7 diciembre 2021

Historias de Vida – Eugenio Pfiffner

Pfiffner   * En los diez años en que vivió en estas tierras, frecuentó la ciudad de 9 de Julio, donde fue conocido de varios vecinos.
* Durante algunos años fue confesor de las religiosas del Colegio Jesús Sacramentado de 9 de Julio.
* En algunas ocasiones acompañó las peregrinaciones diocesanas inspiradas por monseñor Herrera, primer obispo de 9 de Julio.
* Era un monje profundamente europeo, doctor en lenguas clásicas y apasionado amante de la tradición monástica.
* Fundó y sentó las bases del Monasterio Benedictino de Santa María de Los Toldos.
* El padre Mamerto Menapace no duda en considerarlo un auténtico maestro.

Todas las especulaciones, las más profanas, las menos cautelosas y quizá también las de sus contemporáneos, habrían podido suponer que, su destino era el de ser abad de la milenaria abadía suiza de Einsiedeln. Pero, el camino que debió recorrer fue otro y, hay aún quienes recuerdan verlo caminar las calles de 9 de Julio, acompañado por algún hermano de su comunidad de Los Toldos.
Visitaba con frecuencia, como confesor, a las religiosas de Colegio de Hermanas o concurría para entrevistarse con el obispo.
Otros nuevejulienses, ya mayores, lo recuerdan acompañando las peregrinaciones que, monseñor Herrera realizaba a Catamarca.
Siempre bondadoso, de hablar sereno y con un inconfundible acento alemán,  se lo advertía profundamente europeo. Pocos sabían que, aquel hombre era un experto en  lenguas clásicas, traductor de griego y de latín, un especialista en filología.
Eugenio Pfiffner, primer superior del Monasterio de Los Toldos, había nacido en Mels, una comuna suiza del cantón de San Galo, ubicada en el distrito de Sarganserland, el 27 de julio de 1898. Fue bautizado con el nombre de Kart y era hijo de Paul Pfiffner y de Emilie Walter.

UNA VOCACION BENEDICTINA
Siendo niño respondió al llamado vocacional, abrazando la espiritualidad benedictina. Ingresó en la Abadía de Einsiedeln, un monasterio milenario y santuario ubicado en medio de un paisaje cautivante, con un lago azul oscuro y empinadas cimas. Desde la Edad Media, este lugar con su «Virgen Negra» es uno de los centros de peregrinación más importantes de Europa.
Profesó, como monje bedictino, el 8 de septiembre de 1919 y fue ordenado sacerdote en 1923. Entre noviembre de ese año y octubre de 1924 se desempeñó como capellán en Freienbach y, desde allí, pasó a cursar sus estudios Friburgo donde permaneció hasta 1927.
En Einsiedeln fue profesor desde 1927, maestro de novicios y redactor de la publicación «Mariengrüße aus Einsiedeln» desde 1932.

EL INTELECTUAL Y EL MAESTRO
El padre Eugenio se doctoró en  Filosofía (Filología) hacia enero de 1929, en la Universidad de Friburbo. Fruto de sus estudios, compuso una tesis titulada “Die Götteranrufungen in den Werken der drei Tragiker Aischylos, Sophokles, Euripides, in den Komödien des Aristophanes und in den Dialogen Piatons und Xenophons”. Allí trataba sobre las invocaciones de dioses en las obras de Esquilo, Sófocles, Eurípides; en las comedias de Aristófanes y en los diálogos de Platón y Jenofonte.
Esa tesis fue publicada a comienzos de la década de 1930, por Benziger & Co. de Einsiedeln y aún hoy sigue siendo una obra de consulta por los especialistas. Más aún, existen una edición en microfilme disponible en internet.
En 1947, poco antes de emigrar a la Argentina, publicó una excelente traducción de la Regla de San Benito (“Die Regel des Heiligen Benedikt”).
El padre Eugenio fue un especialista en latín medieval. Artículos de su autoría fueron publicados en revistas especializadas en Europa.
«En su monasterio milenario -recuerda el padre Mamerto Menapace- de Einsiedeln, en Suiza, él se había formado no solamente en lo intelectual, sino que había vivenciado una profunda espiritualidad de monje y de sacerdote. Era un gran director de almas. Doctor en lenguas orientales, parecía destinado a ser el abad de su gran monasterio, sobre todo porque en sus últimos años allí había tenido en sus manos, como prior, la dirección de la comunidad de casi 200 monjes, ya que su abad estuvo postrado en cama los últimos años».
«Todo hacía pensar que él sería su sucesor. Pero Dios lo tenía destinado para ser el fundador de nuestra comunidad donde vino con el primer grupo de 12 monjes en mayo de 1948», comenta el padre Mamerto.

FUNDADOR DEL MONASTERIO DE LOS TOLDOS
En efecto, el padre Eugenio encabezó el grupo de monjes que arribaron, desde Suiza, para fundar el Monasterio de Los Toldos.
Eran seis sacerdotes y seis monjes junto a dos laicos jóvenes, José Fässler y Ricardo Rimle, los que aquella tarde del 3 de mayo de 1948 llegaron a la Estancia «La Ciudadela, enclavada en  plena pampa bonaerense, entre 9 de Julio y Junín, arraigado a esas tierras aún pobladas por descendientes del cacique Ignacio Coliqueo. Allí fundaron el monasterio benedictino Santa María de Los Toldos.
Al llegar, el padre Eugenio lo primero que hizo fue besar la tierra.
Fue en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, al impulso del entonces abad de Einsiedeln, Ignacio Staub, cuando surgió el proyecto de una fundación en América del Sur, pero sólo en 1947, una oportuna intervención del entonces nuncio apostólico,monseñor José Fieta, hizo posible que la señora María Tomasa Marenco, viuda de Cayetano Sánchez Díaz, donara el campo donde iba a constituirse el monasterio en torno de la sencilla capilla que ya estaba levantada y hoy sigue siendo el centro de la vida de oración.
El padre Mamerto recuerda que, el padre Eugenio, «tenía una gran devoción por la Virgen, de la que trajo una imagen, copia de la que se venera en su monasterio suizo desde hace más de mil años». Esa imágen es la de la Virgen Negra.

LA ESPIRITUALIDAD DE INCULTURACION
En abril de 1948, en la Revista Suiza Maria Einsiedeln, el padre Eugelio, en un artículo titulado «Lo que nos mueve», ofrece un programa de los ideales que espera realizar allá del otro lado de los mares. Gracias a un artículo del padre Mamerto podemos conocer algunos pasajes de su contenido.
“… Llevaremos -decía el padre Eugenio- con nosotros nuestras buenas tradiciones y santas costumbres… nos formaremos según el espíritu de nuestros difuntos y trataremos de imitar sus ejemplos”.
Más abajo añadía: “Fundar un Nuevo-Einsiedeln es, por tanto, nuestra meta. Pero esto, entendedlo bien: No fabricaremos ni una isla de retraídos, ni una colonia de extranjeros. Queremos amoldarnos al medio ambiente, y es nuestro firme propósito encarnarnos en la Argentina y en su cultura asumiendo su idioma. Esto es lo que se corresponde cabalmente con la tradición de nuestra Orden, y, será sin duda, nuestra tarea más difícil: saber conservar la herencia que traemos de Einsiedeln y lograr una generosa y sensata adaptación a la realidad del lugar. Únicamente así nuestra fundación tiene posibilidades de sobrevivir. Es precisamente en vistas a ésta nuestra meta, que el abad me ha concedido (por compañeros) a monjes jóvenes y de espíritu receptivo”.
Al principio del artículo programático decía, el padre Eugenio: “Construiremos con la ayuda de Dios un monasterio según la Regla de san Benito… éste es nuestro único anhelo, para cuya realización gastaremos toda nuestra energía y nuestro amor. Pienso que el camino hacia Dios y hasta el cielo no será más largo desde la Argentina que desde Einsiedeln. Buscaremos a Dios en esas tierras lejanas y allí lo hemos de encontrar”.
De esta manera, el padre Eugenio, daba una lección sobre la importancia que reviste la Inculturación, la gravitación que tiene para las comunidades religiosas extrangeras entrar en la cultura, in culturare, poniéndose dentro de la cultura de un pueblo.

LOS PRIMEROS TRABAJOS EN
EL MONASTERIO
Bajo la dirección del padre Eugenio, se inició la construcción de los edificios necesarios para la vida monástica. Los Monjes suizos traían consigo un proyecto para las primeras edificaciones y encontraron un arquitecto de habla alemana, don Carlos Fromm, que preparó los planos.
Como la donación incluía una edificación existente, la capilla y una casa pequeña, se comenzó construyendo dos alas con veinte habitaciones y un amplio pasillo o claustro, para ubicar allí a la Comunidad. Después se agregaron: una sala de Capítulo, para las reuniones de la Comunidad, que «oficiaba» a la vez de biblioteca. Y un comedor para los monjes y huéspedes que hicieran retiro espiritual en el Monasterio. Se construyó luego un ala para la Escuela Agrícola con internado para 30 alumnos. Esta empezó a funcionar el 21 de marzo de 1950, bajo la dirección de los padres Alberto y Carlos.
La capilla también fue modificada: se le extendió el presbiterio a fin de permitir la colocación de la sillería del coro. Al mismo tiempo se iban construyendo también todas las dependencias necesarias para la explotación agrícola y ganadera del campo: talleres, tinglado, silos para almacenar cereales. Se plantaron muchos árboles, se instaló una huerta, un viñedo y un apiario.

FIGURA PATRIARCAL
Así lo recuerda el padre Mamerto: «Me parecía un anciano. Cuando lo conocí en 1952 a mi llegada al monasterio, él habrá tenido unos 54 años. Casi totalmente calvo, una corona de cabellos blanquísimos rodeaba su cabeza y le daba un aire patriarcal».
«Dentro de todas sus preocupaciones, tanto materiales como espirituales para arraigar su monasterio en tierras pampas, tuvo siempre una particular predilección por trasmitirnos lo mejor de sus valores a nosotros los más jóvenes. Murió repentinamente una tarde, luego de habernos dado una clase magistral sobre la regla de San Benito. Para mí fue como un padre”, manifiesta el padre Mamerto.

EN 9 DE JULIO
Como afirmamos más atrás, el padre Eugenio tuvo una vinculación con la sociedad de 9 de Julio. En 1957 fue designado confesor de las Hermanas del Colegio “Jesús Sacramentado” de Nueve de Julio.
Desde la creación del Obispado de 9 de Julio fue un decidido colaborador del primer obispo, monseñor Herrera. En algunas ocasiones acompañó las peregrinaciones diocesanas a la provincia de Catamarca o a Luján.

PALABRAS FINALES
El padre Eugenio, fue primer prior del Monasterio de Los Toldos hasta su fallecimiento, ocurrido el 4 de agosto de 1959. Figura singular, de una notable riqueza espiritual e intelectual, abrazó su vocación de una manera ejemplar.
Dejó su patria natal para radicarse en medio de la pampa. Se hizo uno entre otros, se hizo parte de la cultura del país que lo adoptaba y fue el primero, de aquellos primeros monjes, que dejó su restos en estas tierras.

Catamarca, 25 de abril de 1958. Foto ECA.

Catamarca, abril de 1958. Foto ECA.

Catamarca, abril de 1958. Visitando el diario LA UNIÓN. Foto ECA.

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