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26 septiembre 2022

De profesión: artista callejero

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VIVIR A LA GORRA
De profesión: artista callejero
Hacen malabares, números de circo y canto en distintos puntos de la ciudad. Tienen un escenario especial: la calle. Y lejos de vivirlo como un rebusque, se capacitan y forman para divertir a un público que se renueva siempre en cada esquina.

Por VALERIA NATALIA SANCHEZ Y LUCRECIA BIBINI

En un comienzo estaban en los semáforos de las diagonales que cruzan La Plata de punta a punta y en plaza Moreno. Hoy, subidos a sus monociclos, haciendo equilibrio sobre dos baldes o simplemente malabareando clavas, aros y antorchas encendidas coparon calles, veredas y plazas. Narices de goma espuma roja o verde, sombreros bombín, zapatillas con cordones de colores, chalecos e incluso un esmoquin son el reconocible vestuario de quienes nos ofrecen una canción, un baile, un breve espectáculo de acrobacias o un show de clown.
Hace poco, la audiencia televisiva argentina se conmovía con la historia del hijo del conductor Julián Weich, quién a sus 19 años se fue de viaje de mochila por Sudamérica y hoy, 4 años después, hace malabares en los semáforos de Capital Federal, para sacarle una sonrisa a quienes transitan día a día la ciudad. Muchos de ellos son artistas callejeros por elección y no por el mero hecho de la supervivencia; malabaristas, cantantes, payasos, bailarines y actores que superaron el discurso de que no se puede vivir de la gorra y trabajan para un público amplio que elige detenerse ante su espectáculo. ¿Cuál es el secreto para vivir de una actividad que el común de la gente cree casi imposible que cubra los gastos, y volverla una profesión?

ES ELECCION, NO REBUSQUE
Los malabares. Esa es la plataforma de despegue de muchos de los artistas callejeros que deciden dedicarse a ser payasos. A Matías Ferreyra (38) ese deseo le empezó a palpitar con más fuerza cuando terminó la secundaria y junto con su hermano, Leandro, con quien participaba de la murga Tocando Fondo, empezaron a fabricarse sus primeros instrumentos: unos zancos. Después, a fines de los ‘90, sucedió en su casa una conversación en la que los padres hablaban del presupuesto por la mano de obra para pintar el frente. No lo dudaron. Lo hicieron los hermanos por $200 y con esa plata compraron en Capital un monociclo y 3 clavas. Lo que para sus padres fue la peor decepción que podrían haberse llevado, para ellos fue inversión y en el 2000 hicieron su primer espectáculo en Plaza Malvinas, previa experiencia en el semáforo de 12 y 51, a la gorra. Era tan novedoso para el momento que fueron tapa del suplemento de espectáculos de La Nación.
De ese primer espectáculo Matías recuerda: “Era un bodrio. Estábamos escondidos atrás de una nariz de goma espuma gigante y de unos sombreros que nos tapaban los ojos. Éramos muy temerosos. Entonces empezamos a formarnos”. En el 2003, ya más afilados, nace su personaje, Alan Brando, que entonces hacía una performance de equilibrio sobre alambre tensado.
“Hoy por hoy, más allá de que mucha gente lo elige, hay una necesidad de salir a laburar a la calle. Entonces la clave está en tener un concepto, no solo las habilidades”.
Ahora, mientras proyecta su decimoctava temporada en la Costa Atlántica, reflexiona retrospectivamente en relación a su carrera y el arte callejero: “Yo tomo la gorra como algo ideológico y considero que es una opción para la gente que no tiene posibilidad de pagar una entrada, y para la que no tiene el interés y el show de la calle se lo despierta”, explica: “pero en mis funciones siempre digo que no trabajamos en la calle para que sea más barato si no para que todo el mundo lo pueda ver”.
El espectáculo de este payaso es, como comúnmente se dice, para toda la familia. Tiene una estructura con tres funciones distintas e inicia con el proceso de metamorfosis en el que Matías va convirtiéndose en Alan Brando, cuidando la concepción que tienen los niños de un payaso. “La calle y el público infantil son lo que más te afilan. El público infantil es lo más sincero que hay y en la calle aún más”, sentencia.
Con casi 20 años de experiencia encima, Matías analiza el contexto actual y observa que cuando él arrancó con este proyecto los medios hablaban de rebusque y no de elección. “Hoy por hoy, más allá de que mucha gente lo elige, hay una necesidad de salir a laburar a la calle. Entonces la clave está en tener un concepto, no solo las habilidades”, concluye.

EL DOCTOR ATIENDE EN PLAZA ITALIA
Cuando tenía 21 años a Federico Marotta (42) le preguntaron a qué se dedicaba y él dijo que hacía circo. Entre burlona y desconfiada, esa persona quiso saber qué iba a estar haciendo dentro de 20 años. Y él le respondió: “Voy a estar haciendo circo porque es lo que más me gusta hacer”. Y así fue. Este año su personaje, Doctor Cerebro, está transitando su temporada N° 21 con su espectáculo en plaza Italia, lugar que eligió en 1996 para instalarse cada domingo cuando decidió dejar de practicar malabares en distintas plazas y, junto a su hermano, subieron la utilería al Citroen 3CV amarillo y arrancaron con el proyecto.
El espectáculo de Doctor Cerebro tiene una estructura compuesta por dos shows: “En una hago del Dr. Cerebro con diferentes números y la segunda función empieza con ese mismo personaje pero sigue con otro que es El Hombre Bala”, explica, siempre sonriente. El show es fruto de años de trabajo, de aciertos y errores, y de formación constante. “Tengo una formación bastante completa y no convencional”, cuenta.
Y es que Federico estudió de todo: veterinaria, zoología, diseño industrial, locución, buceo, entre otras cosas, hasta que se decidió y dijo: “bueno, listo, soy artista” y empezó a formarse en lo que hacía. A partir de esa definición, Federico asistió al Centro de Formación de las Artes Circenses y al Centro de Creación y Perfeccionamiento de Artistas Circenses, ambos en La Plata, y se formó en acrobacia, improvisación, clown, llegando a trabajar en compañías de circo y con el gran clown ruso Slava Polunin, antiguo puestista del Cirque Du Soleil.
Para Federico, “si vas a hacer arte callejero tenés que tener fuerza y perseverancia porque cuesta. Pero es una belleza. La calle me formó como persona, como profesional”. El Doctor Cerebro tiene seguidores, muchos del conurbano bonaerense, ya que además de las funciones en la plaza, se presenta en la Estación Provincial, en teatros de Capital y en el verano realiza funciones en Mar de Ajó, también desde sus inicios. La edad de su público es amplia, y por eso Federico pensó en un espectáculo que le gustara a él mismo y que convocara desde el momento del montaje.
Partiendo de la idea de que las personas que se acercan a ver un espectáculo callejero son crudas y sinceras, se plantea no conformarse y trabaja constantemente tanto en su performance como en el mensaje final, en el que reflexiona sobre los sueños y la posibilidad de volverlos realidad con esfuerzo y constancia, a pesar de lo económico: “Si no me rindiera económicamente yo igual lo haría, porque el espectáculo en Plaza Italia no es algo que yo pueda dejar de hacer. Es un compromiso conmigo mismo y si no lo hago, siento que me falta algo”.

SER LA INFANCIA DE MUCHOS
No necesita de maquillaje exagerado ni dibujarse una sonrisa para ser feliz, rompiendo con el estereotipo de payaso. El amor por lo que hace, su sentido del humor y su testarudez le han permitido tener una trayectoria de 15 años en la ciudad de La Plata, provocando risas en chicos y familias enteras que disfrutan de su show. La historia de Emanuel Lorience (38) comenzó luego de la crisis del 2001 cuando a sus 20 años iba a las ferias a vender globos con formas, experiencia que lo llevó a estudiar actuación en la escuela de teatro.
Cuando termina su formación como actor, decide darle otro rumbo a su profesión y se mete de lleno con su espectáculo en calle 12. Luego de un año haciendo globología, desde el zoológico de La Plata lo llaman para que ocupe ese espacio. “Estuve cinco años en el zoológico y desde ahí me la jugué con mi espectáculo porque decidí que quería vivir de esto. Mi frase de cabecera es ‘de lo que estudies juégatela, porque si yo puedo vivir de payaso, todos pueden’”.
Cuando el clima acompaña, los fines de semana Manotas siempre está. Y a pesar de las lluvias de agosto, la humedad y el cielo nublado, la biblioteca del Otro Lado del Árbol tuvo su show: Emanuel convoca un público que ronda las cien personas y con la naturalidad de sentirse en el living de su casa, un micrófono, música y de remera y short negro da inicio al espectáculo. Poco a poco la figura del payaso comienza a manifestarse. Con un delineador negro se remarca el contorno de su boca, sus párpados son pintados de blanco y su vestuario comienza a tomar color verde y amarillo. “Hacer el cambio delante de los chicos evita el temor que muchos le tienen al payaso”.
Para Manotas es importante la interacción con el público así la energía fluye. “Me parece aburrido tratar al nene como si hubiera cosas que no entendiera, yo busco tratarlo como un par, siempre desde el humor sano para también generar química con la familia, con una dinámica interactiva y de participación constante”. A Manotas lo podés encontrar en ferias, eventos municipales o contratarlo para fiestas infantiles. Con un público variado, ha realizado espectáculo para una, cien o hasta mil personas, como fue el caso del Coliseo Podestá en el 2015.
Lo que más lo conmueve es el cariño de la gente. “Vivo relacionado con las emociones de las personas, hay gente que me cruza y me dice que fui parte de su infancia y eso no se cambia por nada”. Recuerda como anécdota la vez que una mamá le mandó un mensaje contándole que la primera palabra que escribió su hijo fue Manotas y asegura que su foto fue temática en más de un cumpleaños infantil.
Emanuel vive el aquí y el ahora, ante la pregunta de si se imagina muchos años más en el rubro responde que no planifica el futuro y, si bien sabe que hay una cuestión física que en algún momento lo tendrá que ver, por ahora solo se ve como Manotas.

LA INSPIRACION ESTA EN LA CALLE
Cuando José Cugnetto (27) decidió a los 15 años que quería trabajar, su mamá le acercó un papel que buscaban animadores de fiestas de cumpleaños. Estuvo tres meses haciendo la experiencia, tiempo suficiente para descubrir una pasión y una profesión. Se compró un micrófono, un parlante y con una camisa hawaiana blanca y negra comenzó a brindar un espectáculo de malabares y equilibrio. A los dos años nacería Kaos Clown, compañía independiente que con 10 años de trayectoria recorrió todas las plazas de la ciudad, eventos municipales o privados como fiestas de casamiento o cumpleaños. “Es una linda forma de vivir, es nuestro sentir, además del dinero lo hacemos porque nos apasiona”, expresa.
José, conocido por la mayoría como “Titi”, asegura que su formación empezó en la calle, lugar que elige por excelencia para la inspiración. El primer día fue en calle 12 y sintió tanta vergüenza que se animó recién en los últimos minutos del semáforo: “Me había maquillado, vestido y había ido con mis malabares, pero no soporté la exposición y así como me pare en frente de los autos, me fui”. Hoy cree que es un lugar único, que los tiempos del semáforo le permiten crear de otra manera. Para él, uno de los mayores desafíos es romper con el estigma social de que “los que trabajan en la calle son todos vagos”, dice. “Se cree que la persona que trabaja en el semáforo solo come y duerme y la mayor parte de la gente que vive de esto estudia música, arte o se profesionaliza en diferentes disciplinas”.
Reconocer que el arte callejero es una forma de expresión artística y además un trabajo es la lucha de muchos de estos artistas. La socióloga y Doctora en Ciencias Sociales Ana Bugnone explica que en el arte callejero se ponen en juego varias cuestiones: “Lo principal es que se desarrolla en el espacio público y tanto el arte como el espacio se implican mutuamente. En ese uso del espacio se apela a un público amplio, heterogéneo, que va desde cualquier transeúnte que por casualidad pasó por allí, hasta aquel que se acercó especialmente para participar del mismo”. De esta forma, los artistas callejeros aprovechan este vínculo para transmitir una idea, una forma de mirar el mundo, y esto les es permitido por lo mismo que los condiciona: la gorra. El espectáculo no es gratuito, sin embargo su acceso es libre, y el pago depende de la valoración del espectador, pero sobre todo del concepto que transmite el artista en su show.
Si bien por Kaos Clown pasaron varias personas, José con su espíritu resistente y su pasión latente fue el único que nunca aflojó. Hace un año que está fusionado con Florencia Verón (28), acróbata que a sus 17 años recorrió ciudades enteras en busca de su perfeccionamiento profesional: parada de manos, malabares, gimnasia artística, acordeón, música, entre otras disciplinas.
Kaos Clown realiza varios espectáculos al mes. Tienen la suerte de ser contratados para varios eventos y de ser convocados a festivales importantes de la ciudad. Aún así, Florencia y José aseguran que no hay nada como la calle. ¿Qué significa el arte callejero? A la hora de responder ambos formulan una definición que la sostienen como bandera: la calle es un lugar sagrado e inspirador. “Hay que respetar lo que uno hace y la manera es brindando un espectáculo con una atmósfera general. Pensar una vestimenta, un personaje que siente, piensa y tiene una forma de ser y de esa manera estás respetando a la gente que es la que te lo retribuye con el valor que le da a la gorra”, sostiene Florencia.
La gorra para José tiene un valor que hay que saber entender: “Trabajar a la gorra te da la libertad de que todos pueden ver y en cualquier lugar. Y aunque no siempre te va bien, muchos dejan una buena colaboración porque saben que vivimos de esto y no estamos mendigando”.

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