir las características del Cine «9 de Julio», en una nota periódica publicada tras la velada inaugural, comenta que «el número de butacas es de 500, lo que nos dará una idea exacta de la gran capacidad del salón»; asimismo, alega que «tanto la calefacción eléctrica como la ventilación han sido meticulosamente cuidadas».
Por su parte, el periódico «El Pueblo», en su edición del 26 de junio de 1926, afirma que «el numeroso público que hizo acto de presencia en esa función, recogió del nuevo cine impresiones satisfactorias y halagüeñas; elogiando la buena disposición y ornamentación del mismo, instalado a la altura de los mejores y más modernos de la Capital».
«También agradó – prosigue la nota de «El Pueblo»- la orquesta en sus ejecuciones y la película proyectada. Es de esperar pues, que este adelanto a favor del público nuevejuliense encuentre campo de acción en sus empresarios, quienes nos manifiestan que tienen el mejor propósito de colmar las exigencias del público».

GESTIÓN ARTÍSTICA Y REDES DE DISTRIBUCIÓN
La dirección artística del nuevo Cine “9 de Julio” fue confiada, en sus comienzos, a la empresa “Mundial Films”, mientras que la administración quedó a cargo de Gómez y Cornador. “Mundial Films” fue una firma fundada en 1920 por Alejandro Gómez y Adolfo Croce, que actuaba como representante en la Argentina del sello “Universal”. Su relación con esa compañía garantizaba al nuevo cine el acceso a un catálogo de producciones de primer nivel, posicionándolo desde el inicio como un cinema con proyección comercial seria y sostenida.
La presencia de “Mundial Films” en 9 de Julio no era un hecho aislado, pues reflejaba la lógica de expansión de las redes de distribución cinematográfica desde Buenos Aires hacia el interior del país. Este proceso, que habría cobrado impulso a lo largo de la primera mitad de la década de 1920, encontraba en ciudades como 9 de Julio un mercado receptivo y en crecimiento.
PALABRAS FINALES
En el transcurso de apenas cuatro meses, febrero y junio de 1926, la ciudad de 9 de Julio vivió una transformación en su paisaje cultural. La Sociedad Italiana asumió el control directo del Teatro Rossini, la empresa Max Glucksmann anunciaba la instalación de un cine propio y, por otro lado, era inaugurada una nueva sala.
Cien años después, estos hechos nos ilustran el modo en que la modernidad cultural llegaba a la ciudad, a través de redes de distribución, de contratos de concesión, de iniciativas comunitarias y de veladas inaugurales que reunían a la sociedad en torno a una pantalla. El cine, en 9 de Julio, no fue simplemente un entretenimiento, fue también un espejo en el que una ciudad aún en formación buscaba reconocerse y proyectarse.


