16 octubre 2021

Barrios, Libros y Arte

ciros bar
Entre legendarios
bares y lustrabotas
* Por Julio Guerriere
En la tarde de tarde de ayer tuvo lugar la presentación del libro “Pinceladas de vida” escrito por el periodista nuevejuliense Julio Guerriere. El mismo constituye un aporte sustancial a la literatura nuevejuliense y, sobre todo, a la memoria de la comunidad. Conformado por un conjunto de más de medio centenar de capítulos de orden temático, el autor recrea una época añorada de la historia lugareña.
A continuación, publicamos a modo de semblanza, algunos pasajes del brillante libro de Julio. Sin dudas son muchas las personas que al leerlos, evocarán con el autor una hermosa época del ayer que sigue latente en el corazón.

Estampas de todos los tiempos
“La vida es un tango”, sentenciaría Manuel Romero, eterno buceador de las cosas simples, y del tango mismo surgen estampas y figuras que conservan el tiempo y la memoria. Serían el boliche y el café el continente popular donde se abrigan las almas en su cotidiano devenir, las que se encargan de escribir la historia que alguna pluma bohemia recoge con unción.
“Bar de Gabino y Cazón” señalaría Cátulo Castillo en su “Café de los Angelitos”. Para Discépolo la imagen de aquel “Cafetín de Buenos” quedaba sintetizada en “sobre tus mesas que nunca preguntan”, mientras que a Homero Manzi la visual le señalaba “el día que se apaguen tus tangos quejumbrosos / tendrá crespones de humo la luz del bodegón”. Se agregaría el pensamiento musicalizado de Tito Cabano y Carlitos Acuña en “Un Boliche”, al sentenciar “un boliche como hay tantos / una esquina como hay muchas”, a la vez que para Leopoldo Díaz Vélez era “Boliche de 5 esquinas / que conocés mi dolor”. Así numerosos hombres de tango describieron la fisonomía del lugar que alberga al conjunto humano donde se desgranan los más variados temas que van desde el deporte en general, pasando por la cultura y la política, en medio de un café o una copa compartida.
“Café Domínguez”, “Bar Rosendo”, “Café La Humedad”, “Viejo Tortoni”, “Bar Exposición” son algunos de los testimonios que grafican la existencia del bar, del café o del boliche.
Remitiéndonos a nuestro pago chico, se registraron también semblanzas afines a esos lugares que fueron y siguen siendo centro de comunión de los parroquianos, que alargan sus horas en renovados diálogos que por lo general no escapan a la filosofía de todos los días. Siguen siendo el deporte, el tango, la quiniela, el arte, la cultura y la política los temas predominantes de cada charla.
El recordado Juan Carlos Domínguez (El Pampa), cantor de oficio, hizo referencia a esos lugares a los que frecuentaba diariamente y dejar musicalizado un tema que llevaba la impronta de homenaje a su amigo Carlitos Potente, “bohemio y cantor”, que a su igual, desgranaba el mensaje popular en los boliches. “…allá en lo Barbieri una tarde larga / cantaste a tu barrio por última vez / como si supieras que te ibas muy lejos / que la barra nunca te volvería a ver…”. Más cerca en el tiempo, el escriba se atrevió a expresar “… El pucho hecho cenizas me recuerda / tus días de café y de amistad / tu ventanal de asombros y empañada / mi juventud grabada en el cristal / Allí se recrearon con ojeras / las horas que hoy yo quiero recordar / con voz de cafetín crecí en la vida / apoyado en un taco de billar…”.
Todo este concierto a manera de prólogo, lleva impreso el recuerdo a los lugares que forman parte de la policromía de la ciudad. Algunos visten sombras de recuerdo, otros mantienen su fisonomía de ayer y algunos modernizados por el progreso, pero que en síntesis contienen el alma del boliche.
Del tiempo aquel, la Avda. Garmendia guarda celosamente el recuerdo de los boliches de Barbieri, “El Paisano” Velázquez y “Cacho” Rodríguez. Comulgando geográfica-mente el boliche de Alomar, y mirando más hacia el centro los boliches de “Hormiga” Villal- ba y Luque, hasta recalar en el ”Ciro’s Bar”, el “Salón Azul”, el “Bar Rojo”, el Bar “Alhambra”, el Bar de “Patita de Chingolo”, el “Bar de “Piro”, el Bar “Capri”, el Bar “El Rincón de los Amigos”, el Bar de “Soria” y almacenes sobre cuyo largo mostrador se alargaban las copas de ginebra, caña, grapa. moscato, garnacha, anís, hesperidi-na y vino tinto.
Sobre aquel ayer, hoy se erigen el “Bar de Pucho”, el “Bar Piper”, la vigencia del Bar “Los Amigos” y el Bar de Luque, entre otros, que respiran la misma y vieja atmósfera ambiental del tiempo ido.
Cafetería “Italiana” guarda los duendes de muchos días, cuando el “Ciro’s Bar” barajaba express, generala, billar y codillo y “habrá en los naipes sucios un poco de emoción”, rezaría el “Barba” Manzi.
El paso del progreso sepultó imágenes y dio vida a la nostalgia, para iniciar el recorrido por aquellas viejas pulperías que dieron paso a los almacenes, éstos a los boliches trastocados en bares y más tarde en confiterías. Hoy la denominación en el lenguaje moderno habla de “pub”, “resto” y “delivery”.
Otro tiempo, que se mezcla con aquel, y es donde el habitué encuentra motivo para una charla, para no irse vacío de madrugada “de atorro al convoy”.
Como semblanza explícita de este racconto ciudadano, nada más testimonial que la obra de Oscar Valles que puntualiza con acordes de tango “hoy el bodegón / bronca con razón / pues de restaurante / lo han disfrazado” y señalar el presente sin esquivar el progreso, “… y las pibas de hoy en pantalones / te dan besos de varones / con gusto a faso y alcohol”.

Aquel tiempo del lustrabotas
Hubo un tiempo en que el buen vestir era todo un distintivo en la gente la ciudad. Saco, pantalón, chaleco y corbata, el sombrero como una forma clásica de elegancia, y el calzado con zapatos abotinados. Era una postal diaria que se veía en las calles de la ciudad. El saludo respetuoso del caballero inclinando reverenciadamente el “funyi” en el saludo ante la dama y cediendo el paso del lado de la pared, como una forma respetuosa de convivencia y de modales.
Después vendría el imperio de la moda, transformando toda una época.
Los trajes a medida pasaron con el correr del tiempo a ser algo así como un viejo folletín que se arrinconó en la estantería de las sastrerías, porque el ambo “copó” el escenario del vestir.
Y vendrían los “vaqueros” que reemplazarían definitivamente a toda aquella vestimenta señorial. Y las «bermudas» y otras prendas con nombres sellados con idiomas de importación. Y el contagio colectivo que se arrimó a los cambios, dejando de lado todo aquello que convertía al hombre en una fina estampa señorial.
De aquella época, entre los tantos oficios callejeros, se encontraba el del lustrabotas. Arrimado a la pared o deambulando las calles céntricas en busca del cliente que le permitiera ganarse el sustento diario. Cajoncito sencillo de madera, elaborado por sus propias manos, y en su interior, latitas de betún marca «Colibrí» y «Cobra» al que llamaría “pomada”, franela, trapo, dos cepillos y las “orejas” de cartoncito o cuero para cubrir el cuidado de las medias y la base del pantalón con botamanga.
Bares, cafetines, cines, lugares de reuniones bailables, esquinas de tiendas céntricas, eran los lugares elegidos por los artesanos de la lustrada, que vistosamente entregaban su oficio final a dos cepillos, dejando al calzado lustroso y brillante como un espejo. Ni qué hablar de los de charol.
El lustrabotas fue un característico personaje de cada pueblo. Una credencial simpática reconocida por todos. Que arrodillado en el piso daba vida a su arte de lustrador. Era el amigo de todos, el ambulante ciudadano que no conocía el feriado. La calle fue su escuela. Y de ella aprendió todo. Porque es la universidad de la vida, que no entrega diplomas,y que en cambio acerca conocimientos y experiencia para salir a enfrentar la vida.
La edad mocosa configura la profesión del lustrabotas, que se hace joven y se transforma en adulta, siempre aferrado a esa tarea que la vida le tiró encima para que se convirtiera en una persona de bien, más allá de su humildad y de su carencia de “chirolas”.
Personaje que extraña el presente. Al menos, en esta ciudad, ya no quedan lustrabotas. Se fueron con el corredor del tiempo, debiendo elegir otros caminos, en esa constante del ser humano de buscar su propio crecimiento y bienestar.
Además, para qué alentar la presencia del lustrabotas si hoy todo el mundo se muestra en ojotas, zapatillas, alpargatas y calzados gamuzados. Un imposición de la moda que no es nuestra, que fue adoptada vaya uno a saber por qué impensada razón.
Nos queda su imagen de vagabundeo por las calles y la retina pareciera querer dibujarlo en cualquier esquina.
Lustrabotas, aquel de las manos lustrosas de betún, impregnadas de dignidad y nobleza, que alguna vez nos acercó el cajoncito para darle brillo a la capellada de nuestros años de juventud.

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