3 diciembre 2020

Una familia y su historia: Turón Barrere, nuestra familia

[9 de febrero de 2011]

«La vida de un hombre, única como su muerte, será siempre algo más que un paradigma y otra cosa que un símbolo».   Jacques Derrida

Todo origen es mítico y todo mito es origen, dice el poeta. Intentaré iniciar esta historia con algunas instantáneas en la vida del fundador de la familia, Don Pedro Turon Barrere, y de la de sus hijos. Algunos comentarios ordenados en el tiempo y en el espacio, algunas pinceladas que intenta edificar las relaciones cuya huella es la herencia y la impronta familiar que nos hace y nos da identidad.

Darle un tiempo de inicio es aquí también mitificar sobre un comienzo que pudo haber sido allá en el pequeño pueblo francés de los Pirineos, llamado Lucq de Bearn, cuando Don José Turon Barrere y Doña. Catalina Pouyade se casaron ante la pequeña Alcaidía del pueblo el 9 de junio de 1842.

Aunque situada entre bellos paisajes la vida de montaña es dura, se necesita temple y coraje para sobrevivir entre el frío y la roca inhóspita y agreste. En este contexto nacieron seis hijos. Pedro fue el menor, en su partida dice que nació el día 22 de marzo de 1859 a las dos de la tarde. Inicios de la primavera en el continente europeo, nada podemos decir de su infancia, ni de su adolescencia, sólo conjeturar que ya  tenía en su mirada la visión de otros destinos y otros rumbos.

En un buque, llamado “El Senegal”, procedente de Burdeos arribó al puerto de Buenos Aires el día 15 de mayo del año 1887, había cumplido 28 años, y traía consigo como única compañía su clarinete y muchos sueños. Nuevamente la conjetura nos orienta hacia el partido de 9 de Julio donde vivían algunos amigos de la familia también emigrados como él.

Este concepto, el de emigrado requiere de alguna reflexión. Ana Arzoumanian nos dice que la figura del emigrado conlleva algo de traumático, en tanto desarraigo de su lugar de origen y adopción de una lengua nueva. La lengua de la sociedad de recepción a la cual brindarle esperanza. También esfuerzo. Ocupar un nuevo registro simbólico diferente al maternal, distinto  a las primeras palabras pronunciadas en el seno familiar. Cambiarlo,  tomar otros signos como propios para adaptarse al entramado social de la nueva pertenencia.

Todo esto vivió don Pedro, nuestro abuelo. En otros tiempos en que la distancia determinaba soledad, y alejamiento casi definitivo de los amores primeros.

En su sangre bearnesa el espíritu gascón le acordó la fortaleza para rehacerse y emprender el proyecto de vida familiar que alojaba en su corazón y en su mente.

Así fundó su familia junto a Nicolasa Andrada, quince años menor  que él y muy bella. Fue en el año 1901, precisamente un día 9 de febrero. Extrañas paradojas  del destino, la misma fecha en que un golpe brutal y asesino destruyó la vida y la familia del menor de sus hijos.

VIVIR EN EL CAMPO

Primero en la zona de C.M. Naón y luego en El Tejar, el alquiler de un campo pequeño motivó su potencial hacia la construcción de una familia. La cría de ovejas, el tambo, las mieses, el ganado, todo ingresaba en las actividades con las cuales sostener la vida familiar y la crianza de sus hijos. Numerosos, desde la llegada de José, al poco tiempo de casados, luego Pedro, Domingo, y Carmen.

En 1912 nació nuestro padre, Vicente, y luego Eduardo. Detener la narrativa bucólica para dedicar memoria también a quien inexplicablemente sufriera momentos de extraña alteración, y fue a morir en las cercanías de La Plata, allá por el año 1941. Jóven, fuerte e inteligente. Tal vez una demanda de la vida, tal vez otro misterio y como tal inexplicable.

Los hijos menores fueron Silveria y Nicolás. A más de veinte años de nacido José llegaron renovando la infancia en el hogar laborioso y fecundo.

LOS HERMANOS

Tiempos en los cuales la escuela estaba distante, y el trabajo era intenso, Don Pedro se ocupó personalmente de la educación de casi todos sus hijos, aquella formación juvenil en la Francia iluminista y modernizadora del mundo estaba inserta en su identidad tan fuertemente que lo transmitió en la conducta y con ella en la ética familiar sobre la que se organizó la familia.

Decir ética es hablar de las costumbres que se establecen en lo cotidiano de los lazos que integran lo familiar. De las secuencias, los gestos, las miradas, las conductas, solo explícitas en la acción y no en el discurso. La ejemplaridad parental que establece identidad.

Un fuerte sentido de la solidaridad fraternal, el concepto de familia por sobre todo, un grande y profundo amor que se respiraba en la humilde casa de paredes de adobe. Así lo hemos vivido quienes pudimos participar de algunas vivencias, y lo recibimos como la rica herencia a resguardar para los tiempos.

La disciplina del trabajo. Cada día todos con su misión en las labores del campo, se levantaban a las tres de la mañana para cumplir con la del ordeñe, y luego llevarlo a la famosa lechería que en aquellos tiempos estaba situada en los aledaños del pequeño pueblo de “El Tejar”.

La siembra y la cosecha. Largas jornadas y luego la reunión en las noches alrededor de una antigua y enorme cocina a leña. Trabajo y amor sostenían y nucleaban los esfuerzos para continuar con la tarea de producir en la tierra de ese campo amado, respetado, cuidado. Gestos de profunda e inenarrable simpleza, pero enormes, excediendo palabras o acontecimientos. Muchos años después en Martín Heidegger reencontré algo de esto y la reflexión..»Lo sencillo conserva el enigma de lo perenne y de lo grande”.

Don Pedro había fallecido en 1927, y Doña Nicolasa fue asistida en esta misión  por sus hijos mayores. Carmen ya había constituído su propia familia y Vicente, nuestro padre había hecho lo propio en 1947.

En los últimos años de nuestra abuela el amor infinito de Nicolás y de Silveria le dieron sentido a su vejez y a su enfermedad. Tal vez algún lector recuerde este ejemplo de dedicación de los hijos hacia su madre. Notable, excepcional, casi sin precedentes.  Ella murió en el año 1953 rodeada de todos sus hijos y el respeto de sus vecinos de campo.

Ya se iniciaba la segunda mitad del siglo pasado cuando los hijos mayores adquirieron como propietarios el campo tan querido, y tan lleno de historia familiar.

En cada pérdida familiar la ética indicaba dejar en manos de quienes lo habitaban la misión de producir y sostenerlo.

Fue Nicolas el responsable de darle otra impronta, otra casa, y el inicio de una nueva familia que habría de llenar los espacios dejados por los ausentes. Su matrimonio, y la llegada de Nicolasito renovaron la esencia de los afectos familiares, de esa ética prodigiosa de campesinos nobles y laboriosos.

Hasta que un golpe brutal –el 9 de febrero de 1991—los arrancó de su vida, y de la nuestra.

Los aspectos de un acto de crueldad que no es posible intentar ponerle palabras los dejó sin vida a los tres. Aciagas jornadas cuyo duelo permanece en nuestros corazones. Dolor desgarrado en una herida abierta porque tampoco están las palabras que desplieguen alguna comprensión.

Final de tragedia, de ausencias, de silencios.

el destino de tu nombre fue final

y la luna aquella ya no alumbra más…

Escépticos a las metodologías de investigación, mi madre, mis hermanos, mis sobrinos y yo al cumplirse veinte años de aquel holocausto rendimos un homenaje a traves de este breve relato, renovando el pedido a todos quienes los conocieron y trataron:

Un  homenaje por esas vidas con destinos suspendidos en una instancia tan cruel, y por ese niño eternizado en la infancia de sus diez años.

Para que el silencio no los sepulte definitivamente.

Eva Turon Barrere

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