28 febrero 2020

Agradecer, cambiar y soñar

Celebrar el fin de año, es también una fiesta religiosa. Esto no solo por culminar la así llamada octava de navidad, y comenzar el primero de enero consagrando nuestro nuevo año a la Santísima Virgen, Madre de Dios, sino también porque la percepción del tiempo de la persona religiosa no es una vivencia monótona y homogénea sino una experiencia única e irrepetible que nos ofrece Dios para salvarnos. Dios entra en el tiempo y lo transforma en historia de la salvación. Por ello, acercarnos al fin de año nos llama a hacer un balance del año que culmina. A veces, el cansancio puede llevarnos a no tener una perspectiva suficiente para hacer un examen objetivo sobre el mismo, podemos correr el peligro de juzgarlo todo desde los últimos acontecimientos vividos. Por esta razón es conveniente, detenernos un poco, hacer silencio en nuestro corazón y ante la presencia de Dios poder hacer memoria del año transcurrido ante la mirada misericordiosa de Jesús. Es por eso que es conveniente que en estos días los creyentes nos acerquemos más a Dios para dar gracias, pedir perdón y proponernos mejorar en el nuevo año que Dios nos regala. Les propongo entonces: agradecer, cambiar y soñar.
1) AGRADECER: En primer lugar agradecer. Ser agradecidos con el Señor por todos los beneficios que hemos recibido a lo largo de este 2016. Como Iglesia sobre todo las gracias recibidas en el año de la misericordia, pero también a nivel personal. A veces, puede haber acontecimientos muy importantes como el nacimiento de un hijo, haber logrado un paso significativo en los proyectos personales o familiares: haberse recibido en los estudios, tener una nueva casa, haber dado un paso importante en la vida profesional o de trabajo.Otras veces, se trata de dones que vivimos cotidianamente y que no valoramos suficientemente como: la salud, el amor de las personas que me rodean, los amigos y tantas otras realidades que tal vez nunca las logramos valorar suficientemente hasta que tenemos la experiencia de perderlas.Por último, hay veces que hemos tenido hechos dolorosos como la pérdida de un ser querido, una enfermedad que irrumpe inesperadamente en nuestra vida, un fracaso o una pérdida grave en el trabajo, o tantos otros hechos dolorosos.Como afirmaba el Cardenal Newman: “todo lo que acontece es adorable”. En efecto, detrás de cada acontecimiento vivido está la mano providente de Dios, nuestro Padre, que todo lo ordena para el bien de sus hijos. Tal es la omnipotencia de Dios que hasta el mayor mal, la muerte de su Hijo Jesucristo en la cruz, la vuelve el mayor bien: la redención de la humanidad toda.
2) CAMBIAR: Es tiempo también para rectificar el camino, si juzgamos que nos hemos equivocado. Es un tiempo propicio para cambiar, para empezar de nuevo en todas aquellas cosas que no andan bien en nuestras vidas. Que bueno es ver el próximo año como una verdadera oportunidad para volver a empezar. Se trata de procurar estar en un estado constante de conversión. Tener la humildad para reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de corazón, pedir perdón a Dios y a aquellos a quienes hemos hecho algún mal y tratar de repararlo. Debemos tener claro en qué aspectos de nuestra vida debemos mejorar y ponernos objetivos claros para el nuevo año.
3) SOÑAR: El comenzar un nuevo año es tiempo de esperanza. Es tiempo para proyectar y para soñar.Sólo estaremos más viejos el próximo año si ya no tenemos expectativas y deseos de mejorar. En efecto, tal como decía Aristóteles la esperanza es la virtud propia de los jóvenes, sólo los viejos ya no miran más hacia delante. Por eso no importa la edad que tengamos, lo que importa para mantener la juventud espiritual es tener siempre vivo el deseo de ser mejores, apoyándonos no sólo en nuestras propias fuerzas sino en la gracia de Dios.Que con esta disposición podamos acercarnos al fin de año y comenzar felices el nuevo año que Dios nos regala.

Obispo de la Diócesis de Santo Domingo
en Nueve de Julio
Monseñor Ariel Torrado Mosconi

obispo30-12

 

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