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27 enero 2022

El Salón Blanco – Un lugar con historia

Por Héctor José Iaconis

El Salón Blanco de la Municipalidad de 9 de Julio es, sin dudas, un bien cultural y arquitectónico preciado por los nuevejulienses. Sus muros guardan una extensa y rica historia que comienza en las postrimerías del siglo XIX y se extiende hasta nuestros días.
Cabe recordar que, en su sentido más amplio, el patrimonio es el conjunto de bienes heredados del pasado y, en consecuencia, el patrimonio arquitectónico puede ser considerado como el conjunto de bienes edificados a los que cada sociedad atribuye o reconoce un valor cultural.
El Salón Blanco de la Municipalidad es parte del patrimonio histórico, cultural y arquitectónico de 9 de Julio.
La historia del Salón Blanco de la Municipalidad se inicia con la construcción del denominado Salón de Recepciones. En efecto, fue durante la intendente de Benigno Martínez cuando, en 1895, se confeccionaron las bases y condiciones para la construcción del mismo. El  ingeniero Hector Sibilla fue el encargado de confeccionar los planos correspondientes.
Según el proyecto, el salón debía tener un perímetro de 10 por 25 metros, con una altura de 9 metros. Las paredes debían construirse de un ancho de ladrillo y medio. De las paredes, los pilares internos debían resaltar 15 centímetros, usando recuadros a punta de diamante en los intercolumnios donde se colocaran las aberturas.
El cielo raso debía construirse de yeso en forma de bóveda, con cabezales de pabellón y lunetas.
En la sesión del 25 de julio de aquel año, el Concejo Deliberante resolvió autorizar la licitación de las obras proyectadas de construcción del “Salón de Recepciones de la Casa Municipal”, tal como se lo denominaba.
La obra le fue adjudicada al constructor Santiago Luchini, cuya propuesta fue aceptada por el mencionado Cuerpo.
El 3 de julio de 1897, el mismo Concejo  aprobó una licitación para la adquisición del mobiliario para el Salón de Recepciones que aún estaba en construcción. En la oportunidad se resolvió aceptar la propuesta ofrecida por un comercio de la ciudad de Buenos Aires por la suma de $ 14.075.
En esa ocasión también fue aceptada  la propuesta presentada, en la respectiva licitación, para el decorado del cielorraso, por el pintor Santiago Carbone en la suma de $ 2.837.
El Concejo Deliberante, con el acuerdo del intendente municipal, designó una comisión para la administración los fondos destinados a estas obras y correr con su vigilancia y fiscalización. Conformaron ese grupo Germán Moro y Francisco Vita, comerciantes  y Silvio Simonini, constructor.

LAS CARACTERISTICAS DEL ANTIGUO SALON
Aquel primitivo Salón de Recepciones lució un aspecto netamente europeizante y llegó a ser  considerado como uno de los mejores en su tipo en la Provincia.
Decorado según el diseño del Ingeniero Sibilla, contaba con alfombra triple y espejos de cristal biselado de L. Rosseau.
La bellísima tapicería era una realización de Angel Larini. Por su parte, Santiago Carbone, había estampado en el cielorraso las imágenes de la Bandera Argentina y las de las catorce antiguas provincias; veinticinco figuras de próceres y artistas, matronas en una balaustrada y ángeles tocando las trompetas de gloria.
Del techo pendían tres lámparas de araña de bronce francés cincelado a mano, de veinte luces cada una. Dos de esas arañas corrieron destino incierto mientras que una, en la actualidad, puede observarse exhibida en el Museo local.

LUZ PARA EL SALON
Entre el 7 y el 27 de marzo de 1903, el Obispo de La Plata, monseñor Juan Nepomuceno Terrero y Escalada, había emprendido una gira pastoral por varias parroquias de su extensa diócesis. Entre otras, visitó Trenque Lauquen, Pehuajó, Bragado, Rawson, Lincoln y 9 de Julio.
La mayoría de  esas comunidades veían por primera vez a monseñor Terrero, el segundo Obispo de La Plata, quien había asumido el gobierno pastoral hacía apenas dos años, el 3 de marzo de 1901. En efecto, ante el traslado de monseñor Espinosa como arzobispo de Buenos Aires, el papa León XIII designó en su lugar a Terrero como Obispo platense, el 12 de diciembre de 1900.
Terrero era todavía un hombre joven y por esos años emprendía las primeras correrías apostólicas. Perteneciente a una de las familias más antiguas del patriciado porteño, antes de ser ordenado sacerdote se había doctorado en Jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires.
La llegada del Obispo Terrero fue recibida con júbilo, tanto  por la feligresía de la parroquia de Santo Domingo como por las autoridades del pueblo. Con  antelación había sido preparado un pequeño programa de actos e, incluso, algún periódico del lugar editó varias columnas con noticias biográficas del prelado e incluso su retrato.
Llamativamente, puede presumirse que el arribo de Terrero no debió tener un carácter de visita pastoral, pues nada quedó registrado en el “Libro de Autos de Visita” de la parroquia. Pero aún así, el pueblo lo recibió de manera casi apoteótica y tributándole toda clase de  atenciones.
Desde hacía unos cuatro años, 9 de Julio contaba con energía eléctrica y con esta fuente eran alimentadas las lámparas del alumbrado público céntrico y de varias viviendas ubicadas en el radio urbano. Pero, ciertamente, la capacidad del dinamo que poseía la usina era  muy limitada para un servicio cuya demanda se incrementaba paulatinamente.
En la noche del jueves 19 de marzo, el intendente Rafael Prieto ofreció al Obispo un cálido  agasajó, un banquete servido en el salón de recepciones de la casa municipal. Naturalmente, como fue efectuado hacia la noche, Prieto solicitó a Carlos Núñez Monasterio, el concesionario de la usina, la posibilidad de mantener iluminada la Municipalidad y el aludido salón.
Lo cierto es que la iluminación del salón requería de las sesenta lámparas de las tres arañas que pendían del  techo a las cuales había que sumar las lámparas de arco voltaico que existían en los pasillos o en la fachada. Así pues, Núñez Monasterio, presionado por las circunstancias y ante las limitaciones del generador eléctrico, optó por apagar parte del alumbrado público para iluminar el edificio municipal.
Como era de esperarse, la actitud del empresario de la usina generó polémica en la sociedad nuevejuliense y, más aún, entre los opositores a la cuestionada gestión municipal de Prieto. La prensa se ocupó del tema y el periódico “El Porvenir” arrojó la invectiva: “Con motivo –escribía el redactor- del banquete ofrecido por el intendente municipal al Obispo Terrero, gran parte de los focos de luz eléctrica del servicio público fueron apagados, según se dice, para poder dar mayor intensidad a la iluminación del salón municipal”.
“Esto podrá ser muy cómodo para el señor empresario y conveniente para sus intereses, pero no consulta en nada las necesidades y las conveniencias del público pagano. Nos parece ridículo que para vestir un santo se desvista a otro, y bien valdría la pena de que quien lo puede, impida que en lo sucesivo se repitan esos abusos”, concluía el lacerante comentario.

DE “SALON DE RECEPCIONES” A “SALON BLANCO”
Las características edilicias que en la actualidad ofrece el Salón Blanco fueron concebidas por iniciativa del intendente municipal Eduardo Fauzón. En marzo de 1933, el Concejo Deliberante de 9 de Julio había autorizado al Departamento Ejecutivo a licitar las obras de ampliación y refacción del “salón de actos públicos de la Municipalidad”, tal como lo se denomina entonces.
Los planos de las reformas habían sido elaborados por el ingeniero Luis Herbín
El 5 de mayo de 1933, el ingeniero Herbín, por medio de una misiva, le informaba al intendente Fauzón que dos firmas habían cotizado precios para la realización de estas obras: José Blotti y “Pagani y Berini”. Finalmente, las obras les fueron adjudicadas a los últimos.
En líneas generales las obras consistían en la ampliación del antiguo Salón de Recepciones, construyendo además un buffet, vestuario, sanitarios y una galería exterior. Asimismo, se reemplazaría la iluminación directa de las arañas por iluminación difusa.
A partir de entonces, el Salón adquirió el aspecto que posee en la actualidad. El color de sus paredes fue determinante en la imposición del nombre de Salón Blanco.
Al principio, las autoridades decidieron mantener buena parte del mobiliario ubicado en el antiguo salón de recepciones, pero con el correr de los años el mismo fue reemplazado por otra sillería. Parte de los sillones del antiguo salón de recepciones se conservan en el Museo local.

EL PIANO
El piano «Bechstein» que, actualmente se conserva en el Salón Blanco, es el único de los objetos originales del antiguo Salón de Recepciones que fue preservado en el lugar.
Perteneciente a la firma «Bechstein», una de las más famosas y reputadas fábricas de pianos en la historia. Precisamente, su fundador, Carl Bechstein se empeñó en construir un piano capaz de responder a las exigencias de los virtuosos de la época, grandes compositores románticos, como Franz Liszt. Sus pianos, fueron los preferidos de los aristócratas y de la realeza europea, como así también de los más encumbrados músicos, al desarrollar su diseño revolucionario para el mecanismo y el conjunto acústico, y al hacer del piano el instrumento de música por excelencia.
La iniciativa de su adquisición de este piano «Bechstein» para 9 de Julio, surgió durante la intendencia de Benigno A. Martínez. Si bien, se estima que su fabricación data de 1896, comienzan a tenerse noticias en esta ciudad, sobre el piano, a comienzos del siglo XX.
La adquisición del mismo se fundamentó la necesidad de dotar de un instrumento musical de características al salón de recepciones de la Municipalidad de 9 de Julio, que había sido construido poco antes, especialmente para las veladas y tertulias que acostumbraban organizarse en ese lugar.
Independientemente de tratarse de unos pocos ejemplares en su tipo que se conservan en la provincia de Buenos Aires y, más aún, si se tiene en cuenta que su fabricación se remonta a una de las etapas más florecientes de la industria de los pianos «Bechstein», este piano está ligado directamente a la historia de la cultura en 9 de Julio.
Por él, pasaron destacadas figuras de la música que brindaron sus destacados conciertos. En su taburete se sentaron para ejecutar al menos cinco generaciones de jóvenes nuevejulienses que concurrían a los conservatorios que por entonces existían en la ciudad.
Merced a una iniciativa de la Asociación «Horizontes de Cultura», el piano fue declarado «Patrimonio Histórico Cultural», por ordenanza del Concejo Deliberante.

PALABRAS FINALES
El concepto de patrimonio arquitectónico está ligado a la idea de “ recurso no renovable”. Por ello, tiene vital importancia, primero,  proceder al estudio histórico de cada uno de esos bienes patrimoniales a los fines de rescatar aquellos valores que forman la base cultural de la identidad urbana. En segundo término y de no menor importancia, está la noción de preservación del bien cultural: el Salón Blanco, como tal, merecerá ser preservado, salvaguardando su identidad histórica.
Para crear una conciencia urbana colectiva y propia es necesario conocer la historia de la ciudad. Al conocerla, será más fácil apreciar el valor que tienen sus bienes patrimoniales históricos y arquitectónicos.
Ahora bien, sería menester que, desde el ámbito que correspondan, se arbitren los medios para garantizar que, el uso del Salón Blanco sea acorde a su identidad. Muchas veces el Salón es utilizado para fines que bien ameritarían se remitan al vecino Salón de las Américas.

 

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