3 diciembre 2021

Juan Bautista Olivero

oliveroUna pasión por el deporte…
* Su profesión de bicicletero le acercó a un deporte que hubo abrazado hasta los últimos días de su vida: el ciclismo.
* De sus manos fluyeron varios jóvenes que habrían de destacarse, más tarde, en esa expresión deportiva.
* Hombre de cualidades muy ricas, sus amigos aún le recuerdan como una persona de bien.

Cada vez que transitábamos -permítasele al cronista utilizar la primer persona plural por la intersección de la avenida Río Paraná (hoy Eva Perón) y Corrientes no era extraño experimentar el deseo de detenernos en una bicicletería que se hallaba a poco metros de la esquina. Era el taller de don Juan Bautista Olivero, un hombre sencillo, pero grande en su don de gente, cálido en su trato y sincero en todos sus procederes. Una persona cuya ausencia física dejó, en su tiempo, un vacío que aún muchos de sus amigos pueden sentir.
A través de estas líneas breves, tal vez simples, le evocamos en su recuerdo y en ese tesoro tan grande que en su paso por la vida supo legarnos: su amistad.
Había nacido en 12 de Octubre, el 5 de septiembre de 1923, hijo de Lorenzo Olivero y de Ana Gagliano. En esa localidad hubieron transcurrido sus años infantiles y la adolescencia; allí completó sus estudios y encaminó los años iniciales de su vida.
Era todavía joven cuando, junto a sus padres, se trasladó a la Colonia «El Socavón», para emprender  tareas rurales.   Por ese tiempo conoció a quien habría de ser su compañera de toda la vida: Ana Antonia Bono.

EL 9 DE JULIO
En 1951, junto a su esposa, se radicó el 9 de Julio. Adquirió una vivienda en la calle Freyre casi avenida Río Uruguay (hoy Tomás Cosentino) y se empleó en la casa «Los Inglesitos» -de Gómez Tello- como armador de biclicletas. Poco después logró independizarse, instalando su primer taller en Corrientes casi Río Paraná; el mismo que, luego de algunos años, trasladó a su último local, sobre la avenida Río Paraná.
Su bicicletería fue un verdadero lugar de amigos. No era extraño acudir allí sin necesidad de tener que reparar un vehículo; mas, agradaba detener el paso tan sólo para saludarle, dialogar o compartir un momento grato.

EL CICLISMO
La mayor pasión de Juan Olivero fue, sin dudas, el ciclismo. Hasta los últimos días de su vida participó en diversas pruebas.
Además, cuando no lo hacía, se mantenía ligado al deporte, preparando jóvenes que deseaban iniciarse en esas competitivi- dades.  De hecho, por citar, su sobrino Adrián Cingolani, recibió de él los primeros consejos e impulsos en sus competencias ciclisticas… Era, Juan Olivero, un hombre tan generoso y de corazón magnánimo que, de modo alguno podía guardar su experiencia, sin compartirla con los otros.
El Club Ciclistas Unidos de 9 de Julio, en sus inicios, le contó entre sus colaboradores más eficaces. Cuando aún era un sueño la concreción de un velódromo en la ciudad, ya concurría al predio para trabajar en sus primeros emprendimientos.

IDEALES DE VIDA
Pocas personas declaran abiertamente contar con un ideal de vida. Parece una idea romántica y algo ingenua para los tiempos presentes, marcados por el pragmatismo, el consumo, las relaciones humanas transaccionales y la búsqueda del éxito socio-económico.
La palabra ideal se asocia a utopía inalcanzable, a lo imposible de realizar. Sin embargo, al idel se lo puede entender como el horizonte de sentido existencial, la dirección hacia la cual se orientan las intenciones y los esfuerzos creativos. Es la búsqueda del estado deseado, la visualización respecto de lo mejor para cada persona y para los demás.
Los filósofos antiguos compartieron una idea: el sentido de la vida humana es trabajar para conquistar en los propios actos un ideal caracterizado por las mayores virtudes. Se buscaba que los esfuerzos personales se orientaran a convertir a la persona en ese propio ideal, encarnando cada día un poco más esa visualización de lo mejor de lo humano.
El ideal de vida de Juan Olivero, sin dudas, estuvo orientado hacia el trabajo y la práctica del deporte, como así también a fomentar el culto de la amistad y del servicio.

PALABRAS FINALES
Juan Bautista Olivero falleció en 9 de Julio, en agosto de 1989. Su deceso inesperado  causó una dolorosa conmoción entre quienes le conocían. Repetidas veces, los ciclistas nuevejulienses le tributaron homenajes, en especial, al cumplirse aniversarios de su partida definitiva. De todas formas, la partida de Olivero sólo fue una instancia de alejamiento físico. Su recuerdo quedó impregnando cada sitio habitado, y se halla presente en las carreras, en ese lugar en el cual cada fin de semana se realiza una competencia de ciclismo, y en el espacio sobrenatural donde moran las almas de los buenos.

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